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La arquitectura geopolítica que se vislumbra: ¿Un mundo multipolar o una tripolarización renovada?

Alex Fergusson 12.05.25

La guerra económica y política desatada por las acciones arancelarias de Trump contra casi todo el mundo, tiene implicaciones geopolíticas de alto nivel. Al respecto, si especulamos un poco, lo que se ve con más claridad es la posibilidad de una nueva configuración geopolítica bipolar o, en el mejor de los casos, tripolar, es decir, “una nueva repartición del mundo entre los tres poderes imperiales”, como señala Fernando Mires.

Veamos. Los expertos nos dicen que están emergiendo países y fuerzas “no alineadas” que pudieran competir con los polos existentes, tanto en el plano político como económico; me refiero a países como Brasil, India y Sudáfrica, hoy parte del grupo de los “BRICS”, y quizás otros, como Japón, Taiwán, Corea del Sur o Singapur.

Los demás países de Asia, África, América Latina y El Caribe, están aún muy lejos de ser potencias económicas con influencia política en las decisiones globales.

Europa, por su parte tiene tantos problemas internos que, pese a su potencial económico y su histórica prestancia política, ha devenido en una alianza débil, fragmentada y dependiente, como consecuencia de la dinámica establecida por los impactos de la llegada de Trump al poder, por la situación generada tras la guerra de Ucrania, por el despliegue de la potencia tecno-económica de China, por la negativa impronta de los gobiernos “progre” y por el grave problema de la inmigración que no controla.

Mientras tanto, lo que está a la vista, por un lado, es la preponderancia de dos países que no conocen la democracia, Rusia y China, y sus aliados en Occidente, Medio Oriente, y con lo peor de África y Asia; y por otro,  los Estados Unidos de Norteamérica, poderoso, pero librando una crítica batalla social y económica interna, y tratando de recuperar la hegemonía perdida, peleándose con el mundo entero.

De modo que si Europa no está en capacidad de actuar como “fiel de la balanza” en este proceso de transformación geopolítica; si el Medio Oriente sigue inserto en su “cultura milenaria de guerras tribales”, como África; si en la mayoría de los países asiáticos persiste la pobreza de las sociedades agrícolas feudales; y si América Latina y el Caribe no termina de desprenderse de su historia colonial, y entrar de verdad en la modernidad, ¿qué es lo que queda con influencia suficiente para modelar el futuro?

Nos queda la Rusia que se construyó en medio de una crisis social histórica, como una síntesis de tres modelos: el del Imperio de los zares y sus tradiciones monárquicas, el político-represivo, burocrático y socialista de la era stalinista,  y el del estímulo socioeconómico de la era post-stalinista, no democrático, pues ese concepto nunca ha estado en su imaginario social. Una sociedad con profundos desequilibrios internos, y con un pueblo que vive entre la añoranza de su pasado imperial, la resignada comodidad del stalinismo, y la urgencia de una repotenciación sobre nuevas bases.

Nos queda, además, la China que oculta detrás de su condición de indudable potencia tecno-económica, el lado más oscuro del totalitarismo que no tiene parangón entre las tiranías contemporáneas; que ha construido un sistema de control social y vigilancia masiva, bien descrito por Orwell en su novela 1984, que ha erosionado sistemáticamente las libertades individuales y convertido a los chinos en un pueblo de esclavos modernos.

También nos queda un país con serias dificultades sociales y económicas, ahora en manos de Donald Trump, cuyo propósito apunta a recuperar la hegemonía económica en el mundo, o al menos a situarse en la mejor posición posible, obteniendo alguna ventaja estratégica que les permita ocupar un asiento privilegiado en el concierto de la multipolaridad, la tripolaridad, la bipolaridad, o lo que sea que se avecina.

Ahora bien, como soy un optimista sin remedio, me empeño en ver señales esperanzadoras que pueden tener efectos importantes en el devenir del mundo; por ejemplo: veo muy probable una Latinoamérica futura, como potencia económicamente emergente, capaz de actuar como modelo en la región; y veo el pronto despertar de la Unión Europea, pues América la necesita.

Veo también, aunque con menor nivel de esperanza, el fin de la guerra en Ucrania y el apaciguamiento de las ansias, patológicamente expansionista de Putin, así como la ubicación de China en el lugar que debe ocupar en la dinámica tecno-económica del mundo.

Además, tengo esperanza en que los Estados Unidos aprenda su lección, que su pueblo despierte del ahora frustrado “sueño americano” y ponga los pies en la tierra.

Finalmente, lamento tener menos esperanzas en que los países del Medio Oriente moderen su fanatismo religioso, en que superen su cultura tribal, y en que la mayoría de los pueblos de África y Asia salgan del marasmo tribal e histórico-feudal en que se mantienen.

En este contexto, la guerra comercial, aunque es una apuesta muy arriesgada, dado el riesgo de recesión o estanflación, podría convertirse en el factor detonante y la palanca para poner en marcha un reequilibrio de la arquitectura mundial, que estaría fundada en varios bloques: Estados Unidos, por una parte, quizás con Rusia como acompañante, China y sus aliados en Asia, África e Iberoamérica por otra, y quizás los BRICS, pero liderados por la India, donde Europa quedaría marginada como potencia económica y política.

Ya veremos.

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