Carta del Director

El 30 de abril y La Revolución de los Claveles

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Foto: Infobae.

Benigno Alarcón

09 de mayo de 2019

El pasado 25 de  abril se celebró el 45 aniversario de la Revolución de los Claveles, que además de llevar a Portugal a la democracia, inició la más importante etapa de democratización en el mundo, la que hoy por la influencia de los escritos de Samuel Huntington, conocemos como  “La Tercera Ola”.

La Revolución de los Claveles, tuvo lugar el 25 de abril de 1974, cuando un grupo de militares de rangos medios y bajos (por lo que también se le conoce como la “Revolución de los Capitanes”), dan un golpe de Estado, que acaba con la dictadura instaurada desde 1926, después de que su fundador Antonio de Oliveira Salazar, quedó impedido en 1.968 para continuar al frente del gobierno – aparentemente por un hematoma cerebral causado por un accidente domestico que le originó la muerte en 1970-, y su sustituto, Marcelo Caetano, impidiera cualquier intento de reforma política para mantenerse en el poder por la propia inercia del régimen y el apoyo de su aparato represivo, su policía política, conocida como la Policía Internacional y de Defensa del Estado (PIDE).

En febrero de 1974, Caetano destituye al general António de Spínola, tras haber publicado un artículo de opinión titulado “Portugal e o futuro”, donde declaraba que el país no debía proseguir la guerra colonial en África y buscar una solución política a una situación que se había vuelto insostenible con sus colonias. Tras hacerse visibles las fisuras entre el régimen de Caetano y las Fuerzas Armadas, se descubre la existencia de lo que se llamo el MFA (Movimento das Forças Armadas), que fue el responsable de llevar adelante la revolución, pese a que el gran apoyo de Oliveira Salazar, había estado en la élite militar que formaba parte del gobierno mismo, por su importancia en la guerra colonial.

Tras la destitución de Spínola, un grupo de oficiales del MFA intentó un golpe de Estado el 16 de Marzo de 1974, sublevando un regimiento de infantería en la localidad de Caldas da Rainha, para tomar Lisboa. El llamado Levantamiento de las Caldas fracasó y el régimen inició una agresiva campaña de espionaje y detenciones dentro del ejército.

La respuesta no se hizo esperar y 24 de abril, a las 22:55 horas, con la conocida canción “E depois do Adeus”, de Paulo de Carvalho, se da la señal para que las tropas se prepararan y sincronizaran relojes. A las 00:25 horas del 25 de abril, la Rádio Renascença transmitió “Grândola, Vila Morena”, una canción revolucionaria prohibida por el régimen, que era la señal para que las tropas ocuparan los puntos estratégicos del país en un plan dirigido por el mayor Otelo Saraiva de Carvalho, desde el cuartel de la Pontinha en Lisboa. Media hora después, a partir de la 01:00, las guarniciones de las principales ciudades (Oporto, Santarém, Faro, Braga, Viana do Castelo) ocuparon aeropuertos, emisoras de radio e instalaciones del gobierno y, a lo largo de la madrugada, las autoridades del régimen que se conocía como el  “Estado Novo”, perdieron el control del país sin que mediase mayor resistencia. A las 16:00 horas del 25 de abril el MFA da un ultimátum para la rendición del gobierno. A las 17:45 horas, Caetano capituló ante el general Spínola, a quien había dado de baja pocos días antes. Horas después Caetano y sus ministros partieron al exilio en Brasil.

Aunque durante la operación se emitieron múltiples llamados por los diferentes medios para que la población permaneciera en sus hogares, al amanecer miles de civiles ocuparon las calles mezclándose con los militares sublevados llevando consigo claveles, la flor de temporada que adornaba los hogares portugueses.

La imagen más importante que queda de este proceso para la historia es la de una camarera, Celeste Caeiro, que cuando regresaba a casa cargada de las flores retiradas de un banquete suspendido por el inesperado golpe de Estado, es abordada por un soldado que, desde un tanque, le pide un cigarrillo. Como la joven no tenia cigarrillos, le dio un clavel que el soldado puso en el cañón de su fusil, gesto que fue imitado por todos sus compañeros de armas, y se fue extendiendo por toda la ciudad de Lisboa como el hermoso símbolo de un ejército que había decidido no disparar contra su propio pueblo. Gesto que genero el nombre con el que esta revolución cívico-militar pasaría a la historia.

Quise abrir este artículo con esta historia para hacer un merecido homenaje a esa extraordinaria gesta militar y cívica, que sigue enorgulleciendo a nuestros hermanos portugueses, pero también para resaltar lo que no ocurrió la madrugada del pasado 30 de abril y, por lo tanto, lo que no fue esa jornada.

Lo del 30 de abril no fue, ni podría ser, un golpe de Estado, porque los golpes militares se dan desde los cuarteles y no desde las plazas. Si lo del 30 de abril no fue un golpe, entonces ¿qué fue? Aunque es posible que no seamos capaces de dar una respuesta aceptable para todos, creemos que la información disponible permite hacer una interpretación alternativa a la narrativa que se ha venido construyendo desde el régimen madurista e incluso a la que algunos medios de comunicación han difundido.

Comencemos por decir lo que no fue. El madrugonazo del 30 de abril no fue un golpe y ni tan siquiera un intento de golpe de Estado. Si revisamos casos como el de la Revolución de los Claveles u otros muchos, cuyas descripciones no es difícil encontrar gracias a la mucha documentación disponible en Internet, queda claro que un golpe de Estado es una operación militar que obedece a un plan estratégico concebido en una serie de etapas operativas y acciones (tácticas) para remover a un gobierno del poder mediante el uso de la fuerza. En tal sentido, no resulta aceptable para nadie con un mínimo de sentido común, que dos docenas de hombres puedan someter a una Fuerza Armada de más de 250.000 hombres mediante el uso de la fuerza.

Lo que tuvimos el 30 de abril, fue la reacción motivada -como ya se sabe gracias a las informaciones que han ido emergiendo de los distintos medios- por la amenaza sobre las acciones que el régimen adelantaría ese día, para evitar que se materializara la marcha del 1 de mayo, lo que incluiría la detención de varios dirigentes políticos y cooperadores de Guaidó.

Ante el inminente desmontaje de la marcha del 1 de mayo se apuesta a un intento por disuadir -desde la convocatoria que vimos en la madrugada del 30 de abril- al país de emprender una gesta civico-militar que materializara el cese la usurpación, colocándose del lado del gobierno interino liderado por Juan Guaidó, a partir del vacío originado por una elección presidencial no reconocida por la comunidad democrática tanto nacional como internacional.

El factor sorpresa, lejos de producir la movilización masiva que se esperaba para el 1 de mayo, jugó en contra de la misma convocatoria, paralizando tanto a la población civil que tardó horas en responder al llamado, como al sector militar que no suele funcionar nunca sin un plan y líneas de mando claramente definidas.

Aunque el factor sorpresa ha sido en muchos casos el determinante del éxito de un golpe de Estado, como lo hemos visto en casos como el de la Revolución de los Claveles, quienes sorprenden a todos con la toma inesperada del control de los centros de poder, resulta cuesta arriba hablar de un golpe, cuando se sorprende al sector militar convocándole desde la calle a que se unan a la iniciativa democrática, convocándoles a una protesta adelantada. Asimismo, desde un punto de vista estrictamente conceptual y jurídico, tanto la comunidad democrática nacional como la internacional, entrarían en una grave contradicción si reconocieran esta acción como un intento de golpe de Estado, al no haber un reconocimiento de la presidencia de Maduro. Lo que vimos el 30 de abril fue un llamado más, como los muchos que se han producido desde el 23 de enero, aunque con un telón de fondo distinto, para que la Fuerza Armada desconozca al gobierno de Maduro y reconozca al gobierno interino liderado por Juan Guaidó.

En relación a las consecuencias de esta acción, aunque no es posible predecir el futuro, sí es necesario destacar que si bien el grupo de efectivos que acompañaron a Guaidó y a López, en el llamado a las calles que se realizó en la madrugada del 30 de abril, asumieron una clara postura, no puede asegurarse que sea una muestra representativa de la comunidad uniformada, que actuaron no por engaño, como hoy se pretende decir, porque de ser así no habrían llegado a aparecer al lado de Guaidó y López, mientras se hacia el llamado a la ciudadanía y a las Fuerzas Armadas para tomar las calles.

Los efectivos militares que acompañaron las escenas de la madrugada del 30 de abril seguramente apostaron también a dar el primer paso, atreviéndose a representar las inquietudes y aspiraciones que se debaten dentro de sus propias unidades militares y cuarteles, sobre lo que debería hacerse en respuesta al descontento con la situación del país.

Y aunque la convocatoria no logró su fin, al igual que tampoco lo logró Chávez, mediante los dos intentos de golpe en 1992, se pone en evidencia que al interior de la Fuerza Armada y del aparato policial existen otras posiciones, que si no estuviesen lo suficientemente generalizadas, nadie se atrevería a representar públicamente, asumiendo los riesgos de la deserción en un medio, y bajo unas circunstancias en las que en ocasiones se paga con la vida misma. No es este el primer evento en el que se hace evidente que en el interior de la Fuerza Armada, así como de otras instituciones como la fiscalía, los tribunales y los cuerpos policiales, existe una ola creciente de voces y actores disidentes.

El régimen venezolano se encuentra en una situación de equilibrio muy precaria, cuya sostenibilidad depende fundamentalmente del miedo como factor disuasivo para que nadie se atreva a hacer nada. Cuando todos los estudios de opinión demuestran que alrededor de un 87% del país demanda la salida del régimen, el piso sobre el que se sostiene se comporta como una capa de hielo muy delgada, incluso hacia el interior de las propias instituciones del Estado, que en teoría, aún controla.

El cambio bajo estas condiciones depende fundamentalmente de un problema de coordinación de la acción colectiva que puede suceder en cualquier momento, como acabamos de ver en el caso del régimen invencible de al-Bashir en Sudan, después de 30 años en el poder y de manera inesperada para muchos.

Lo que mantiene el sistema en equilibrio es una situación de dilema de prisionero en la que la no-cooperación, para desplazar al régimen, se impone como punto de equilibrio por el miedo a las consecuencias de actuar unilateralmente o desde facción minoritaria que no resulte exitosa. Miedo que se refuerza ante las consecuencias para los derrotados de cada intento fallido por desplazar al régimen, que explica la retaliación contra varios diputados de la Asamblea Nacional. La realidad es que en el momento que tal problema de coordinación se resuelva y la gente tome la decisión definitiva de imponer un cambio, no habrá forma de evitarlo.

Aunque historias como la de Venezuela en 1958 y la de Portugal en 1974, nos enseñan que una acción militar si puede servir para democratizar un país, la política comparada también nos enseña que los golpes militares son la forma menos frecuente de transición democrática, porque si bien es cierto que en muchas ocasiones los cambios en el poder se han dado por la acción militar, tales cambios rara vez se han traducido en más democracia, como lo demuestran los casos recientes de Egipto y Zimbabue, lo que se explica por la naturaleza misma de lo que implica un golpe militar. Quien tiene el poder y arriesga su propia vida para ir contra el orden establecido, no lo hace normalmente para luego subordinarse y someter su suerte a la incertidumbre de las decisiones de otros.

Si bien es cierto que en la mayoría de las transiciones la élite gubernamental y, en especial el aparato militar y policial, han tenido un rol esencial, tal rol no ha consistido en entregar el arbitraje del conflicto entre el régimen gobernante, al aparato militar y/o policial, sino en la posición que el aparato militar y policial han asumido entre dos extremos representados por la subordinación absoluta e incondicional al régimen y la neutralidad institucional.

La neutralidad institucional, es el factor que, por lo general, ha dejado a los regímenes autoritarios sin la capacidad básica de la que depende su permanencia en el poder cuando se pierde el apoyo político, o sea la capacidad represiva, lo que ha obligado a múltiples regímenes a aceptar su salida del poder por distintas vías, tal como le sucedió a Pinochet, cuando el sector militar se negó a acompañarle en el desconocimiento de los resultados del referéndum chileno, o a Milosevic (el carnicero de los Balcanes), cuando su aparato policial y militar se negó a reprimir a las personas que tomaran la capital tras pretenderse imponer un fraude electoral.

@benalarcon

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