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El laberinto del Fauno o el mantra de las últimas elecciones en Venezuela

Foto: Cortesía

Tulio Ramírez

A pesar del título no me voy a referir a esa bellísima película hispano-mexicana, producida y dirigida por ese talento llamado Guillermo del Toro y estrenada en España en el 2006. A lo que me voy a referir es a algo menos fantástico e imaginativo que el guion escrito para esa joya cinematográfica.

Desde el año 2005, con las honrosas excepciones de los años 2013 y 2015, los venezolanos han tenido que debatir sobre la participación o no en las elecciones convocadas por el Consejo Nacional Electoral. Estas discusiones han sido orientadas de acuerdo a las líneas políticas que sobre el tema, los partidos políticos y no pocas individualidades con influencia en sectores del país, han colocado sobre el tapete a través de las redes sociales fundamentalmente.

Ha sido inocultable que la diversidad de posiciones ha fracturado toda posibilidad de acuerdos que permitan asumir, de manera consensuada y como un solo hombre, alguna de ellas. Todos los bandos tienen argumentos suficientes para justificar sus tesis. Esto no sería problema, ya que en democracia es normal que se confronten las doctrinas y las estrategias políticas.

El asunto es que Venezuela no puede catalogarse como un país con un sistema político formalmente democrático, donde se acatan las decisiones de las mayorías, se respeta la independencia de los poderes públicos, el marco constitucional y legal, y además, la alternabilidad forma parte de la rutina política.

El descaro con el que se ejerce el control de las instituciones por parte del ejecutivo, con el evidente ánimo de preservar el poder a toda costa, es lo que nos diferencia de las “democracias normales” establecidas en la región. Por supuesto, de este mapa debemos excluir a Nicaragua, cuyo formato político se ha diseñado para impedir a toda costa que los opositores tengan alguna posibilidad real de acceder al poder por la vía electoral. Por razones obvias debemos excluir a Cuba, por ser evidentemente una dictadura militar abierta y sin maquillaje, que desde hace rato no teme enseñar sus vergüenzas al mundo.

Así las cosas, lo cierto es que ese debate siempre inconcluso sobre la estrategia electoral, no solo ha generado desconcierto y desánimo a lo interno, sino que puede eventualmente alterar la tradicional postura de apoyo internacional a la oposición venezolana, al no presentarse al mundo saldos de avances significativos en la lucha por el retorno del respeto a la Constitución en Venezuela.

En política, la dispersión sumada a la falta de acción, inmoviliza y desmotiva. Por ello no es de extrañar que a pesar de que el país muestra los indicadores más nefastos de América Latina, y buena parte del mundo, en materia de inflación, desempleo, producción, salarios precarios, violación de derechos humanos y el más alto índice de miseria, las encuestas muestran no solamente un alto rechazo a la gestión de Nicolás Maduro, sino también un porcentaje, no desdeñable, de rechazo a la oposición en todas sus versiones.

Estos números que reflejan poca empatía con los factores de oposición en un país donde el rechazo al gobierno roza el 85%, solo es posible explicarlos por la ineficacia política para mostrar caminos claros, factibles y viables, que logren aglutinar bajo una sola bandera a esa gran masa de ciudadanos descontentos.

El mismo guion se ha repetido en los últimos años 15 años con las honrosas excepciones arriba señaladas. Se ha construido una suerte de Mantra que nos ha llevado, una y otra vez, al mismo callejón sin salida.

El debate entre votar y no votar, siempre inconcluso, en la práctica ha dividido la acción política en los procesos electorales, permitiendo cómodas victorias al gobierno. Esto le ha hecho posible, ejercer el poder de manera ininterrumpida, sin que la comunidad internacional pueda impedirlo, a pesar de las sanciones y desconocimientos declarativos, muy importantes, pero poco eficaces.

El Mantra que nos ha inmovilizado se puede resumir así:

“Nuevas elecciones – Somos mayoría – Solo voto si hay condiciones – No hay condiciones- No voto – El gobierno gana todo – Nuevas elecciones – Somos mayoría – Solo voto si hay condiciones – No hay condiciones – No voto – El gobierno gana todo – Nuevas elecciones – Somos mayoría – Solo voto si hay condiciones – No hay condiciones – No voto – El gobierno gana todo – Nuevas elecciones….. y así sucesivamente ad infinitum.

Por esos callejones no habrá salida alguna a menos que “las condiciones electorales cambien”. Aquí es donde volvemos al tema de la “democracia normal”.

 Si partimos del hecho de no poseer una “democracia normal”, entonces esperar ese cambio, cuando la permanencia en el poder del gobierno depende de él, vendría a ser algo ingenuo. El gobierno a motu propio no lo hará. A menos que la presión interna e internacional actúen de manera coordinada para lograrlo. Si la presión no le eleva el costo político al gobierno por mantenerlas, es poco probable que ceda y cambie unas condiciones que son su garantía.

Lo que ha sucedido hasta ahora es que la no participación en las elecciones tiende a apartarse del juego sin exigir condiciones más equitativas.  Por otra parte, participar sin cuestionar de manera decidida esas sesgadas reglas de juego, antes, durante y después del acto electoral, no generará mayor efecto que un tardío reclamo que se apagará en poco tiempo.

Al final, todo queda exactamente igual como al principio, es decir, un sector opositor echándole la culpa al otro por no participar, y este otro echándole la culpa al primero por participar. Y así hasta las próximas elecciones, cuando seguramente se repetirá la misma historia y el mismo Mantra. Todo un laberinto.

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