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Suicidios y salud mental: el desastre menos visible de la crisis venezolana

Alex Fergusson

Como si fueran pocos los efectos de la crisis económica, social y política que sufre Venezuela, ahora se ponen de relieve, las informaciones y datos sobre la salud mental en el país.

Hablamos no solo del problema de la pobreza de ingresos que afecta al 94% de la población y la pobreza extrema a 76%; la desnutrición infantil y la subalimentación en adultos, que sufre el 54% de la población; el aumento dramático de la mortalidad materna e infantil; la desatención de la salud por el deterioro alarmante del sistema sanitario y del acceso a los medicamentos del país y su particular impacto sobre las personas que padecen enfermedades crónicas como diabetes, insuficiencia renal, cáncer o VIH-SIDA.

Así que los venezolanos se enfrentan desde hace años a un contexto de escasez de todo lo importante, que compromete su condición de vida.

Entre el colapso de los centros de apoyo y la desestimación de síntomas, la salud mental del venezolano es uno de los elementos de la crisis más subestimado y casi invisibilizado por los medios y la opinión pública nacional e internacional, pese a que los especialistas han advertido acerca de su magnitud y trascendencia.

En términos de las causas del deterioro de la salud mental y física, hay que señalar que a los efectos de la crisis socioeconómica y política que se comenzó a acentuar desde el 2017, se sumó el confinamiento debido a la pandemia por covid-19, la sobrecarga laboral para quienes debieron asumir el mantenimiento de la economía del hogar, el abandono de empleo de las mujeres que son el soporte de 8 de cada 10 hogares, el cierre de las escuelas y universidades, las secuelas físicas de quienes fueron contagiados y el duelo de las familias por la pérdida de aquellos que no la superaron.

Así fue como la pandemia, mal manejada a fuerza de falsear datos y manipular políticamente la información, junto con la situación económica, social y política ya señalada, causó estragos en la vida de sus habitantes y una emergencia humanitaria compleja.

Luego vino la crisis migratoria que aún se mantiene, con el doloroso efecto de la desintegración de las familias, y el abandono de las personas mayores que no podían migrar.

En este contexto, era de esperarse una merma de las capacidades de todos para enfrentar situaciones particulares y las dificultades propias de una crisis permanente y de la percepción de precariedad en todos los sentidos, y que hoy nos sintamos agobiados por el estrés.

La primera evidencia del deterioro de la salud mental de los venezolanos fue el aumento de las consultas psicológicas (un 435% en los últimos 3 años), por depresión, ansiedad, ataques de pánico, estrés crónico, ataques de ira, trastornos de sueño y sensación de soledad, mayormente en mujeres y jóvenes, tal como informan instituciones especializadas.

También se ha reportado que el denominado “síndrome de Burnout” (estar quemado-consumido o agotado) parece afectar a un 30% de la población adulta y especialmente a los ancianos entre los cuales es frecuente la frase: “no gasten en mí, ya no quiero vivir más”.

Con relación a los mayores efectos sobre la mujer hay que decir que se deben a que todavía recaen sobre ellas las responsabilidades de cuidadoras del hogar, acrecentadas por el cierre de escuelas o la presencia de miembros de la familia que se enferman. También, que siguen en desventaja financiera debido a salarios más bajos, menos ahorros y un empleo menos seguro que sus homólogos masculinos, y para colmo, también tienen más probabilidades de ser víctimas de violencia doméstica, cuya prevalencia en Venezuela sigue aumentando hasta la fecha.

Ahora, un reciente informe revela que más del 60% de los profesores y estudiantes universitarios muestran tres o más signos de depresión, y que 3 de cada 10 profesores y la mitad de los estudiantes tienen síntomas de ansiedad persistente.

En medio de este cuadro ya bastante complejo, comenzaron a conocerse las estadísticas sobre suicidios.

El Observatorio Venezolano de Violencia (OVV), y la Organización Mundial de la Salud (OMS) por ejemplo, contabilizaron 94 suicidios solo durante el primer semestre del 2020; pero, además, ha habido 1.150 muertes por violencia autoinfligida.  Los estudios determinaron que más del 35% de ellas tuvieron causas relacionadas con la situación que atraviesa el país y estimaron, además, una tasa actual de entre 10 y 21 suicidios por cada 100 mil habitantes.

Si seguimos así, como lamentablemente se espera en vista de que la cifra está aumentando, pronto podríamos alcanzar la condición de ser el país con la tasa de suicidios más alta del mundo, y ya superamos a México, a Argentina y España que tienen valores entre 6 y 8 suicidios por 100 mil habitantes.

Por su parte, una plataforma comunicacional de periodismo narrativo (Historias que Laten), que realizó un especial llamado “Relatos Suicidas”, concluyó que desde el 2015 hasta el primer semestre de 2021, 9.630 personas se quitaron la vida en Venezuela y que solo en el 2020, unas 23.000 personas intentaron suicidarse. Estas cifras van en aumento.

Así que, como consecuencia de la crisis económica, social, política y ética que estamos padeciendo; la ausencia de políticas e infraestructuras de salud pública orientadas a proteger la salud mental; el difícil acceso a servicios de atención psicológica o psiquiátrica gratuitos o de bajo costo, Venezuela fue convertida en un entorno psicosocial especialmente hostil y difícil, que aumenta la probabilidad de sufrir problemas de salud física y psicológica.

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