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Tempo, Tiempo y Política

Tomada de El Tiempo

Tulio Ramírez

Los movimientos adelantados en política suelen jugarnos malas pasadas. Y si éstos, están impulsados por análisis ligeros y emocionales, el desastre es aún mayor. Se pierde la credibilidad ante un público que desea ver acciones conscientes, pensadas, factibles, con probabilidad de logro y apegadas a las circunstancias concretas. Esto no quiere decir que echarle cacumen a una decisión política antes de llevarla a cabo sea inmune al error, pero las probabilidades de poner la torta se reducen considerablemente.

Actuar impulsivamente puede dar la imagen de arrojo, temeridad y hasta de convicción, pero no necesariamente de inteligencia. Ahora bien, su opuesto, vale decir, actuar con excesiva prudencia, postergando la acción por la necesidad de obtener todas las certezas y seguridades, lo que supone largo tiempo de cavilaciones y consultas, puede traer como consecuencia acciones no oportunas, extemporáneas y desfasadas.

Ambas situaciones pecan por exceso. En la primera priva el exceso de confianza en los instintos, lo que desemboca en la arrogancia propia de quien se apoya más en las vísceras que en la razón. “Si el mundo no se comporta como yo quiero, el mundo está equivocado”, pareciera ser la consigna. En el otro extremo priva el exceso de prudencia, se obvia la dinámica propia de los acontecimientos, perdiéndose el sentido de oportunidad. “Aunque las nubes están cargadas y el mensaje de Dios fue claro, hay que esperar a que se concrete el diluvio, para comenzar a construir el Arca. No vaya a ser que perdamos el trabajo”.

Lo cierto es que en el juego de la política el “tempo” es muy importante. No me refiero al tiempo en términos literales, porque no se trata solo del correr de las horas y los días. La parsimonia en política supone atenerse a parámetros diferentes a los estipulados por el reloj, aunque éste siempre será una variable importante a incorporar en cualquier análisis o planificación de alguna acción política concreta.

En la escritura musical, el tempo se indica al principio de la partitura y puede estar escrito con un nombre o con un número. En el caso del número, esta medida se indica utilizando las siglas bpm, que viene de las palabras en inglés “beats per minute”, es decir “pulsaciones por minuto”. Mientras más alto el número, la velocidad es más rápida. Así la velocidad de la acción política supone determinar el tempo adecuado para llevarla a cabo.

¿Cómo determinarlo? La respuesta no resulta sencilla. Cada acción tiene su tempo adecuado y este no debe decidirse exclusivamente por la presión de los hechos. En no pocas oportunidades, la respuesta adecuada para responder a los acontecimientos  inmediatos es la que se lleva adelante muy a posteriori de los hechos. Otras veces, por el contrario, no hay que esperar a que los hechos se verifiquen para tomar las acciones adecuadas para contrarrestarlos.

Ejemplos hay en la Historia que confirman estas afirmaciones. Si Churchill hubiese respaldado, por excesiva prudencia, el “acuerdo de paz” firmado por el Primer Ministro inglés Chamberlain, y Hitler, una vez que este había invadido Francia y tomado para sí buena parte de Europa, Alemania seguramente se hubiese erigido en poco tiempo como el invencible Imperio del Tercer Reich.

Sin embargo, el llamado “Bulldog Inglés”, respondió como nadie se hubiera esperado: ordena destruir la flota francesa anclada en Mers el Kebir, para evitar que el gobierno provisional francés cediera todo su armamento a los alemanes, dando un giro radical al modo en que se había llevado la guerra hasta entonces.

Lo esperable para los críticos de Churchill era mantener el tratado para garantizar la paz con Alemania, toda vez que se veía todopoderosa, blindada para la guerra y con no pocos adeptos en los países invadidos.

La decisión de Churchill suponía, para algunos de sus detractores, llevar a la nación al suicidio. Sin embargo, la historia posterior y su propio testimonio corroboró que no fue una decisión voluntarista, sino diseñada desde la óptica de un ajedrez político que involucraría alianzas internacionales para contener y derrotar a Hitler. Privó entonces el pensamiento estratégico ante una acción que parecía haber sido más emocional que racional.

Estas reflexiones las traigo a colación a propósito de los sucesos que giraron alrededor del Referéndum Revocatorio y las posiciones adelantadas ante este evento.

Cuando se abrió la posibilidad de este proceso, muchos espontáneos se negaron de inmediato a convocarlo, toda vez que “era una estrategia de Maduro para consolidarse en el poder”, por tanto todo el que lo convocara o siquiera lo insinuara, “le estaba haciendo el juego al gobierno”.

Fue una respuesta automática desde la visión catastrófica de estar frente a un gobierno “todopoderoso e invencible en cualquier terreno electoral, por el control absoluto que tiene del Consejo Nacional Electoral y todos los poderes públicos”. Ante esa sentencia era cuanto menos una locura, un suicidio o un acto de traición, hacer tal solicitud. Tal diatriba dividió aún más lo ya fragmentado.

Finalmente, los hechos indicaron que se roció con más gasolina al fuego de la división, de manera totalmente innecesaria. La tesis de la supuesta traición y complicidad de los convocantes se fue por la borda, así como la tesis que sostenía que al gobierno “le convenía el RR para lavarse la cara antidemocrática”.

La impresentable decisión del CNE, haciendo materialmente imposible la solicitud al Referendo Revocatorio, lo que reveló es que el gobierno le tiene un enorme pánico a eventos electorales donde exista la posibilidad de que la oposición vaya unida, y el entusiasmo de la gente por ver una certera posibilidad de desalojarlos del poder, sea contagioso y masivo. El gobierno no quiso correr riesgos aun a sabiendas que había posiciones encontradas e irreconciliables entre los opositores sobre la participación en el referéndum, por lo que mermaría considerablemente la votación.

La lección es que en política las posiciones conservadoramente mineralizadas y las emocionalmente voluntaristas, siempre podrán inducir al error.

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