Opinión y análisis

El regreso de los dioses: Transición y restauración en Venezuela (I)

Extraído de: The Daily Beast

Tomás Straka

Cinco años después

Los nuevos diputados llegaron al Parlamento en una procesión.  Como penitentes que expían un agravio, llevaban dos retratos: uno de Hugo Chávez y otro de Simón Bolívar, en su nueva versión digital.  Demostrando cuán hondo había golpeado el gesto simbólico de Henry Ramos Allup, cuando cinco años atrás los sacó del Palacio Federal, consideraron que el primer acto de su reconquista debía ser alguna forma de expiación.  Estamos en medio de grandes tormentas nacionales e internacionales, la instalación de la nueva Asamblea ha encerrado toda clase de polémicas, Venezuela se encuentra en un cambio estructural de importantes proporciones, y lo primero que hacen los nuevos diputados es reponer los retratos, como quien retornó el ídolo de un dios a su altar profanado.  Si no existieran otras razones para comprobar la importancia de los discursos históricos en la política, esta bastaría para hacerlo.

Ya en un artículo publicado en 2016, reflexionaba en torno a la contraposición del retrato de Bolívar pintado en Lima por José Gil de Castro en 1825, que Ramos Allup señalaba como el más cercano a la realidad, con el que resultó de la reconstrucción digital hecha en 2012 con base en su cráneo[1].  Aquello, alegaba, no se refería sólo a la veracidad del nuevo retrato, sino a la de toda la visión de la historia que pronto ese “nuevo rostro” empezó a simbolizar.  Cambiar los retratos implicaba el triunfo de una nueva forma de entender y comprender nuestra historia, y de las consecuencias, grandes o pequeñas, que eso puede tener en el pensamiento y las acciones políticas.  La salida de los retratos se anunciaba como el inicio de un vasto proceso que habría de dar, en palabras de la dirigencia opositora, con el fin del gobierno de Nicolás Maduro y en general del modelo del socialismo bolivariano.  Es decir, lo que entonces todos comenzaron a llamar una transición. Su retorno, entonces, podría entenderse como el fracaso de la transición y la restauración del orden bolivariano.

No obstante, ¿es posible la restauración como si nada hubiera ocurrido? ¿De verdad no hubo ningún cambio de 2015 para acá? ¿No se transitó a ninguna parte? Aun aceptando que, al menos de momento, lo de la oposición se parece bastante a una derrota, ¿aquel gesto de Ramos Allup, muy difundido por las redes, en serio no terminó en nada? Cinco años después de su salida, ¿qué es lo que de verdad nos traen aquellos dioses lares de regreso a su altar?  Como esperamos esbozar, sí ha habido cambios.  A su modo, dicho de forma muy gruesa, en esos cinco años parece haber comenzado transición, no en el sentido de lo que la oposición quiso, pero sí lo suficiente como para que la restauración absoluta no sea posible.

La transición que se quiso

Son tantas las cosas que han pasado desde el día en el que Ramos Allup sacó los retratos, que ya aquello parece historia lejana.  El panorama del país acusa modificaciones importantes.  Aún no podemos saber cuáles serán sus últimos alcances, pero en 2015 se veían como muy difíciles, o incluso podían considerarse imposibles. La oposición, cuya conquista del poder por vía electoral parecía inminente, ahora está en desbandada. Maduro, por su parte, después de haber sido objeto de burlas, parece consolidado en el poder, más allá de que sea desconocido por muchos países.  La economía, aunque sigue en una contracción de dimensiones bíblicas, al parecer la mayor de la historia moderna, ha pasado de la era de los delitos cambiarios y del “innombrable” o “la lechuga”, a la libre circulación del dólar, incluso a su uso en transacciones oficiales.  En la sociedad se ha consolidado una nueva burguesía, al tiempo que el país ha tenido la hemorragia de unos cinco millones de inmigrantes, en una de las crisis más grandes del mundo. 

Todo pareció salirle al revés a la oposición.  Pero no porque no quiso impulsar la transición (por lo menos en la mayor parte de sus miembros y movimientos), sino porque no pudo hacerlo.  Y subrayamos el pudo porque se trató de un asunto de poder.  Eso incluye muchas cosas, como la incapacidad de imaginarse escenarios distintos a los de sus planes y preparar algo al respecto.  Hagamos un brevísimo repaso.  Cuando el Tribunal Supremo de Justicia invalidó todas y cada una de las medidas de la Asamblea, la Asamblea no tuvo el poder de imponerlas: simplemente el resto del Estado atendía al TSJ.  Y cuando la vía electoral se cerró por decisiones de otros tribunales que suspendieron el proceso revocatorio, pareció no haber nada preparado para esa eventualidad.  A lo mejor lo había, tal vez actuaron fuerzas muy superiores que impidieron llevarlo adelante, pero eso es algo que aún está por averiguarse.

En 2017, cuando el TSJ decidió asumir plenamente las funciones legislativas, las cosas llegaron lo suficientemente lejos como para que ocurriera –o terminara de ocurrir- la única ruptura en el bloque de poder: la Fiscalía se opuso a la medida, y hasta logró revertirla de momento.  Fue el banderazo para una verdadera rebelión cívica de cien días.  Venezuela se convirtió en un centro de atención y se perdieron muchas vidas.  Pero las protestas sistemáticamente fueron repelidas por la policía, la Guardia Nacional y los colectivos. En general la Fuerza Armada se mantuvo leal al gobierno.  Al final se agotaron las protestas, en tanto Maduro convocó a una Asamblea Constituyente que estaría por encima de la Asamblea Nacional.  Fue entonces cuando, a pesar del fracaso de las protestas, la oposición comenzó a obtener algunos frutos: la comunidad internacional consideró ilegítima la elección de la Constituyente, así como los subsiguientes comicios presidenciales de 2018, en los que Maduro fue reelecto sin participación de la oposición  Esto significaba que al terminar su mandato en enero de 2019, quedaría legalmente el cargo vacante, porque se consideró que el nuevo período tenía un origen írrito.  

Fue bajo esa premisa que Juan Guaidó, presidente de la Asamblea Nacional, se proclamó presidente.  En casos de vacante de la Presidencia de la República, le corresponde al de la Asamblea ocupar el cargo hasta que haya elecciones.  Más de cincuenta países, incluyendo Estados Unidos y muchos de la Unión Europea, lo reconocieron. Por momentos la oposición llevó la agenda, parecía estar muy cerca de lograrlo y Guaidó se convirtió en el político más popular de Venezuela, con niveles en momentos superiores a los que Chávez llegó a tener.  Comenzó así una situación de dos gobiernos paralelos (aunque el de Maduro con mando efectivo), sanciones internacionales, eventos como los de la frustrada entrada de la ayuda humanitaria, la rebelión del 30 de abril o el aún confuso Macutazo.  El punto es que nada rompió en lo fundamental al bloque gubernamental.  Al contrario, los éxitos parecen haber consolidado a Maduro, quien pudo paralelamente iniciar un proceso de reformas económicas.  Para finales del año pasado, el Tribunal Supremo intervino los partidos políticos de oposición, nombrándoles directivas nuevas.  En la práctica los dividió entre quienes las aceptaron, y los que siguieron a las que ya estaban, que al parecer son la mayoría.  Con esos nuevos partidos intervenidos,  convocó a las elecciones parlamentarias de las que salieron los diputados que en procesión entraron en el Palacio Federal portando los retratos de Chávez y de Bolívar en su nueva versión.

Han declarado la restauración del orden.  Para el momento en el que se escriben estas líneas ya reaparecieron cosas que se creían dejadas atrás: la expropiación de las casas de los emigrantes y el congelamiento de las matrículas de las universidades privadas.  Pero en esta restauración, como en todas, ¿es posible simplemente llevar las manijas del reloj cinco años atrás?  En la otra entrega nos detendremos en esto.


[1] https://historico.prodavinci.com/blogs/la-guerra-de-los-retratos-por-tomas-straka-2/

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