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Receta de los gobiernos autoritarios: Fusil, Doctrina y Educación

Tomada de IStock

Tulio Ramírez

Los regímenes autoritarios o francamente tiránicos basados en una doctrina política, filosófica o religiosa de carácter fundamentalista, se sostienen en el tiempo sobre dos grandes pilares. Uno de ellos es la represión para anular cualquier tipo de disidencia. El otro es la ideología para justificar la necesidad del uso de la fuerza para aplastar a todo aquel que sea declarado enemigo del régimen.

El argumento siempre ha sido el mismo, la supremacía frente al otro que es diferente. La Roma imperial consideraba a los no romanos como bárbaros y como tales los trataba. No eran ciudadanos, por tanto, no tenían derechos pero sí todos las obligaciones. Podían ser esclavizados, sus mujeres abusadas y sus propiedades confiscadas. El uso de la fuerza militar era despiadada contra esos seres distintos, pero el derecho romano la legitimaba en aras de un supuesto orden natural de las cosas. Dura lex, sed lex.

Por otra parte, se justificó la matanza y esclavitud de los aborígenes americanos no solo por la posesión de un poder de aniquilación mayor, sino por un supremacismo racial que veía con naturalidad el maltrato. Los originarios de las tierras de este lado del mundo eran percibidos como seres carentes de razón o casi animales. Había que domesticarlos como se domestican las bestias, con premios y castigos. Los premios estaban ligados a la conversión religiosa. Al ser bautizados se les aseguraba el cielo y paz a su alma después de la muerte, como esclavos, claro.

La democracia más poderosa del mundo no ha estado exenta de estos supremacismos. Aparte de las ventajas económicas que potenciaron la esclavitud de los negros africanos en el sur de Estados Unidos, había una justificación por razones de raza que se incorporó al imaginario colectivo y que se naturalizó con la ayuda de la iglesia protestante.

Una iglesia que veía con buenos ojos la discriminación racial, inclusive dentro de su propio seno. Había iglesias para blancos y otra para negros. Si bien, hoy día se han superado muchas de estas antidemocráticas prácticas, quedan peligrosos vestigios que no han sido fáciles de eliminar.

El comunismo soviético no fue nada diferente. Llegó al poder por la vía de la fuerza y para mantenerse, desarrolló el aparato represivo más eficiente del mundo, en paralelo a una andanada propagandística que justificaba la persecución, arresto y muerte de los llamados “enemigos del pueblo”.

La nueva sociedad requería Hombres Nuevos, por lo que había que acabar con la rémora del pasado, bien exterminándola, bien “educándola”.  La ideología se tornó en el silenciador que no dejaba escuchar las detonaciones ni el portazo de las rejas de los calabozos y gulags.

La experiencia de la Alemania Nazi fue extremadamente desgarradora. Un régimen que se armó hasta los dientes con cañones y fusiles para someter a los judíos y a los pueblos “inferiores”, bajo el peregrino argumento de una supuesta superioridad racial de la estirpe aria.

Tanta crueldad solo podía justificarse a través de un aparato propagandístico que ancló en el cerebro de los alemanes la creencia de que era un pueblo predestinado a realizar grandes cosas. Entre ellas, purificar la sangre para apuntalar el nacimiento de una nueva generación de “hombres y mujeres perfectos” de la raza aria. La similitud con el ideal del “Hombre Nuevo” del comunismo soviético es pasmosa. La diferencia estriba en que en el comunismo lo nuevo no es la raza, sino los valores comunistas.

Otro tanto se puede decir de los autoritarismos confesionales. Convertir en un delito inexcusable el no profesar la religión de los fundamentalistas, se ha tornado en la excusa perfecta para someter a pueblos enteros a la dictadura de santones y ayatolas, capaces de masacrar a su propia gente para mantener un poder que se fundamente en la palabra de los antiguos profetas, interpretadas convenientemente por los vigilantes de la fe.

En estos países la democracia es un verdadero estorbo. Va en contra de la esencia controladora y antilibertaria de esos regímenes. Los enemigos son satanizados. Recae sobre ellos la culpa de todos los males de la sociedad, aun siendo generados por sus propios perseguidores. La respuesta “natural” debe ser la aniquilación de ese enemigo en “beneficio del pueblo, de la patria o de la fe”.

Así se construye la Tesis del Enemigo Interno, al cual hay que aplastar. Para convencer que esta es la respuesta adecuada y legítima, se usan tres mecanismos: 1) un cuerpo legal hecho a la medida; 2) un aparato de justicia comprometido con “el proceso”; y, 3) la educación escolar y social para convencer de la necesidad de esta “legítima persecución”.

Lo anterior explica por qué los gobiernos autoritarios invierten esfuerzo y dinero en montar un complejo aparato policial y de inteligencia para ser eficaz en la represión de la disidencia y, por otro, la inversión de mucho esfuerzo en controlar las instituciones educativas y los medios de comunicación. La idea no es formar ciudadanos sino convencer al colectivo de que la represión es un mecanismo necesario para defender “un modo de vida y un modelo de organización social y político” que encarna los intereses del pueblo, la raza o los fieles, dependiendo de cada caso.

A los regímenes con vocación autoritaria y con el plan de permanecer en el poder de manera indefinida, les resulta más dificultoso su actuación persecutoria mientras existan resquicios democráticos y el escrutinio de la comunidad internacional.  No pueden actuar libremente manu militari como se hace cuando se llega al poder a través de una revolución o un golpe de Estado.  Deben utilizar otros mecanismos para hacerse de las instituciones educativas autónomas o que están en manos privadas, así como de los medios de comunicación independientes.

 En esos casos, deben usar otros mecanismos de presión como el amedrentamiento, la compra obligada del medio, la asfixia presupuestaria, el bloqueo comercial, las sanciones impositivas, la violencia inducida, la creación de estructuras paralelas o el uso de artificios legales para lograr su control y colocarlas al servicio del proyecto político. Para estas instituciones no plegadas al poder, la rebeldía y la no sumisión siempre tendrán un elevado costo.

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