
Ángel Oropeza 16.09.25
Sobre la política existen dos acepciones básicas que, aunque relacionadas, indican dimensiones diferentes de la vida social. La primera hace referencia a ella como el arte y ciencia de gobernar y manejar las relaciones de poder. La segunda la presenta como una virtud, y como las más noble de las actividades humanas. Veamos brevemente en qué consiste cada una de estas dos acepciones y su importancia, para ayudar a entender su impacto y consecuencias concretas.
La concepción de política como manejo de las relaciones de poder es la más común y conocida. Ella se relaciona principalmente con el gobierno (bien sea de un Estado, una comunidad o una sociedad), la organización del poder (quién lo ejerce, cómo se distribuye, cómo se toman las decisiones colectivas), la administración de lo público (la gestión de los asuntos colectivos, como salud, educación, seguridad, defensa, etc.) y finalmente la lucha por el poder (la competencia entre individuos, grupos o partidos para acceder a cargos de gobierno e influir en las decisiones).
El énfasis de esta definición de política se centra en conceptos tales como “poder”, “Estado” y “gobierno”. Es por ello que los protagonistas de la política, según esta visión, son los políticos, los partidos y los gobernantes. Es una acepción que tiene su origen formal en los escritos de Nicolás Maquiavelo, para quien la política es, en esencia, la lucha por alcanzar el poder y conservarlo.
Pero esta concepción de lo que es la política, a pesar de ser la más extendida, no es ciertamente la única. Existe también una acepción más amplia y filosófica, que se centra en las personas y en su conducta. Para esta visión, la política tiene un triple sentido: en primer lugar, es la forma en la que una comunidad se organiza para convivir; además, es el espacio público donde los ciudadanos, libres e iguales, deliberan y deciden sobre sus asuntos comunes mediante el diálogo y la persuasión, y, finalmente, es la actividad que permite a los seres humanos realizar su naturaleza social y lograr fines que no podrían alcanzar individualmente. Es por ello que para la tradición filosófica griega, especialmente a partir de Aristóteles, la política no sólo es la máxima virtud sino la más noble de las actividades humanas, porque permite al ser humano realizar su naturaleza social y moral de la manera más plena y noble, buscando el bien común por encima del interés individual. Esta es la tradición que siglos más tarde defienden autores como Hannah Arendt, para quien la política se inventó porque teníamos que vivir juntos siendo distintos, idea que desarrolla en su obra cuando afirma: «La política trata de la convivencia y asociación de los diferentes» (“¿Qué es la política?”, 1997).
Esta concepción no reduce la política a la actividad de los partidos y gobiernos o a la lucha por el poder. Para ella, la política es la actividad más elevada porque organiza todas las demás y les da un fin superior, que es el bien común, pero además porque el ser humano sólo puede desarrollarse plenamente como persona cuando convive y participa en una comunidad, lo que significa salir de sí mismo y encontrarse con el otro, es decir, cuando hace política. De hecho, para Aristóteles y otros representantes de esta acepción de política, la persona aislada o fuera de la “polis” es una persona incompleta. Esto es así porque sólo en la “polis” (que no es un concepto geográfico o territorial, sino el espacio donde las personas se asocian para vivir y desarrollar las condiciones para que todos alcancen el bienestar y la felicidad), es donde el ser humano logra alcanzar su potencial de realización, esto es, ser verdaderamente persona.
Esta concepción de política es la que también defiende la Doctrina Social de la Iglesia. Desde las enseñanzas del papa Pablo VI, para quien “la política es la más alta forma de caridad social” (1963) hasta las del papa Francisco (“La política es una de las formas más altas de la caridad cristiana, porque sirve al bien común”, 2019), pasando por numerosas encíclicas y documentos magisteriales, la Iglesia ha insistido en que la política, orientada al bien común, es una de las maneras más exigentes, completas y eficaces de servir a los demás y de construir una sociedad más justa y humana. Por ello el objetivo de la política no es la adquisición de riqueza o de poder, sino la “eudaimonia” (la felicidad) que, para ser verdadera, tiene que ser para todos.
Así como la definición primera de política como arte de gobernar pone su acento en los conceptos de poder y de gobierno, y sus actores principales son los gobernantes, los políticos y los partidos, esta acepción amplia de política hace énfasis en los conceptos de “comunidad”, “libertad”, “diálogo” y “bien común”, y sus protagonistas son los ciudadanos, organizados en lo que se denomina una “comunidad política”. Esta última, en palabras del recordado profesor Andrés Stambouli, es una relación según la cual “las partes diferenciadas se reconocen recíprocamente como co-miembros de la asociación y comparten algunos valores, metas y actitudes, cultivando la persuasión, la tolerancia y el diálogo para resolver sus desencuentros, como método preferido a la represión o destrucción del adversario” (“La política extraviada: una historia de Medina a Chávez”, 2002).
En la práctica, ambas dimensiones están entrelazadas: el «arte de gobernar» (1ª acepción) debería estar al servicio de la «buena vida en comunidad» (2ª acepción). Pero lamentablemente ello no siempre es así. Uno de los retos más urgentes que tenemos en Venezuela es el rescate de la política en su doble acepción, lo que implica rescatar su hoy debilitado carácter de virtud y noble práctica orientada al bien común y a la felicidad colectiva.
En esta tarea, los ciudadanos organizados tenemos una función primordial, que es precisamente mantener y presagiar con nuestras actitudes y conductas concretas la vigencia de la política como convivencia entre distintos y como vía para la realización plena de todos. Para ello, es necesario mantener viva la esperanza de que la segunda y necesaria acepción de política, finalmente renazca y se imponga, practicando en los espacios sociales de convivencia – la familia, el trabajo, la escuela, la comunidad, las organizaciones – las virtudes de tolerancia, respeto y diálogo que son su base espiritual y social de sustento. Se trata, en pocas palabras, de seguir construyendo la viabilidad de la convivencia política desde abajo, prefigurando con conductas concretas el tipo de relaciones que se quieren para el país.
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