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La crisis de los espejos rotos. Contra los rumbos inevitables

Tomada del Eco de Sunchales

Danny Toro

Desde hace algunos años muchos politólogos y científicos sociales han analizado y vislumbrado la crisis de la democracia liberal como paradigma internacional del mundo libre; una simbiosis entre la aspiración igualitaria y de legitimación de la democracia, y los contrapesos institucionales y el Estado de derecho del pensamiento liberal. Sabemos que con la irrupción del populismo – indistintamente de las connotaciones ideológicas – las desigualdades sociales, los nichos informativos que generan los algoritmos de las redes sociales y los desafíos internacionales que representan eventos de gran envergadura como la pandemia del covid-19, han puesto en entredicho, y con enormes presiones, a las instituciones democráticas. Quizás el caso más paradigmático y controversial haya sido la presidencia de Donald Trump y la bochornosa, pero peligrosa, toma del Congreso de Estados Unidos. Como escribí hace unos meses era una crisis de los espejos rotos.

Y la metáfora de los espejos rotos no es menor en alusión a la democracia liberal; cuando cayó el muro de Berlín en 1989 y la guerra fría llegaba a su fin, justamente por el triunfo del mundo liberal y capitalista sobre el mundo socialista y comunista, la confianza en el porvenir de la democracia era tal, que algunos llegaron a sentenciar el fin de la historia, en la medida en que el mundo se enrumbaría inevitablemente a la democracia liberal. Con la desaparición del comunismo, ¿qué mas quedaba? Samuel Huntington describió muy bien todos esos procesos de transformación política hacia la democracia en su ya clásico La tercera Ola. El mundo del porvenir, que ya es nuestro futuro, no podía ser más libre y democrático.

Sin embargo no todo se encaminó así. Al desaparecer las diferencias ideológicas, en el plano geopolítico, comenzaron a aparecer con fuerza las diferencias culturales y los paradigmas identitarios que Samuel Huntington también analizó profundamente en El choque de las civilizaciones. Las desigualdades sociales y económicas, pese a la movida liberal de los 80s y 90s del siglo XX, hicieron girar a muchos países del mundo en desarrollo, como América Latina, hacia propuestas políticas socialistas, expansionistas, clientelares y francamente autoritarias, entre ellás quizás el caso más paradigmático sea el de Hugo Chávez, que prometió una revolución socialista cuando muchos creyeron que eso era cosa del pasado. Pero el pasado muchas veces vuelve, o, tal vez, casi nunca se va. Los índices de comportamiento democrático del mundo, como Freedom House, The Economist o V-dem Project, muestran evidentemente un aumento importante de los autoritarismos en el mundo actual. El espejo de la democracia comienza a resquebrajarse.

En los proyectos democráticos y supranacionales más importantes, está la Unión Europea, que hoy sigue siendo un ejemplo de unión supranacional incuestionable y un actor de promoción de la democracia liberal en el mundo, sin embargo, allí también los espejos comienzas a romperse. Los movimientos ultranacionalistas y de extrema derecha en países como Francia, Alemania y Austria, los acentuados procesos autocratizadores y de regresión de derechos civiles como Hungría y Polonia – esta última llegó a ser incluso uno de los grandes espejos de los procesos democratizadores de Europa del este con su movimiento Solidaridad- son muestra evidente de esto. En el caso de América, países como Venezuela, Nicaragua, y Bolivia, así como también Brasil y El Salvador, son nichos lamentablemente autoritarios en un hemisferio que se pensó que ya no lo sería. La no democratización de China – pues su democratización se pensó como resultado inevitable del capitalismo de Estado y cierta apertura comercial con las reformas de Deng Xiopin y que las administraciones de George W. Bush tuvieron en consideración –, el reciente golpe de Estado en Myanmar-que retrocede un proceso de transición extremadamente largo y complejo-, Tailandia, Camboya, Laos, son ejemplos de estos resquebrajamientos democráticos en el suroeste asiático.

El mundo islámico ni se diga, pues la frágil democracia tunecina, que fue la gran bandera de la primavera árabe, esta cada vez más cuestionada, y la desastrosa y lamentable toma del poder de los talibanes en Afganistán deja un agujero muy oscuro en Oriente Medio. Incluso la gran Sudáfrica de Nelson Mandela hoy ya ha dejado de ser el país de la reconciliación y los acuerdos.

Hay algunas cosas que aportar en la comprensión de estos fenómenos. Por una lado, las distancia entre las elites y la realidades. Más allá del componente ideológico, los partidos políticos, emblemas de la democracia moderna, son agentes de conexión entre la realidad y el poder. Son quienes vinculan las montañas del Estado con los valles de la sociedad, parafraseando a Maquiavelo. Por tal motivo son estructuras sociales que deben estar apegadas a la realidad y saberlas encauzar. El hecho de que aparezcan outsiders en la política de los países y que los partidos, el establishment, no puedan encauzarlos o traducir esos fenómenos bajo las instituciones democráticas, refleja estos distanciamientos sociales. El fenómenos de Chávez bajo la democracia representativa fue un ejemplo de ello.

Por otro lado las desigualdades sociales. Esas desigualdades no solo se reflejan en la distribución geográfica, entre zonas de personas adineradas y los círculos de pobreza, y los diversos matices que hay entre ellas, sino en la separación de mundos y realidades. Por más diferencias ideológicas y de perspectivas que existan en una sociedad, debe haber puntos de realidades comunes, vivencias compartidas y valores mutuos, si las desigualdades son muy altas y notorias, dichos espacios compartidos desaparecen, y sin esos espacios una democracia no sobrevive; buena parte de los procesos y las regresiones autoritarias en Sudáfrica se deben a esto. La época de reconciliación de Mandela no se pudo sostener, y el radicalismo se apoderó de ampliamente del Congreso Nacional Africano.

En esto no podemos olvidar tampoco los problemas estructurales de cada país, los desarrollos económicos y los desafíos culturales. Mantener una democracia liberal es mucho más difícil que instaurarla, porque generalmente los entusiasmos son pasajeros. Sin embargo hay un elemento adicional en esta ecuación que vale expresarlo; el surgimiento de China como una potencia mundial.

Antes del siglo XV China llegó a ser una nación poderosa y de grandes avances tecnológicos, pero no fue expansionista y luego que los europeos se lanzaron a colonizar el mundo, China se encerró – no por nada uno de los emblemas de ese país sea una muralla, pues muestra una práctica de ensimismamiento-. Luego Occidente se modernizó, avanzó, impactó en todo el mundo y también penetró hasta China. Y con Occidental se esparcieron por el mundo no solo esferas de poder, sino la separación de Iglesia y Estado que había traído la reforma a partir de 1517, el pensamiento liberal desde John Locke en el siglo XVII hasta Alexis de Tocqueville en el siglo XIX, y el paradigma de la democracia liberal en el siglo XX. Con el surgimiento de China muchas cosas se plantean de cara al futuro, incluso la defensa internacional de dichas tradiciones y logros occidentales. De la era moderna, todos las grandes potencias e imperios han sido occidentales, lo que los colocaba en un universo cultural y de valores ciertamente comunes, y la última gran división del mundo, la guerra fría, fue ganada justamente por una potencia occidental y sus aliados.

Que China se perfile como la gran potencia mundial de finales de este siglo y comienzos del próximo, pone más aún en aprietos a la democracia liberal que triunfó, aunque aparentemente, en 1989. El expansionismo chino es un hecho tangible en muchos países latinoamericanos y africanos, así como también en todo el suroeste asiático. Y China no es una democracia. Es un régimen autoritario al estilo dinástico de su tradición histórica. Y quizás el mayor y más actual ejemplo de estas movidas geopolíticas sea lo que está pasando en Afganistán. Mientras Estados Unidos y sus aliados se retiran – mostrando un fracaso enorme en los propósito que los llevaron y los mantuvieron allí por 20 años, así como en su capacidad de mantener áreas de influencia a su favor-, China reconoce a los talibanes y les ofrece una oportunidad comercial. Y este avance, es un algo muy común en estos años, cuando Occidente, en medio de sus crisis, retrocede.

Por lo tanto también la crisis de la democracia liberal tiene una dimensión geopolítica importante, pues ya Estados Unidos no es y dejará de ser poco a poco, el gran imperio mundial y entrarán en juegos otros modelos políticos y sociales que no siempre son compatibles con la tradición liberal de Occidente. Pensar la democracia también implica pensar en eso, pues en un mundo tan interconectado y globalizado las acciones de unos países repercuten en otros.

Por lo tanto estamos en medio de espejos que se rompen destruyendo realidades que creíamos alcanzadas y sostenibles por siempre. Son realidades muy distintas de las cuales por más de un siglo nos veíamos y compartíamos. Lo que demuestra, como Karl Popper, que en los asuntos humanos no hay destinos inevitables y que creer en ellos solo nos hace vernos en espejos que ya no muestran lo que hoy realmente somos.

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