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Del socialismo al esclavismo

Foto: Características

Trino Márquez

@trinomarquezc


En la Venezuela madurista están ocurriendo hechos insólitos: personas que mueren después de esperar varios días que les surtan gasolina al tanque de su vehículo. Gente que se enfrenta por paquetes de leña que será utilizada como combustible para cocinar. Familias que pasan días sin electricidad o semanas sin recibir agua a través de las tuberías. Trabajadores que se desplazan en vehículos improvisados tirados por vacas o caballos. Carros fúnebres arrastrados por burros. Casas que se iluminan con velas. Jóvenes a quienes les resulta imposible conectarse a internet para recibir clases. Este es un minúsculo retrato del panorama que ha ido dibujando el modo de producción que expropió, confiscó y estatizó centenares de empresas -muchas de ellas prósperas, como Agroisleña- cuando la borrachera petrolera le creó a Hugo Chávez la ilusión de que podía gobernar tranquilo destruyendo la iniciativa particular y acorralando a la propiedad privada.

Como parte de la degradación globalizada, se ha ido extendiendo por todo el país, un sector laboral que ingresó en un tipo de relación laboral a la que cuesta llamar salarial. Esta implica un intercambio monetario entre el patrón y el trabajador en el cual el asalariado obtiene un ingreso que, al menos, le permite cubrir una parte significativa de las necesidades alimenticias. En Venezuela, esa cobertura ya no existe. La inmensa mayoría de los trabajadores no ganan suficiente para satisfacer ni siquiera la quinta parte del costo de la Canasta Alimentaria. El país retornó a una época similar a la de las encomiendas o al régimen semifeudal imperante en el campo durante el siglo XIX y la época de Juan Vicente Gómez, cuando los latifundistas les pagaban a los jornaleros con fichas que estos solo podían gastar en las bodegas de esos mismos latifundistas.

Los trabajadores han sido feudalizados; o, más, esclavizados. Desde el punto de vista formal, el salario mínimo es inferior a dos dólares mensuales. No hablemos de las pensiones. El Banco Mundial señala que las personas con ingresos de menos de dos dólares al día son pobres. Esto significa que quienes se ubican por debajo de sesenta dólares al mes, se encuentran en esa condición. Vista la situación desde ese ángulo, la inmensa mayoría de los trabajadores venezolanos se encuentran en ese estado. La Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi) y empresas privadas como Consultores 21 registran con claridad esa realidad. Cerca de noventa por ciento de los hogares venezolanos no obtienen ingresos para comprar los bienes y servicios que componen la Canasta Básica y, dentro de este segmento, un alto porcentaje no puede comprar los productos de la Canasta Alimentaria

Esos trabajadores viven en situación de pobreza extrema o atroz, vocablo acuñado por algunos especialistas hace algunas décadas, cuando la expansión de la pobreza en América Latina adquirió un ritmo muy acelerado.

La esclavización de la fuerza laboral en Venezuela sigue una ruta muy distinta a la trazada por ese fenómeno en países como China, Bangladesh o Paquistán, dónde prósperos empresarios crueles y deshonestos, se valen de las necesidades de los trabajadores para explotarlos sin misericordia, ante la mirada cómplice de las autoridades gubernamentales. Aquí el cuadro es muy distinto. La mayoría de los empresarios –los que no están enchufados al régimen, ni forman parte del sistema de botín- están pasando por enormes penurias financieras. Han sido sometidos a un proceso de descapitalización y ruina parecido al que padece la clase trabajadora. Han tenido que asumir el costo de la pandemia -pagar los sueldos y salarios de sus trabajadores- sin recibir subsidios oficiales. Han debido lidiar con la hiperinflación, la escases de divisas para renovar equipos y maquinarias, comprar materias primas o sustituir repuestos; han tenido que enfrentar la falta de crédito por parte de la banca; el ausentismo laboral porque los trabajadores no consiguen trasladarse a sus centros laborales; o los problemas derivados de la baja productividad de la mano de obra, pues los empleados más calificados han emigrado.

El cuadro general de los empresarios también es calamitoso Muchos de ellos mantienen sus unidades productivas o comercios por mera lealtad con las generaciones que los precedieron o porque no quieren sentirse derrotados por un gobierno tan inepto como el que preside Nicolás Maduro. Las motivaciones son numerosas, pero pocas están vinculadas con las ganancias y la prosperidad que su negocio genera. A pesar de la adversidad, pagan remuneraciones muy por encima del salario mínimo.

La esclavitud de los trabajadores, peor en los organismos del Estado y empresas públicas, ha sido el resultado inevitable de las políticas del socialismo del siglo XXI: hiperinflación; descapitalización del parque industrial por la caída de la inversión privada foránea y doméstica; caída global de la productividad de la industria y la agricultura, descalificación de la meritocracia y politización de la gerencia pública; destrucción del capital humano. Agreguemos el clima político de tensión permanente y la inseguridad jurídica, para que el cuadro quede más completo.

El socialismo no defrauda: siempre esclaviza.

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