Guillermo Ramos Flamerich– 5 de febrero de 2016
Decía Hugo Chávez en su discurso de toma de posesión, el 2 de febrero de 1999, que en Venezuela había ocurrido en su historia reciente la teoría de las catástrofes: “Bien pudiera estudiarse como un caso y sacar experiencias de aquí, hermanos del continente, hermanos del mundo. Un ejemplo de lo que no debe ocurrir más nunca”.
Bien pudiera estudiarse su legado y las decisiones presentes de su heredero como la fórmula para arruinar a toda una nación que en 1998 pidió una transformación profunda a favor de la participación, la democracia y el bienestar y lo que ha vivido desde entonces es la exacerbación del odio, la confrontación y la violencia. Más allá de la catástrofe, estos años se han convertido en el triunfo de la muerte sobre la vida.
Y no existe acto de contrición, tampoco deseos de rectificar por parte de los poderosos.
La visión tan corta que poseen no los deja advertir lo mal que están quedando en la historia y esta no perdona. La nocividad que representan por el único anhelo de permanecer en el poder, ese poder que les permite no rendir cuentas ante tanto abuso. Una corrupción que no puede ser ocultada porque ha corrompido a todo el Estado y una ideología que se ha convertido en trampa y prisión no solo de un sistema fallido, sino de todo un pueblo que por la indolencia e irrespeto de sus gobernantes, hoy no consigue medicinas, ni alimentos, ni seguridad, ni la esperanza de creer en un futuro que nos pertenezca a todos, en el que seamos verdaderamente protagonistas.
Ya estamos hartos del discurso simplista, de la retahíla de consignas vacías ante el cascarón que hoy es la república. Al no asumir la diversidad de problemas que atravesamos, al no admitir las equivocaciones, la simple omisión se ha convertido en un acto criminal en contra millones de personas.
Mientras tanto, la Venezuela democrática, convertida en mayoría legisladora, tiene que demostrar estar a la altura del compromiso. Plasmar en leyes el país que es necesario construir y dar la batalla para hacerlo realidad a pesar de las innumerables trabas que el poder interponga. Entender que los derechos civiles siempre van a ser prioridad, discutir la problemática social y económica, visibilizar las dolencias de la cotidianidad, contemplar los rostros, escuchar los pensamientos y sentir las emociones de quienes sufren esta crisis. Es fundamental presentar los diagnósticos de tanta problemática pero con propuestas tangibles, fáciles de explicar y en las que nos reconozcamos. Trabajar por la salida pacífica, constitucional y democrática no solo de un gobernante, del sistema en pleno, de raíces podridas, demagógicas y autoritarias.
Hacer de la reconciliación y el perdón no solo una bandera, sino una forma de concebir la política, de vivir, de congeniar junto con la justicia y la no impunidad.
Todo esto va a pasar y Venezuela se convertirá en un gran país. No porque lo repita de manera enfermiza un gobierno en su propaganda, sino porque de tantas lecciones, ha llegado el momento de construir lo que merecemos ser como sociedad.
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