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Luego del 21-N: Abstención y retos de la oposición 

Tomada e Expreso

Trino Márquez

@trinomarquezc 

Las elecciones regionales no entusiasmaron a una amplia franja de electores. El Consejo Nacional Electoral ubica en 58% la cifra de abstención. En numerosos mensajes por las redes y en medios de comunicación internacionales, se destacó que el gran ganador de la jornada no había sido el gobierno de Nicolás Maduro y el PSUV, sino la parálisis de los ciudadanos.

Se cometen dos errores en esa forma de evaluar los resultados de la jornada. Primero, ningún partido político o líder nacional hizo campaña abierta y sistemática llamando a la población a abstenerse. Hubo organizaciones y dirigentes que manifestaron su rechazo a la convocatoria por distintas razones, señalando que no votarían, pero nadie atacó o descalificó a las agrupaciones o ciudadanos resueltos a acudir a los centros de votación. Entonces, no puede hablarse de victoria cuando no existía una contienda explícita entre participación y abstención.

El otro error que aprecio reside en que el sector abstencionista es tratado por diversos comentaristas como si fuese un grupo homogéneo y el llamado a sufragar hubiese sido un fracaso. En realidad, el segmento constituido por los abstencionistas es muy disímil. Está integrado por varias capas: los abstencionistas crónicos, que jamás se han interesado por los comicios regionales; los abstencionistas escépticos de la oposición y del chavismo, decepcionados e incluso hastiados del sistema político, del gobierno y de la dirigencia; los abstencionistas militantes, esos que dicen ‘dictadura no sale con votos’; y, finalmente, los integrantes de la diáspora, a quienes no se les puede calificar de abstencionistas porque no pueden votar debido a que el ordenamiento jurídico no lo permite.

Al depurar el Registro Electoral Permanente, conformado por 21 millones de electores, y extraerle los casi cuatro millones de potenciales sufragantes que se han marchado del país, el REP verdadero se coloca en 17 millones. Esta tendría que ser la cifra sobre la cual calcular el porcentaje de abstención. Al realizar este cálculo, se aprecia que la abstención real se colocó en 50%, un poco más alta que el promedio histórico registrado en las elecciones regionales y locales desde 1989, 45%, año en el que se efectuaron los primeros comicios de ese tipo. Los datos indican que la desmovilización perjudicó al gobierno, que vio mermada de forma sensible la asistencia si se compara con las convocatorias anteriores.  La oposición también se vio sacudida, pero seguramente lo que más la afectó fue el elevado número de potenciales votantes que han emigrado durante los años recientes.

Estas cifras me parece importante resaltarlas porque los números globales de la abstención podrían inducir al error de considerar que la mayoría de los venezolanos se decepcionaron de los comicios y que para ellos carece de sentido acudir a las citas electorales.  Esta percepción podría acentuarse con el crudo informe de Isabel Santos y la Misión de Observación Europea, donde se señalan las fallas, abusos y arbitrariedades cometidas por el régimen antes y durante el proceso de votación.

La alta abstención entre los votantes opositores y el reporte de la MOE le plantea nuevas y más exigentes tareas a la dirigencia democrática. Tiene que encontrar la fórmula de conectarse con ese grupo de ciudadanos que se ha desentendido de la política y para el cual los asuntos públicos son marginales o insignificantes. Debe atraer a los escépticos que han huido de la política porque esta les parece un nido de ególatras ineptos ocupados en satisfacer sus necesidades personales o grupales, pero alejados de las necesidades y penurias de la gente. También está obligada a explicar por qué, a pesar de los desafueros del régimen, la ruta electoral hay que preservarla y fortalecerla como la única alternativa válida para salir de forma pacífica, democrática y constitucional del sistema político entronizado desde hace más de dos décadas.

Atraer la mayor parte del vasto campo conformado por los abstencionistas a la ruta electoral, resulta fundamental para propinarle una derrota categórica e inapelable al régimen en las elecciones por venir, de modo que quede claro ante la comunidad nacional e internacional que la alternativa democrática prevalece y que esos ciudadanos están dispuestos a participar en la reconstrucción nacional.

Otro desafío consiste en qué hacer para compactar una oposición tan fragmentada. Existe la facción de los ‘alacranes’ que es irrecuperable, pues su existencia se justifica solo por el interés del gobierno de atomizar la oposición. Con esa ala resulta casi imposible llegar a acuerdos unitarios. Pero, trazado un cordón sanitario a su alrededor, es indispensable propiciar el entendimiento con factores emergentes  como Fuerza Vecinal, o grupos con mayor trayectoria como los que giran en torno de Henry Falcón y con algunas organizaciones que forman parte de Alianza Democrática, con el propósito de llegar a pactos de convivencia pacífica y cooperación, que aumenten las probabilidades de impulsar los cambios que Venezuela necesita.

La compleja labor de recomposición del cuadro político, tomando en cuenta los factores fundamentales que intervienen en él, resulta crucial para salir de Maduro y su gente. El gobierno obtuvo la mayoría de las gobernaciones y alcaldías a pesar de representar menos de 25% del país. Lo mismo podría suceder en el futuro si los líderes opositores no actúan con la inteligencia que los retos demandan.

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