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Camino hacia la libertad: A noventa años del plan de Barranquilla (II)

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Tomás Straka

Acerca de la socialdemocracia

Si en algo coinciden los comunistas y algunos grupos que están en el otro extremo, en la derecha, es en considerar que todo análisis marxista lleva necesariamente al comunismo; y en que todo socialismo es indistinguible del comunismo.  Ambas ideas han tenido mucho éxito.  Basta revisar las redes sociales para ver hasta qué punto hay personas que las comparten.

Con respecto a lo primero, a la idea de que todo análisis marxista conduce a una militancia comunista, hay muchas cosas que apuntalan la idea.  Para comenzar,  el mismo Marx y la mayor parte de los marxistas lo han planteado así.  El filósofo alemán pensaba que su sistema era la palanca para explicar todos los males del mundo, así como para construir su solución (a su juicio, el socialismo).  La segunda, tiene menos base, pero hay que manejar algo de historia para ponderarla mejor. El punto es que los hechos demuestran que las dos cosas son falsas. Marx se equivocó en esa apreciación, como se equivocó en un montón de cosas más.  El marxismo demostró haber hecho aportes muy sustanciales para analizar la historia y algunos aspectos de la sociedad, pero ya en vida de Marx hubo quienes, con base en sus propios aportes, comenzaron a dudar de las conclusiones que el filósofo alemán derivó de ellos.  Aunque la Academia de Ciencias de la URSS y los círculos de lectura de los partidos comunistas insistían en lo contrario, nadie está obligado a aceptar en bloque al pensamiento de Marx, como a nadie se le ocurriría decir que hay que aceptar acríticamente todo lo dicho por Aristóteles o Descartes. 

Es verdad que la mayor parte de los marxistas lo hicieron, pero los casos más críticos y creativos también son importantes. En América Latina, por ejemplo, Víctor Raúl Haya de La Torre y Rómulo Betancourt son dos ejemplos referenciales al respecto: su conclusión, después de leer a Marx, es que la revolución que se estaba haciendo en la Unión Soviética no era aplicable a Latinoamérica; y en poco tiempo fueron más allá: simplemente no era un modelo deseable por su falta de libertad y su ineficiencia económica.

En otra coincidencia entre los comunistas y algunos grupos de derecha, Lenin consideró que todo socialista lo es realmente si aspira al comunismo, de modo que, una de dos: o es en el fondo un comunista, o en realidad no es socialista.  Tal fue la base de un sinfín de disputas doctrinales, que no pocas veces terminaron dirimiéndose en campos de batalla o paredones de fusilamientos, sobre quién es socialista de verdad y quién es, por decirlo de algún modo, un heresiarca.  Pero el hecho es que tanto antes de Marx como coetáneamente con él, existieron muchos otros socialistas que no compartían al menos una buena parte de sus ideas.  Ya a inicios del siglo XX los principales líderes del partido socialdemócrata alemán, como Eduard Bernstein y Karl Kautsky, pensaban que el camino de las reformas dentro de un sistema parlamentario era válido para transformar a la sociedad, y cuando Lenin y su partido tomaron el poder en Rusia en 1917 y establecieron el modelo comunista tal como ellos los concibieron, en todas partes los socialistas se dividieron en dos grupos: los que pasaron a llamarse comunistas, y se inscribieron en la III Internacional dirigida por Moscú; y los que siguieron llamándose socialistas o socialdemócratas, que en general defendían la existencia del pluripartidismo, grados mayores o menores de propiedad privada y libertad de mercado, prensa libre y otras “libertades burguesas”. 

En ocasiones comunistas y socialistas llegaron a pactar, pero en general las relaciones fueron muy malas, sobre todo en la medida en la que las características totalitarias del sistema soviético se hicieron evidentes.  No es un dato menor que de los once países fundadores de la OTAN en 1949, seis tenían gobiernos socialdemócratas o laboristas. Tampoco lo es que la mayor parte de ellos mandaron tropas para defender Corea del Sur de la invasión de Corea del Norte.  Dos años después, sus partidos fundaron (junto a otros), la Internacional Socialista.  Es verdad que la mayor parte de los partidos socialdemócratas abandonó el marxismo, al menos como teoría fundamental, y que en ocasiones evolucionaron de tal forma hacia el centro que es difícil determinar en qué se diferencian de, por ejemplo, los partidos liberales.  Pero el punto es que ni antes ni después de la Revolución Rusa, socialismo ha significado siempre exactamente lo mismo que comunismo.  Que, de hecho, eso fue lo que quisieron Lenin y después el PCUS, sin poderlo lograr.

En el caso venezolano, los autores del Plan de Barranquilla fueron los que sembraron la semilla de un socialismo no comunista, aunque en su momento ellos mismos no lo tuvieran del todo claro, y su familia política escenificara periódicos pleitos y divisiones entre quienes se convencieron de que el camino correcto era el comunismo, y aquellos que, como el resto de los partidos socialdemócratas, a la larga dejaron incluso de lado a las ideas marxistas y de revolución.   

El ardismo y al democracia venezolana

La organización que publicó el Plan de Barranquilla ni se declaró comunista, ni buscó la aprobación e integración a la III Internacional (aunque tampoco negaban entonces aquella posibilidad).  Adoptaron el mucho más tímido nombre de Agrupación Revolucionaria de Izquierda (ARDI). Estaba formada por un pequeño grupo de jóvenes exiliados que se habían alzado contra Gómez en 1928 y 1929, y que tras las sucesivas derrotas que les propinó la dictadura, se habían establecido en Colombia.  Barranquilla era un centro de gran agitación política, sobre todo de izquierda y del Partido Liberal colombiano, que apoyó sin reservas a la oposición al gomecismo; tenía una población relativamente grande de inmigrantes y exiliados venezolanos,  entre los que se destacaban los hermanos Aristiguieta, que tenían fábricas y les daban trabajo, y un líder antigomecista muy respetado, el General Luciano Mendible, una figura pública en la ciudad.  

Raúl Leoni, que gracias al apoyo del Partido Liberal se había establecido en Bogotá y estudiado en la Universidad del Externado, es en realidad el eje del grupo.  Se convierte entonces en el gran organizador del aparato, así como en el encargado de las finanzas (muy precarias finanzas).  Junto a Ricardo Montilla y Betancourt, quien se une a ellos, son los “hermanitos”, como se llaman a sí mismos, acaso para diferenciarse del camarada de los comunistas (el compañero aprista aún no lo habían asumido), pero también porque funcionaban como una especie de congregación en la que compartían lo poco que conseguían.  Paralelamente se integran a una especie de partido binacional, la Alianza Unionista Grancolombiana, impulsada por el Partido Liberal, y eso le permitió sobre todo a Betancourt, que ya hace tándem con Leoni, dar conferencias y escribir en la prensa, que era de lo que fundamentalmente vivía por aquellos años.

Los firmantes del Plan son doce: Betancourt, Pedro Juliac, P.J. Rodríguez Berroeta, Mario Plaza Ponte, Valmore Rodríguez, Simón Betancourt, Leoni, Ricardo Montilla, Juan José Palacios, Carlos Peña Uslar, César Camejo y Rafael Ángel Castillo.  No sabemos si esta casualidad apostólica la hayan visto entonces (aunque en cualquier caso a la mayoría, agnóstica, debió no importarle), pero su capacidad para hacerse notar fue grande.  Las conferencias de Betancourt son concurridas y su nombre empezó a hacerse familiar.  Y el Plan que aquella docena de muchachos que por lo general no están seguros si cenarán, genera bastante discusión entre el exilio.  Con jaquetonería juvenil le mandan -doce apóstoles al fin- su plan a todo el mundo, bastante orgullosos de aquello a lo que han llegado.  Picón-Salas se entusiasma, pero quienes son comunistas convencidos, como Miguel Otero Silva que en París se ha unido al Partido Comunista, les hacen críticas severas.  En particular, Otero Silva lee bien de lo que se trata: el ardismo, señala, es un peligro para el comunismo.  Tuvo razón.  El ardismo fue el primer paso de la socialdemocracia venezolana.

            En 1931 ARDI no era más que un “club de marxistas”, como lo definió Leoni, y un par de años después casi había desaparecido: Betancourt se fue a Costa Rica, donde, en un viraje que aún genera polémica, se convirtió en uno de los  principales líderes de su Partido Comunista; Valmore Rodríguez decidió que debía buscarse algo con qué ganarse la vida, y se dedicó a los negocios (la verdad, eso del socialismo jamás lo convenció demasiado); Leoni tenía también que ganarse el pan, buscar recursos para los “hermanitos” y ayudar a sus padres, que se habían ido a Aracataca (esos viajes al pueblo le valieron una fugaz aparición en las memorias de García Márquez).  No obstante, se debatía entre mantener vivo lo que quedaba de ARDI o meterse al Partido Comunista, pese a que no terminaba de convencerlo. El resto, salvo Montilla, poco a poco tomó caminos distintos.  Pero cuando murió Gómez en 1935,  sintieron llegada la hora, liquidaron ARDI como quien cierra un negocio que ya no tiene sentido y regresaron a Venezuela.

Al menos el núcleo duro de los “hermanitos”, Leoni, Betancourt y Valmore, se metió de lleno en la política. Lo que siguió fue una muy agitada travesía de un cuarto de siglo: en 1937 se da el divorcio definitivo con los comunistas cuando éstos se retiran del Partido Democrático Nacional (PDN), donde se esperó unir a todas la izquierdas; en 1941 el PDN se convierte en Acción Democrática; en 1945 llega al poder en la “peripecia” del 18 de octubre;  en 1948 fue derrocado por los militares que hasta la víspera habían sido sus socios; y cuando en 1959 llegan al poder por segunda vez, ya tienen dos o tres cosas completamente destiladas: la Revolución democrática es el programa definitivo, no el mínimo; el comunismo soviético es una tiranía peor que la de Gómez y la libertad es un valor innegociable; los comunistas están tan sometidos al imperialismo como lo estuvieron gomecistas, pero en este caso es el soviético; y en el contexto de la Guerra Fría, los demócratas deben estar adscritos a Occidente. Es el ingreso al “consenso socialdemócrata” que moldeó a la Europa Occidental en la postguerra.

A noventa años del Plan de Barranquilla, en conclusión

            Para 1959 sólo algunos se acordaban del Plan de Barranquilla.  Nunca circuló demasiado en Venezuela y en los años subsiguientes, sus promotores lo consideraron un documento acotado a su época, que debía dar paso a otros más elaborados, como los programa del PDN y de AD.  En realidad hubo que esperar a que los historiadores comenzaran a ocuparse de Acción Democrática y Betancourt, en la década de 1970, para que el documento saliera del círculo de los especialistas, o de algunos militantes más viejos o escrupulosos.  Lo más probable es que la mayor parte de los adecos, e incluso de los demócratas de partidos distintos a AD, tuvieran conciencia de cuán fieles eran al programa mínimo, entre 1959 y, por poner una fecha, 1979, ejecutaron uno a uno los puntos de Plan.  Fue el patrón sobre el que se cosió en el momento más libre y próspero de la historia de Venezuela.  No decimos perfecto, que estuvo lejos de serlo; tampoco que el hecho de que los puntos del Plan hayan sido ejecutados, signifique que los resultados hubieran sido los esperados; pero sí que se vivieron unos años con mucha mayor libertad y prosperidad que todo lo vivido antes o después. 

En gran medida la crisis que comienza a inicios de los ochentas se debió a la imposibilidad, por las razones que fueran, de crear un nuevo plan, ajustado a las nuevas circunstancias. Pero esa es ya otra etapa.  A noventa años lo que queda en saldo del Plan es esa capacidad para ofrecernos una nueva visión de la historia del país, para crear un proyecto ajustado a la misma, para deslindarse de las tentaciones aparentemente más fáciles y totalitarias, aunque todo parecía ir en contra de ello.  En suma, para sentar una guía fundamental con la que edificar una democracia.   Cuando se dice que Venezuela necesita un nuevo Plan de Barranquilla no es en el sentido de repetir, con la confianza de 1931, lo que se dijo entonces.  Sino de enfrentar a su realidad con el pensamiento flexible, creativo y valiente que hizo de aquel documento un hito trascendental.

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