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Medio Oriente después de la guerra

Tomado de Euronews

José G Castrillo M (*) 10.04.26

El 28 de febrero pasado, Estados Unidos e Israel iniciaron un ataque masivo contra Irán, cuyos primeros resultados arrojaron la muerte del líder del país, el ayatolá Alí Jamenei, así como la de otros altos cargos políticos y militares, además de ofensivas contra centenares de infraestructuras militares y estratégicas.

Inmediatamente, Irán respondió lanzando andanadas de misiles y drones contra Israel, uno de los Estados agresores, así como contra Arabia Saudita, Catar, Emiratos Árabes Unidos y Kuwait, particularmente contra activos militares de Estados Unidos ubicados en esos países.

Irán, sabiendo que enfrenta simultáneamente a una potencia global, Estados Unidos, y a una potencia regional, Israel, ha aplicado dos estrategias. La primera ha sido hacerles gravosas y costosas a ambas naciones sus operaciones militares; la segunda, generar una crisis económica y energética global, al tornar peligroso el paso de buques por el estrecho de Ormuz, por donde transita el 20 % del petróleo y del gas mundial. El petróleo y el gas han aumentado hasta un 40 % sus precios.

Al interrumpir aproximadamente una quinta parte del suministro mundial de petróleo durante las últimas cinco semanas, el bloqueo iraní de esa vía marítima provocó una crisis energética y temores de una recesión global que la Casa Blanca no podía tolerar por mucho tiempo.

En este intercambio de salvas transcurrieron 40 días, sin que se vislumbrara una salida política que culminara en un acuerdo de paz aceptable para los actores involucrados. El presidente Donald Trump, desde el inicio de los ataques, ha cambiado sus objetivos y ha planteado amenazas y plazos al Gobierno de Irán para que se “rinda incondicionalmente”.

Irán ha dado la pelea y mantendrá su postura de resistencia estratégica, porque no tiene otra opción. Está luchando por su existencia como actor clave en la dinámica de poder de la región. Aunque sus capacidades para proyectar poder se verán mermadas al culminar los ataques, su geografía, a orillas del estrecho de Ormuz, seguirá siendo una de sus principales bazas políticas y estratégicas.

En algún momento, los ataques culminarán definitivamente. Estados Unidos cantará victoria e Israel se sentirá realizado, pues las operaciones conjuntas contra Irán degradaron, en gran medida, las capacidades militares y estratégicas de Teherán.

El 8 de abril, por mediación de Pakistán, se alcanzó un cese al fuego por dos semanas, unas horas antes del ultimátum que el presidente Trump dio a Irán para que abriera el estrecho de Ormuz. No hay mucho optimismo en cuanto a que, en este lapso, pueda alcanzarse un acuerdo de paz viable. Estados Unidos hizo una primera propuesta de paz a Teherán, de quince puntos, que prácticamente equivale a la rendición incondicional del país persa. Irán, por su parte, presentó una propuesta de diez puntos que Trump dijo que serviría de base para negociar un acuerdo, aunque, al examinarla, resulta contraria a los intereses y objetivos de Estados Unidos.

No sabemos si esta tregua o cese al fuego de dos semanas será suficiente para alcanzar un acuerdo aceptable para los actores involucrados. Todo proceso de negociación exige tiempo, garantías mutuas y concesiones recíprocas; por ello, la paz, si llega, no será el producto de una imposición unilateral, sino de un complejo equilibrio de fuerzas.

Se alcance o no un acuerdo de paz, el panorama estratégico de Medio Oriente ha cambiado profundamente. Israel emerge como el actor regional con mayor capacidad de influencia y proyección de poder en la región, en forma indiscutible. Estados Unidos reafirmó su capacidad de proyección de su fuerza en la región, con un alto costo en recursos y su liderazgo cuestionado por aliados cercanos y lejanos (Unión Europea).

Irán ha evidenciado voluntad de lucha y una resiliencia para reponerse a las circunstancias difíciles, mostrando firmeza para enfrentar el poder de fuego combinado de Estados Unidos e Israel, sin que su gobierno colapsara.

Las monarquías del Golfo (Arabia Saudí, Catar, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Omán), a pesar de contar en sus territorios con bases y fuerzas militares de Estados Unidos, sufrieron ataques directos de Irán (misiles y drones) que afectaron infraestructura estratégica y civil. Son, por tanto, vulnerables ante Irán. Deberán, en consecuencia, mejorar las relaciones con el país persa, manejando política y diplomáticamente sus diferencias.

China se posicionará como un actor clave para la estabilización de la región. En 2023 jugó un rol de mediador para que Arabia Saudí e Irán (adversarios estratégicos) retomaran sus relaciones diplomáticas. Seguramente Pekín tomó nota del exhorto de Trump a que otras potencias ayuden a gestionar el estrecho de Ormuz. China consume el 60% del petróleo iraní. Esta crisis puede ser una oportunidad para posicionarse como un actor indispensable.

Después de esta guerra, Oriente Medio no será igual: habrá cambios y nuevos realineamientos políticos, mucho miedo y deseos de paz, en medio de la diversidad y pluralidad de intereses que convergen en esta región del mundo.

(*) Politólogo / Magíster en Planificación del Desarrollo Global.

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