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Venezuela no se ha convertido en Cuba, sino en la peor versión de sí misma

Tomada de Comunicación Continua

Pedro Benítez

¿Cuántas veces los demás pueblos de habla hispana han escuchado a los venezolanos decir que nosotros también dijimos que no seríamos Cuba, cuando ellos, con absoluta confianza, afirman que sus respectivos países no serán Venezuela?

El trauma venezolano camina por América Latina y no la espada de Bolívar. Basta y sobra que alguno de nosotros escuche las palabras oligarquía, patria y socialismo en una misma frase o una crítica al capitalismo, para que se activen recuerdos de nuestro pasado colectivo inmediato. Siendo medianamente objetivos hay que admitir que razones tenemos.

Pero lo cierto del caso es que, pese a la oferta de navegar hacia el mar de la felicidad cubano, la Venezuela de hoy (año 22 de la revolución) no es Cuba y todo indica que tampoco lo será. En realidad Venezuela se ha convertido en la peor versión de sí misma. He aquí una pista de por dónde irán las cosas para los demás países del vecindario que elijan el prometedor camino del radicalismo.

Y no es porque esa izquierda borbónica latinoamericana no quiera. Después de todo para políticos como Daniel Jadue, Pedro Castillo, Gustavo Petro o Andrés Manuel López Obrador, el modelo de sociedad soñada es Cuba. Así como para otros es Suiza, Corea del Sur o Noruega.  No obstante, es bastante conocido que los resultados finales suelen siempre estar lejos de los planes iniciales. Los países son como los individuos, cada quien con sus circunstancias.

Pese a todos los pesares, los miles de médicos y “asesores” castristas no transformaron a Venezuela en la Cuba de Tierra Firme. El país es otra cosa, uno no sabe si es peor, pero distinto. Del mismo modo que ni México, Colombia o Argentina se convertirán en Venezuela, ni Chile será la próxima Argentina. Cada sociedad tiene sus propios demonios que exorcizar.  

El régimen político que se empezó a instaurar en Venezuela en enero de 1999 y que, por medio del proceso constituyente, plenipotenciario y soberano, le entregó todo el poder institucional a un solo hombre; combinado con la guerra emprendida por éste en contra del sector privado de la economía, acusado de parasitario y explotador; más las “políticas” que quebraron al vital sector petrolero nacional; más un largo etcétera de “equivocaciones” (deliberadas o no); multiplicaron a la enésima potencia todos los problemas que facilitaron, y justificaron, el cambio histórico, impecablemente democrático, que se dio en diciembre 1998.

De allá para acá Venezuela se hizo mucho más dependiente de la renta petrolera, la corrupción llegó a un nivel planetario (literalmente), la violencia criminal se desbordó, los servicios públicos colapsaron y el Estado fue capturado, sin disimulo alguno, por una minoría cleptocrática.

No solo no se cumplió con la gran promesa de acabar con la pobreza, la miseria y la exclusión social, los grandes males no superados por el anterior régimen, sino que por el contrario, ahora son parte abrumadora del panorama cotidiano que se acepta con resignación. Según la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida de 2019, el 96 % de la población se encontraba en pobreza por ingresos, y el 79 % en pobreza extrema. Dos décadas antes (datos oficiales), las cifras eran 49 y 20% respectivamente. En efecto, el chavismo multiplicó los pobres.

Pero, además, hubo un mal de nuestro pasado que regresó con aquella crucial elección presidencial: el personalismo político y el culto por el hombre fuerte que desembocan, inevitablemente, en la dictadura. Es lo que nuestro (porque es nuestro) intelectual positivista Laureano Vallenilla Lanz bautizó como “cesarismo democrático”.

Para decirlo rápidamente, Venezuela es una tierra de dictaduras y dictadores. La democracia fue una maravillosa excepción. Desde que las elites gobernantes de este territorio optaron por hacer separación de bienes de Colombia (la grande), por allá en 1830, cada generación de venezolanos ha luchado, sobrevivido, convivido, aceptado, o conspirado, contra su dictador de turno.

Por su parte, cada aspirante a tirano ha confabulado contra el gobierno legalmente establecido. En 1835 fue contra el civil y eminente cirujano, José María Vargas, que ganó una elección presidencial efectuada en el Congreso de acuerdo a las normas de la Constitución de 1830, derrotando a los candidatos militares, héroes de la gesta independentista (que fueron divididos en esa oportunidad).

157 años después le tocó el turno a Carlos Andrés Pérez.  Otro civil elegido democráticamente de acuerdo a los normas de la Constitución de 1961. Como por entonces habían pasado tres décadas de la última asonada, se pensó que aquello nada tenía que ver con nuestras tradiciones cuartelarias.

Eso, pese a que los jóvenes oficiales insurrectos, se levantaron en nombre de los héroes que se le habían alzado a Vargas. Fueron contados los que captaron de inmediato el significado de la coincidencia. Pero para la opinión pública venezolana de febrero de 1992, Pérez era el representante de una democracia decadente y corrupta.  No el heredero de alguna tradición civilista.

En los dos casos (no fueron los únicos) se encontraron, y se siguen encontrando, argumentos más o menos razonables para justificar cada cuartelazo.

Contra esa arraigada tradición ha luchado una parte de los venezolanos, mientras que otros la han deseado con nostalgia.

Así, por ejemplo, hay buenas razones para sospechar, en contra de lo que se cree, que un bueno número, sino la mayoría, de los adversarios a la dictadura del general Juan Vicente Gómez, la más larga de cuantas ha tenido Venezuela (1908-1935), no lo querían sacar para instaurar un régimen basado en la legalidad, la alternancia y el gobierno ejercido por el consentimiento de los gobernados. Sino para ponerse ellos.

Esto es algo que un puñado de jóvenes exiliados del gomecismo intuyeron en 1929, cuando conocieron por medio de epístolas y trato personal a la vieja generación de caudillos liberales que combatían a Gómez.

Sin embargo, para ser justos, hay que decir que no todos los autócratas venezolanos fueron tan destructivos en su paso por el poder como lo ha sido Nicolás Maduro.  Venezuela tuvo a Antonio Guzmán Blanco, el Ilustre Americano, que hizo sinceros esfuerzos por modernizar aquella tierra asolada por las revueltas y la malaria. O Gómez, que puso fin definitivo a las guerras civiles, consolidó el Estado nacional y se supo rodear de esclarecidos funcionarios. Eso pese a la inclinación de los dos personajes por hacer de los bienes públicos, bienes propios.

También hay que agregar que no todos los militares venezolanos han actuado como déspotas en el poder. Los generales José Antonio Páez y Eleazar López Contreras, sin que ninguno de los dos fueran demócratas impecablemente tolerantes, procedieron, cada uno en su momento y circunstancias, apegados a la Constitución, intentando legarle al país estabilidad, legalidad y certidumbre. O el vicealmirante Wolfgang Larrazábal, que facilitó el tránsito a la democracia.

Por supuesto, como no podía ser de otra manera, Venezuela ha tenido su buen lote de catástrofes despóticas. José Tadeo Monagas, Julián Castro, Joaquín Crespo y Cipriano Castro. Maduro es digno representante de esa tradición.

Porque con los déspotas ocurre como con los emperadores romanos. Puede haber unos buenos y otros malos. El problema es que salir de los malos es muy complicado.

Esta dinámica es muy típica, aunque no exclusiva, de los países del Caribe hispanohablante. Del resto cada quien tiene sus propias costumbres, aquellas que la historia particular ha ido sentando. Los países, por regla general, son prisioneros de su pasado.  O para decirlo de otra manera, hay costumbres muy acendradas que son difíciles de superar.

Argentina, por ejemplo, no será Venezuela porque para eso ya tiene al peronismo que siempre, en sus diversas presentaciones, vuelve. Escaldada por la última experiencia de gobierno militar, la sociedad argentina no pedirá que vuelvan los uniformados, ni estos tienen ganas de hacerlo. Lo que ya es un paso hacia adelante.

Al otro lado de la cordillera de los Andes, la tradición política chilena no es de exaltados caudillos populistas. Sin embargo, todo indica que Chile va entre dudas y entusiasmo directo a repetir las políticas que condenaron a su economía al estancamiento y la inflación durante décadas y que llevaron a la presidencia a Salvador Allende, y a la Unidad Popular. Que, a su vez, reeditaron la misma medicina pero con mayores dosis.

Mientras tanto, los partidos de la antigua Concertación, que le dieron a ese país cuatro de los mejores gobiernos que ha tenido toda la América Latina, siguen en su alegre proceso de autodestrucción. La actual catarsis radical (que no será eterna) y la pérdida del centro político están pavimentando el regreso de la derecha, pero no por las balas, sino por los votos.

En México López Obrador no intenta establecer un régimen revolucionario con su Cuarta Transformación. Lo que pretende es regresar a las viejas prácticas del presidencialismo imperial del viejo PRI, en el cual militó. El del partido único, que a su vez fue una versión algo mejorada del porfiriato que la historiografía oficial mexicana ha demonizado.  Es decir, no es que con él, como teme la académica Denise Dresser, México siga siendo México. Lo que desea es retroceder las agujas del reloj, pues le pesa en el alma todo lo que su país ha cambiado (para bien y para mal) en los últimos 30 años.

Y de todos los casos el más preocupante es Colombia. Su fantasma no es el de las dictaduras personalistas sino el de la guerra civil. Por eso no será otra Venezuela u otra Cuba. Por este camino de confrontación y polarización será la peor versión de sí mismo.

Nada de lo anterior significa, por supuesto, que nuestras sociedades están condenadas a volver sobre sus pasos. Después de todo, de las prisiones se puede escapar. Pero siempre es bueno tener alguna perspectiva del pasado para no incurrir en la afición humana de tropezar siempre contra la misma piedra. Aunque esa piedra sea la de uno y no la del vecino.

@PedroBenitezF

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