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El quiebre de la Venezuela democrática, de CAP I a Caldera II. Aquel viernes de 1983

Tomada desde La Plaza

Andrés Cañizález

@infocracia

Aunque se venía señalando, con bastante antelación, que el modelo económico era inviable, la decisión gubernamental el 18 de febrero de 1983 de devaluar el bolívar dejó al país sencillamente en shock. Era el último día laboral de la semana y pasó a ser conocido como el “viernes negro”. En las semanas y meses siguientes abundaron los análisis críticos de esta medida, junto a llamados a aprovechar la crisis para repensar el modelo fallido de redistribución de la renta petrolera.

El presidente copeyano Luis Herrera Campins (1979-1984) que tuvo razón al preguntarse, cuando asumió la presidencia comenzando 1979, ¿en dónde están los reales?, perdió la oportunidad histórica de que su gobierno efectivamente refundase las bases del modelo de desarrollo, como se había prometido, para hacer a Venezuela una nación menos dependiente de los vaivenes del mercado petrolero internacional.

La clase política venezolana, en su conjunto, optó por correr la arruga -como se dice coloquialmente- para evitar abordar los problemas neurálgicos que ya nos atravesaban como sociedad (pobreza, inequidad, agotamiento del modelo basado en la renta petrolera), y que si bien eran de naturaleza económica y social, en realidad desnudaban una pobreza política. Quienes dirigían el país no lo supieron reorientar y enrumbar por otro sendero como respuesta a la crisis que se vivía de forma aguda. Con el pasar de los años aquella crisis se haría crónica y terminaría por mellar al sistema basado en la conciliación de élites que se había instaurado como respuesta democrática en 1958.

Cuando se tomó la decisión de devaluar el bolívar, con las secuelas económicas, sociales y hasta simbólicas que aquello tuvo, el clima nacional, según reseñaba un editorial de la revista SIC del Centro Gumilla, apuntaba a la necesidad de crear un gobierno de emergencia nacional para los últimos meses del mandato de Herrera Campins y llevar adelante profundas reformas. Entre otras recomendaciones que se hacían, estaba la sugerencia de que el presidente se rodeara de un “grupo de notables”, de carácter independiente, para introducir reformas de fondo en el modelo.

Aquello, en caso de decidirse, habría sido una respuesta política mayúscula. No ocurrió. La clase política dominada ampliamente por el bipartidismo AD-Copei, optó por seguir el esquema tradicional, y no se quería alterar al país, más de lo que ya estaba con la devaluación, para mantener la dinámica electoral. En diciembre de ese 1983 se hicieron elecciones y resultó electo el adeco Jaime Lusinchi, jefe de Estado en el período 1984-1989. La clase política, más allá del discurso que denunciaba la crisis, seguía actuando como si nada ocurriese .

El gobierno de Herrera Campins, según el fallecido economista Domingo Méndez, “nadó en la abundancia” entre 1979 y 1981, aquello postergó cualquier reforma. Como lo había hecho antes Carlos Andrés Pérez en su primer gobierno (1974-1979), el presidente copeyano se dedicó a redistribuir la renta. El país estaba atado a los vaivenes internacionales. Aquella subida de los precios del crudo, que coincidió con el inicio del gobierno de Herrera Campins, era fruto de la revolución fundamentalista que había derrocado al Shah Reza Pahlaví, en Irán, y a la guerra que tuvo lugar entre los vecinos y potencias petroleras Irán e Iraq.

Estos dos hechos internacionales, según Méndez, “retrasaron la actual crisis de la economía venezolana, pero al final se ha impuesto la fuerza de los hechos”. Este experto consideraba que la conducción económica del país se había manejado con improvisación e irresponsabilidad y que las decisiones oficiales, a fin de cuentas, habían evitado “entrar a resolver los graves problemas estructurales que padece la economía venezolana”.

Por su parte, Miguel Ignacio Purroy, escribía mes y medio después del “viernes negro”. Al hacer un balance del manejo de la crisis por parte del gobierno en aquellas semanas, concluía: “la ineptitud del equipo gubernamental a todos los niveles está sumiendo al país en un proceso de profundo deterioro”. De forma reiterada, este autor, habla de torpeza e incoherencia en el tratamiento de la economía en aquel momento, que visto años después, terminó siendo un punto de inflexión en la Venezuela democrática.

Los años que siguieron a aquel viernes de 1983 estarán marcados por un ajuste económico que empobreció a la mayoría, sin que se refundase el modelo. Los gobernantes, y quienes aspiraban a serlo, seguían bajo un limitado marco de comprensión de la crisis. Desde la academia se produjo un libro icónico que desnudó los límites, debilidades y desviaciones del sistema democrático en su apuesta por redistribuir la renta petrolera.

En 1984 Moisés Naím y Ramón Piñango publicaron: “El caso Venezuela. Una ilusión de armonía”. Este libro reunía aportes de muy diversos autores. Aquellas páginas eran una cruda radiografía que, me temo, la clase política en aquellos 1980 no quería ver. Tampoco la sociedad venezolana quería asomarse a lo que era la dura realidad, el modelo se había agotado.

El Centro Gumilla, en tanto, ponía el acento en las consecuencias de la devaluación. Se preguntaba en marzo de 1983: “¿Quién pagará la crisis?” Cuestionaban los jesuitas que todo el foco se pusiera en los que “carecen de dólares” para seguir importando bienes y productos o contratando servicios desde el exterior, cuando en realidad la prioridad debía estar “en resolver los problemas de quienes nunca han tenido bolívares”. Se hacían eco, con esta última frase, de lo que había expresado el entonces diputado adeco Luis Raúl Matos Azócar, quien tendría posiciones importantes en la conducción económica del país a fines del siglo XX.

La discusión sobre la crisis no debía reducirse a la cotización del dólar. Sin embargo, allí se quedó y con ello Venezuela perdió una oportunidad para una reorientación de fondo en materia económica y social, dimensiones que terminarán por erosionar la confianza y la apuesta de los venezolanos por el modelo democrático de 1958.

Fuentes:

Centro Gumilla (1983) “¿Quién pagará la crisis?”.  En: SIC. Vol. 46. N° 453. pp. 99-100. Caracas: Fundación Centro Gumilla.

Méndez, Domingo (1983) “Las medidas cambiarias”.  En: SIC. Vol. 46. N° 453. pp. 101-103. Caracas: Fundación Centro Gumilla.

Purroy, Miguel Ignacio (1983) “El torpe hundimiento del bolívar.  En: SIC. Vol. 46. N° 454. pp. 161-163. Caracas: Fundación Centro Gumilla.

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