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La transición democrática, el dilema de las opciones

Tomada de Runrun.es

Alex Fergusson

Luego de más de veinte años de creciente consolidación de un régimen autoritario, y pese al proceso electoral que vivimos, la magnitud y complejidad de la crisis socio política y económica desatada parece estarnos llevando a un punto de duda: ¿queda todavía espacio para pensar en la posibilidad de un regreso a la democracia?

Para abordar el asunto, me parece necesario desandar un poco el camino que nos trajo hasta acá y remontarnos a lo ocurrido a partir del derrocamiento de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez en 1958.

En aquel momento, los líderes de los partidos políticos que denominamos democráticos, establecieron un pacto de gobernanza que excluyó a la izquierda marxista y al estamento militar de derecha, a pesar de que los primeros participaron muy activamente en la lucha contra la dictadura y en su derrocamiento.

Esta “democracia de pactos” comenzó su proceso de conformación con la aprobación de la nueva Constitución Nacional en 1961 y luego con el conocido “Pacto de Puntofijo”, el cual pretendía garantizar la alternabilidad en el poder de sus partidos fundantes.

No obstante, el ejercicio de la democracia estuvo marcado por una tensión permanente entre conflicto y consenso, debido al inevitable carácter competitivo entre quienes rivalizan por el poder, a pesar de las alianzas.

Como consecuencia de las exclusiones del pacto de gobernanza, durante la década de los 60 se produjeron numerosos intentos de golpes de Estado por parte de los militares y el inicio de la lucha armada y la guerrilla.

Con el tiempo, y en las tres décadas siguientes, 70’, 80’ y 90’, los conflictos políticos entre los partidos dominantes, condujeron a sucesivas divisiones que fragmentaron la representación política, debilitaron la legitimidad del liderazgo y comprometieron la estabilidad de la democracia.

Ocurrió entonces, la confirmación de que el espacio de lo político está lejos de ser el paraíso y que en él conviven otros tipos de actores, incluidos aquellos que se proponen acabar con el sistema y apuestan a su quiebre.

Tales actores, los tradicionales, son relativamente fáciles de identificar: un militar que empuña las armas para derrocar a un gobierno electo, o un grupo de civiles que toma las armas e instala una guerrilla. Pero hay otros, con los que no es tan fácil lidiar, que esconden sus verdaderas preferencias y simulan lealtad a los principios democráticos.

Durante los 90’, la democracia venezolana entró en crisis, y se abrieron las puertas al advenimiento del populismo autoritario. Se inició así el fin de la democracia pactada y a su sueño de sociedad.

En esta etapa, la fragmentación del liderazgo dio paso a un proceso de polarización política que hizo evidente el desapego de la mayoría a los valores democráticos y fundó la desconfianza en la política. Se debilitaron las identificaciones partidistas, aumentó la fragmentación del liderazgo y se propició el surgimiento de movimientos antisistema, los cuales comenzaron a ganar espacios en el terreno electoral.

Se conformó así, una dinámica autodestructiva que paralizó el sistema y permitió al populismo obtener el poder por la vía de las elecciones y luego ejercerlo de manera autoritaria, aunque en su propaganda y sus discursos ensalzaran sus valores intrínsecos.

Adicionalmente, en la medida en que el régimen autoritario se fortaleció, fueron apareciendo nuevos actores quienes, ante coyunturas críticas del sistema político, decidieron tomar posiciones no leales a la democracia, y dar apoyo al régimen autoritario.

Así llegamos a un momento político incierto e inestable en el cual la contingencia inherente a la política se ha exacerbado ante la esperanza de que se inicie un proceso de transformación liberalizadora.

Mientras tanto, la acumulación de problemas estructurales no resueltos ha ido minando la eficacia, y a corto o mediano plazo, la legitimidad del régimen; pero eso no es suficiente para que ocurra su caída. Solo cuando frente a la agudización de los problemas surja en la gente la percepción de que estos se volvieron insolubles, o cuando la insatisfacción se exprese con algo más que protestas anémicas y dispersas, podrían producirse cambios rápidos y masivos que abran caminos hacia una transición democrática.

En ese proceso, las opciones son variadas y complejas:

  1. El cambio político podría ser promovido por una élite del régimen que apueste a cierta apertura para garantizar su permanencia en el poder. Se trataría de un proceso unilateral en donde los actores democráticos no cuentan con recursos para ganar o influir en la agenda política, y por lo tanto son actores pasivos del cambio.
  2. Si el régimen está aferrado al poder y se niega a la apertura, el cambio podría darse por la vía de un acto de fuerza que lo desaloje, resultante de un quiebre interno en las Fuerzas Armadas. En este caso no hay garantías de que el sector militar que tome el poder, lo entregue y permita la transición a la democracia.
  3. Por último, el desarrollo de la crisis económica, social y política, combinado con el fortalecimiento de un liderazgo democrático eficiente, podría crear una condición en donde los actores políticos de ambos bandos entiendan que no cuentan con los recursos necesarios para vencer y se sientan obligados a restablecer los espacios de negociación que promuevan el cambio.

Así que, para continuar abriendo espacios a la transición, haría falta que el gobierno se sintiera debilitado por la pérdida de capital político que se evidenció en la elecciones del 21N, o por el temor que el Referéndum Revocatorio infunde, o por cambios para peor en la situación internacional, o bien porque los actores políticos democráticos aún vivos en el seno del pueblo opositor, pusieran de relieve su capacidad para comprender e interpretar el momento y comenzar a construir un liderazgo que genere confianza, como parece haber ocurrido en las gobernaciones y alcaldías que ganó y, a partir de allí, conducir a un proceso de liberación que ponga fin al autoritarismo y permita  la reinauguración de la democracia.

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