
Tomada de Contralínea
Alex Fergusson 29.07.25
Casi todos tenemos la percepción de que el mundo en que vivimos está sumido en la barbarie, azotado por la criminalidad en todas sus formas: robos, violaciones, asesinatos, tráfico de personas, drogas, guerras planificadas, corrupción administrativa, abusos de poder, terrorismo, etc.
Este nivel de criminalidad como fenómeno social de la humanidad, persiste como una de las preocupaciones más apremiantes a nivel global, en vista de su visible crecimiento. Lejos de ser un problema específico, sus causas son complejas y multifactoriales, se teje en una intrincada red de factores socioeconómicos, culturales, psicológicos, biológicos e incluso espirituales.
Comprender estas raíces profundas es crucial para desarrollar estrategias efectivas de prevención y abordaje, que vayan más allá de la simple represión y para buscar soluciones que ataquen el problema desde sus causas primarias.
En primer lugar, con base en la idealización del “dinero” como indicador del “éxito social y personal”, los factores socioeconómicos emergen como pilares fundamentales en la explicación de la criminalidad.
La pobreza y la desigualdad económica son, sin duda, catalizadores potentes. En sociedades donde una gran parte de la población carece de oportunidades laborales dignas, acceso a educación de calidad y servicios básicos, el camino hacia actividades ilícitas puede presentarse como una vía desesperada para la supervivencia o la mejora de las condiciones de vida.
La frustración y el resentimiento generados por la exclusión social y la marginalidad, pueden alimentar un ambiente propicio para el delito, especialmente en contextos donde la brecha entre ricos y pobres es abismal, como está ocurriendo en el mundo.
A esto se suma una dinámica económica que lleva implícito el desempleo estructural, que mantiene a grandes contingentes de jóvenes sin perspectivas, haciéndolos vulnerables a la captación por parte de organizaciones criminales que ofrecen una ilusoria sensación de pertenencia y poder.
En segundo lugar, el tejido social y cultural juega un papel igualmente significativo. La desintegración familiar, la falta de cohesión comunitaria y la erosión de los valores morales y éticos tradicionales pueden debilitar los mecanismos de control social informales que históricamente han disuadido el comportamiento delictivo.
La exposición a la violencia en el hogar o en el entorno, cada vez más frecuente, la ausencia de figuras parentales, especialmente paternas, y la normalización de conductas transgresoras en ciertos subgrupos sociales pueden moldear patrones de comportamiento que desembocan en la criminalidad.
Asimismo, la influencia de los medios de comunicación y la cultura popular, particularmente las denominadas redes sociales, si bien no son una causa directa, pueden glorificar la violencia o presentarla de manera banal, contribuyendo a una desensibilización que, en individuos vulnerables, puede disminuir la percepción del riesgo y la gravedad de los actos criminales.
Además de los aspectos socioeconómicos y culturales, no se pueden ignorar los factores individuales y psicológicos. Si bien no todas las personas expuestas a condiciones adversas se involucran en el crimen, ciertas predisposiciones psicológicas, como trastornos de la personalidad (antisocial, narcisista), impulsividad, baja tolerancia a la frustración y déficits en el control emocional, fomentadas todas durante la crianza, pueden aumentar la vulnerabilidad de un individuo a cometer delitos.
El abuso de sustancias, que a menudo está vinculado a esos trastornos subyacentes, también actúa como un potente factor desinhibidor, alterando el juicio y empujando a los individuos a acciones que de otra manera no considerarían.
También es crucial considerar el papel de las políticas públicas y las instituciones. La debilidad del Estado de derecho, la corrupción en las fuerzas del orden y del sistema judicial, la impunidad y la falta de inversión en programas de prevención y rehabilitación son factores que retroalimentan el ciclo de la criminalidad. Un sistema penal ineficaz que no garantiza la justicia o que no ofrece oportunidades reales de reinserción social puede perpetuar el ciclo de delincuencia.
La falta de acceso a la justicia y la percepción de injusticia sistémica pueden erosionar la confianza en las instituciones y empujar a los individuos hacia caminos alternativos.
Finalmente, una perspectiva menos explorada es la debilidad espiritual como factor subyacente en la criminalidad.
Lejos de referirse exclusivamente a la ausencia de una práctica religiosa formal, la «debilidad espiritual» en este contexto alude a la carencia de un marco de valores éticos y códigos de conducta que promueven la empatía, la honestidad, la justicia y el respeto por la vida y la dignidad del prójimo, un propósito trascendente en la vida, un sentido de conexión con algo más grande que uno mismo y la capacidad de discernir entre el bien y el mal. Esta carencia puede actuar como un caldo de cultivo para la conducta delictiva, al despojar al individuo de los anclajes morales internos que son los verdaderos diques de contención contra el impulso transgresor.
Cuando estos valores se desdibujan o son ignorados, el individuo se encuentra en un vacío moral, base de la cultura y las leyes.
Sin un marco interno que distinga lo correcto de lo incorrecto, las decisiones se toman puramente en función del interés personal, el placer inmediato o la gratificación egoísta, sin considerar las consecuencias y sin una voz interna fuerte que objete moralmente.
Adicionalmente, la debilidad espiritual se relaciona intrínsecamente con la dificultad para manejar el sufrimiento, la frustración y la adversidad. Las personas con fortaleza espiritual, suelen desarrollar una mayor resiliencia y tienen herramientas internas para procesar las dificultades de la vida sin recurrir a la violencia o el engaño.
En conclusión, la criminalidad global y la barbarie instalada son síntomas de problemas más profundos en nuestras sociedades, y no hay una única causa que la explique, sino una compleja interacción de factores, tal como señalaron Adorno y Horkheimer en su “Dialéctica de la Ilustración” (1944), y luego, Orwell con su novela de ciencia ficción “1984” (1949).
Así que, solo a través de un compromiso integral y sostenido para abordar estas múltiples dimensiones, podremos aspirar a construir sociedades más seguras, equitativas y justas, donde la criminalidad deje de ser una sombra constante que amenace la capacidad de permanencia y evolución humana en este planeta.
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