
Tomada de tonica.la
Tomás Straka 21.01.25
Sus seguidores lo han definido como “El retorno del Jedi”. La admiración que sienten por Donald Trump (en ocasiones, franco culto a la personalidad), con una cierta idea, en sus grupos más conservadores, de que el progresismo que se ha abierto espacio entre el Partido Demócrata es una “ideología del mal”, para algunos literalmente diabólica, ha dado pie para este tipo de imágenes. El tiempo dirá qué tan acertada, o no, es esta forma de ver las cosas, pero de momento las primeras declaraciones del Jedi recuerdan a otra entrega de la saga de Star Wars, la del imperio que contraataca. O en todo caso, el imperialismo, en términos generales. Después de promover la bandera del America Firts y de no meterse en más líos internacionales, el presidente electo ha sacudido al mundo con la idea de retomar el control, por la fuerza si fuere necesario, del Canal de Panamá, de comprar Groenlandia, de anexar Canadá y de cambiarle el nombre al Golfo de México. Si es el retorno de algo, parece ser el de los días del Destino Manifiesto, en los que Estados Unidos absorbió todo lo que tenía a su alrededor, comprándolos, invadiéndolos, o interviniendo de forma más o menos indirecta en ellos.
Es imposible saber qué tan lejos llegarán estas declaraciones, pero hay muchos motivos para tomarlas en serio. Primero, el aislacionismo estadounidense del siglo XIX e inicios del siglo XX (American First es un lema que viene de entonces), nunca se opuso al ingreso de Estados Unidos a la carrera imperialista. Al contrario, justo la preocupación por la seguridad y grandeza del país, motivó su expansión al oeste y, después, al mar Caribe y al océano Pacífico. Las compras de Luisiana, Florida y Alaska; la guerra con México, del que tomó la mitad de su territorio; la guerra con los nativoamericanos en las praderas, la guerra con España, a la que le arrebató lo que quedaba de su imperio en Asia y América; la anexión de Hawái y la construcción del Canal de Panamá, respondieron a ello. Segundo, Trump no es, ni de lejos, el único que en el mundo está retomando banderas del siglo XIX. De hecho, de todo el mundo vienen señales similares, y Estados Unidos más bien se está incorporando tarde a la ola. Es una prueba más de que muchas cosas que parecían dejadas atrás, no lo están tanto como se hubiera imaginado en la década de 1990.
Primero fue el final de la ola democratizadora. Esos años, muy felices para los demócratas y para Occidente, que fueron de la caída del Muro de Berlín, el fin del Apartheid, el triunfo de Violeta Chamorro y la democratización mexicana, al fin de siglo, no terminaron con una consolidación irreversible de la democracia. Al contrario, las reformas de libre mercado y la crisis del Estado de bienestar resultaron traumáticas para muchos, tanto en los países que habían sido comunistas como, aunque a otro nivel, en Occidente, sobre todo tras la crisis de 2008; las democracias no siempre cumplieron las expectativas creadas, los valores liberales hirieron susceptibilidades, muchos comenzaron a considerar que se estaba yendo muy lejos con los movimientos LGBTQ, que se socavaban las bases de la civilización con el desafío al cristianismo, bien por movimientos progresistas, o bien por la inmigración musulmana en Europa; que la globalización estaba acabando con las identidades nacionales, justo en medio de un renacimiento del nacionalismo, primero en el ex Bloque Soviético y, muy pronto, en Occidente. Quienes derribaron los gobiernos comunistas y acabaron con el Apartheid, no lo hicieron para renunciar a su identidad nacional, a su religión o a sus valores familiares. En muchos casos, lo hicieron precisamente para conservarlos. Por eso, cuando a ello se sumaron problemas económicos o escándalos de corrupción (tal vez nunca como los del pasado autoritario, pero ahora sí ventilados públicamente), para muchos fue fácil suspirar por el rescate de valores históricos que, de un modo u otro, aunque los medios y los académicos dieran otra impresión, seguían ahí, en grados distintos, pero ahí.
En esencia, era el mismo fenómeno visto en la década de 1930: molestos por los cambios, por el desorden de los debates políticos y de la familia, por los nuevos roles de género y del papel que se le daba a la nación, a la patria y a Dios, por la situación económica, la gente suspiró por alguien que pusiera orden y defendiera valores muy caros, que se sentían en peligro. A ello hay que sumar que en muchos países los movimientos cristianos, conservadores y nacionalistas de los años treinta no estaban desprestigiados en la memoria. Si el franquismo y el salazarismo sobrevivieron hasta los años setenta y aún hoy muchos los recuerdan, en Europa Central sus equivalentes fueron sustituidos por el nazismo y después el comunismo, y comparados frente a estos dos sistemas es difícil que algo quedé demasiado mal.
Pero ese era sólo el principio. Del inquietante 1930 parecemos haber saltado a 1890. Los movimientos conservadores entroncaron con otras cosas propias del conservadurismo tradicional, como el nacionalismo. La idea de una Patria grande y poderosa casi siempre termina mirando a aquellas partes “irredentas” de la misma. Así, por ejemplo, Viktor Orban le da la ciudadanía a la minoría húngara de Eslovaquia (parte del reino de Hungría hasta 1918) y Sebastian Kurz, dos veces canciller de Austria entre 2017 y 2021, llegó a considerar lo mismo con los germanoparlantes de Bolzano (parte de Austria hasta 1918). Que en los dos casos se trate de ciudadanos europeos, demuestra hasta qué punto las viejas tensiones étnicas y nacionalistas jalonan a la Unión Europea. No en vano estos movimientos conservadores son euroescépticos, que ven en la UE todo lo que temen: fin de la nación, de la familia, del cristianismo. Que, además, Eslovaquia y Bolzano estén ubicados en ese polvorín que fue Europa Central, nos indica, ponen aún peor la cosas. Son cuentas pendientes del colapsó el imperio austrohúngaro en 1918 o de cuando Hitler quiso reorganizar Europa a partir de 1933, con una capacidad insospechada de pervivencia.
Por encima de todos estos movimientos, como la síntesis de todos sus sueños, temores y aspiraciones, está la Rusia de Putin. En Rusia pasaron, magnificados en la escala del país más grande del mundo, todos estos fenómenos: los traumas de reformas democráticas y liberales, muy duras al principio; humillación por parte de otras potencias, resistencia a valores progresistas, por llamarlos de algún modo; romantización del pasado, nacionalismo, deseo de una Gran Rusia que recupere el brillo imperial de la URSS, aunque sin las taras del comunismo, ese Russkiy Mir, Mundo Ruso, que se sueña con reconstruir. Así comenzamos a ver movimientos imperiales de viejo estilo: intervenciones en el Cáucaso, la alianza con Bielorrusia y, finalmente, la guerra con Ucrania. No es que la idea de ámbitos de influencia por parte de una potencia hubiera desaparecido, aunque con el mundo bipolar de la Guerra Fría se desdibujó, comoquiera que todo el mundo estaba partido en dos grandes áreas; a lo que siguió el sueño unipolar cuando se derrumbó la Unión Soviética. Rusia ha hecho esfuerzos para volver a ser un gran jugador mundial, con algunos logros (en Siria, al menos hasta hace poco, o en África), pero de momento su principal objetivo es garantizar el Russkiy Mir ante el avance de Occidente, que ya, desde su perspectiva, ha absorbido una parte del mismo, como los países Bálticos y acaso Polonia. La línea roja que no iba a tolerar es Ucrania, y de allí la guerra estallada en 2022.
Pero no es sólo Europa. China está en una situación parecida con la, para ella, “provincia rebelde” de Taiwán. El xiísmo, impulsado por Xi Jinping,no se ha estudiado lo suficiente en Occidente, pero es también un deseo de recuperar valores históricos, entre ellos Confucio, así como de volver a ser el Celeste Imperio, que se consideró el centro del mundo. En este caso, además, se trata de la segunda economía del mundo, con aspiraciones planetarias mejor fundadas. Recep Erdogan también sueña con una resurrección del Imperio otomano. En los Estados Unidos, por su parte, hasta el momento el conservadurismo se había centrado en asuntos internos. Aunque hunde sus raíces en hombres como Joseph McCarthy, Barry Goldwater y, en una versión más al centro, Ronald Reagan, todos ellos cold warriors muy preocupados por lo exterior, el primer Donald Trump más bien hizo un llamado al aislacionismo, reviviendo su viejo lema de America First. Pero en su segundo mandato ese America First ya se está moviendo hacia su histórica implicación en lo referente a qué se entiende como América (para los estadounidenses America es Estados Unidos), cosa que para Trump, a juzgar por sus últimas declaraciones, incluye todo lo que sea necesario para su seguridad (Panamá y Groenlandia), cuando no toda Norteamérica, o al menos Canadá. El America First ya condujo a un I took Panama.
Viendo aquello en lo que resultaron el imperialismo de 1890 y las crisis de las democracias de 1930, el panorama es para preocuparse. Sobre todo porque en ese primer período no había, por ejemplo, armas nucleares. Si de verdad hay Jedis en este mundo, su principal tarea ha de ser la de evitar su hecatombe y seguir apostando a la libertad.
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