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El fastidioso estricto sentido de la palabra

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Foto: Reuters

Alejandro Benzecry

10 de abril de 2019

¿Cómo explicarle al serbio que esto es una especie de guerra?, preguntó una compañera. El serbio cree que se ha sobredimensionado lo que pasa en Venezuela. Las noticias que llegaban a su país transmitían bombas lacrimógenas, arrestos, llantos y muertes. Un país en guerra al que un empleado de una trasnacional se veía obligado visitar.

Ya en la capital, él ve gente que camina y deambula por las calles. Ve que los supermercados y los centros comerciales están abiertos, que en las noches los bares facturan como pocos establecimientos y, que desde cualquier punto de cualquier montaña, Caracas ofrece una vista hermosa.

Luego de un reencuentro con su amiga venezolana, pensó entender lo que pasa en el país. El extranjero había presenciado una larga y dinámica conversa que oscilaba entre la tragedia y la comedia. La mujer tenía la capacidad de contarle cosas terriblemente catastróficas, como el supuesto suicidio de un concejal y luego saltar a hablar de cuál era el mejor lugar a la redonda para instalarse a tomar una cerveza.

La incomodidad que le provocaba el sentirse extraviado, el no poder ni encasillar la actitud de su amiga periodista, ni etiquetar con certeza lo que apenas percibía de esta Venezuela, lo llevó a trivializar lo que escuchaba. El hombre se fue del país convencido de que el apremio era un poco exagerado.

Cómo explicar que esto es una larga agonía, le pregunté yo a mi compañera. No se me ocurrió decir otra cosa que lo que podría resumir a una muerte lenta y silenciosa, pero que la voluntad disfraza de normalidad solo para hacerla más llevadera, por lo menos hasta el punto de recibir la atención médica.

Tal vez el serbio solo entenderá lo que ocurre aquí cuando se acepte verdaderamente desorientado e inerme. Solo en ese momento comprendería que el que camina por la calle lo hace todos los días por más de una hora hasta llegar a la parada más cercana. O que, quizás, a esa persona le acaban de robar un teléfono que no podrá reponer. Que el que va al supermercado lo hace más de dos veces a la semana para ver qué encuentra y para qué le alcanza lo que tiene. Que el que va al centro comercial lo hace por una diligencia y no por entretenimiento. Que la realidad le ha impuesto al venezolano encontrar un hueco para disfrutar de “una fría” en medio de este derrumbe.

Creemos que nuestra desdicha es el centro de la dinámica mundial, pero son estas cotidianidades lo que a simple vista banalizan unos, inmutables. Son el manto que arropa y encubre un abismo que, después de unos años, ya es evidente e imposible de soslayar para muchos otros. Son la fiel prueba de que la distinción entre el bien y el mal es tarea de la Filosofía, pues pareciera que al final son los intereses de cada país, de cada persona, lo que determina las respectivas posturas.

La verdad es esquiva para el de afuera. Los obstáculos legales y los intereses particulares obligan a los espectadores a seguir rigurosos pasos diplomáticos y políticos. El desespero del ciudadano está fundado, pero no debe eclipsar los escasos tres meses de Guaidó, al frente de una oposición que combate a un régimen de 20 años.

Por esto entiendo que como densa y lenta ha sido la agonía de Venezuela, densa y lenta será la cura. Pero esta varía en cada cabeza y por eso el apuro. Unos apostarán a la intervención, otros a la rebelión popular y algunos al golpe de Estado o la negociación como principales soluciones.

Del residuo informativo que asoman los políticos y del hermetismo en la cúpula gubernamental, pareciera lógica y necesaria la primera opción. Sin embargo, los organismos multilaterales no terminan de dar, como el serbio, el peso justo a lo que atravesamos. Como no es una catástrofe natural, tampoco una guerra civil y, en el fastidioso estricto sentido de la palabra, tampoco una masacre, el caso Venezuela, es una verdad que incomoda a quienes no les han salpicado las secuelas de la “revolución”.

Una de estas secuelas son los tres millones de exiliados. Tal vez esto desmitifica la opción de la rebelión popular, algo tan difícil de sincronizar en un país atemorizado y vigilado por grupos armados. El que se cansa simplemente cruza las fronteras en busca de oportunidades, hacia un mundo que sigue su curso. Y eso no lo hace apátrida, lo hace esperanza, en carne y hueso. Considera que su vida no necesariamente debe terminar en Venezuela y seguramente recordará que quien ostenta el poder de fuego, ha demostrado que no le tiembla el pulso para aniquilar al que se oponga.

Su brazo armado es el que puede dar el golpe, pero también es el mismo que asesina indígenas y manifestantes desarmados, que tortura estudiantes y niños, que tuvo que esperar la peor crisis del continente para reconsiderar sus posiciones.

En teoría somos responsables de lo que pasa y pasará en Venezuela. Cada uno es libre y dueño de su destino. Así, del libre albedrío de un individuo, se desencadena la concepción de la autodeterminación de los pueblos hasta volverse una ley, inequívoca, rígida y hasta lógica para el lector o el espectador.

El cerco diplomático y económico al que está sometida Venezuela puede ser una medida inocua, si se pretende un explosión social. Acorrala lentamente a un subestimado Gobierno, pero asfixia rápidamente al ciudadano. Es por esto que la negociación debe estar siempre en el tapete. Y para que esta sea fructífera, ambos bandos deben estar dispuestos a ceder. Los de afuera, a presionar sin titubeos y fijar estrictas posiciones.

Los detractores de esta última opción basarán sus posturas en experiencias, en moralidades, en la justicia. Pero la teoría y la práctica son cosas totalmente distintas. Incluso episodios como el de República Dominica, tienen ya pocas similitudes con el presente. El Gobierno está asediado, la crisis se ha profundizado, las sanciones todavía no han democratizado sus secuelas, la comunidad internacional está con el presidente encargado y enfatiza su rechazo a una acción militar contra Maduro. Es el momento para que el liderazgo político haga lo que el ciudadano común, obcecado por un flagelante día a día, no puede analizar con serenidad.

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