
Tomada de Unesco
Tulio Ramírez 21.05.26
Acaba de hacerse público el informe mundial sobre tendencias de la educación superior donde se analizan los esfuerzos de los países por lograr una educación inclusiva, equitativa y de calidad. El informe fue elaborado por el Instituto Internacional de la UNESCO para la Educación Superior en América Latina y el Caribe (IESALC), con base a datos suministrados por los gobiernos miembros de UNESCO durante 2023 y 2024.
El objetivo planteado es brindar a los líderes del mundo, citamos textualmente, “una herramienta práctica para orientar las políticas, fomentar el diálogo y apoyar sistemas de educación superior más inclusivos, equitativos, resilientes y preparados para el futuro” (p.3). Todo con miras a lograr los Objetivos del Desarrollo Sostenible, específicamente el número 4 referido al logro para 2030 de una educación inclusiva y de calidad para todos.
En el informe abundan datos interesantes sobre aspectos cruciales de la educación superior en el mundo. Se abordan temas como la inclusión, el financiamiento, la gobernanza, la incorporación de la IA, la calidad, el personal docente, la movilidad estudiantil y la atención a la población vulnerable, entre otros, no menos importantes. Sin embargo, en esta oportunidad nos limitaremos a analizar uno de los aspectos que, a nuestro juicio, ha ocupado un segundo plano dentro de las prioridades al momento de hacer diagnósticos educacionales, nos referimos al egreso de los nuevos profesionales. Su importancia radica en que ese indicador refleja el impacto en la sociedad de todo el esfuerzo por incluir a la mayor cantidad de jóvenes a la educación superior.
Lo primero que resalta este informe es el aumento mundial de la matrícula en la educación superior. Para 2024, 269 millones de estudiantes en el mundo, estaban incorporados formalmente a la educación universitaria en los niveles de pregrado y postgrado, incluyendo especializaciones, maestrías y doctorados. En comparación con el año 2000, cuando se contabilizaron 100 millones de estudiantes, para 2024 esa cifra se ha triplicado prácticamente.
Ahora bien, lo relevante es que este ritmo de crecimiento no se compadece con el ritmo de egreso. La brecha porcentual entre ingreso y egreso se agranda en el tiempo, siendo más amplia dependiendo del lugar del mundo. Pero antes de seguir adelante es importante dejar clara la metodología usada por los investigadores de la UNESCO para realizar estas mediciones en términos porcentuales.
Para la medición de la inclusión se toma como referencia el porcentaje de estudiantes matriculados en la educación superior con respecto al sector de la población con edad para ser estudiante universitario (18-24 años). De igual manera, cuando se refieren a los egresos, aluden al porcentaje de egresados universitarios con respecto al total del segmento poblacional ya descrito, y no con respecto a los inscritos en las instituciones de educación superior, como usualmente se lleva en las estadísticas de estas instituciones.
El informe señala que en 2023 los estudiantes de educación superior en el mundo, representaron 37% de la población en edad de asistir a programas de formación universitaria. Sin embargo, quienes se gradúan representaron apenas el 27% de la misma población teóricamente en edad para haber culminado su trayectoria universitaria en cualquiera de los niveles, sea de pregrado o postgrado.
Es importante acotar que esta brecha adquiere características diferentes según sea la región del mundo. Por ejemplo, en aquellas regiones donde la tasa bruta de matriculación promedio es particularmente alta, como es el caso de Europa Central y Oriental (67%) y América del Norte y Europa Occidental (65%), la tasa bruta de graduación resultó sustancialmente menor a la de inclusión (45% y 44% respectivamente). Este contraste resultó mayor en América Latina y el Caribe. En esta región, la tasa bruta de matriculación alcanzó 53% en 2023 y la tasa bruta de graduación fue apenas del 24%. Un 20% menos que en los países del primer mundo.
Se puede concluir que, las políticas de inclusión han propiciado una tasa de crecimiento sostenido de la matrícula universitaria (a pasos distintos y desiguales según la región), revelando un esfuerzo de los Estados por igualar las oportunidades en el ingreso. Sin embargo, la culminación y el egreso no ha ido al mismo ritmo, verificándose una profundización de esta brecha con variaciones significativas dependiendo de la región. Las cifras de América Latina y el Caribe son evidencia de ello.
Según el Observatorio de Universidades (OBU), en Venezuela, la tasa bruta de matrícula en educación superior para la población con edades entre 18 y 24 años está aproximadamente en 17% del total. Esta cifra nos informa que es una de las más bajas de la región, lo cual desdice de toda la retórica acerca de la inclusión en los estudios superiores como logro de la revolución. Estos datos son corroborados por los resultados de la encuesta ENCOVI-2025, presentados en abril de 2026.
Con respecto a los egresos, se estima que está por el orden del 30% del segmento poblacional, siendo muy significativa en el área de educación donde la tasa de egreso ha disminuido en 2025, en casi un 80% con respecto a 2008. En comparación con el resto de la región, son tasas muy bajas que no se pueden atribuir exclusivamente a la diáspora.
El gran reto para América Latina y el Caribe no se limita a garantizar la inclusión sino en brindar condiciones para la permanencia y culminación de los estudios, verdadero y eficiente indicador de impacto en la calidad de vida de la gente. Lograr aumentar las cifras de egresos, supone implementar políticas que vayan más allá de la inclusión. Se requieren mecanismos eficientes de equidad para igualar oportunidades después del ingreso, sobre todo dirigidas a poblaciones de estudiantes con pocos recursos económicos o con cualquier otro tipo de vulnerabilidad que los coloca en desventaja frente al resto.
La reducción presupuestaria ha evitado implementar políticas de equidad a los estudiantes más vulnerables. Becas estudiantiles con montos pírricos, desmantelamiento de las unidades de transporte estudiantil, la desaparición de residencias estudiantiles a bajo costo, el cierre o irregular servicio de comedor, la insuficiencia en la atención médico odontológica, la ausencia de mentoría y acompañamiento a estudiantes con déficits acumulado de formación por el precario bachillerato cursado, son algunos de los factores que atentan contra la trayectoria exitosa de los más vulnerables.
Las diferencias que se observan en las tasas de matriculación y graduación reflejan la existencia de barreras que impiden la progresión estudiantil y subrayan la necesidad de que los sistemas de educación superior apoyen a los alumnos no solo al momento del abordaje, sino también a lo largo del camino hacia la graduación.
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