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El reconocimiento del Estado palestino: consideraciones estratégicas

Tomada de El Mundo

José G. Castrillo M (*) 03.10.25

La decisión de diez países (Inglaterra, Francia, Canadá, Australia, Portugal, Luxemburgo, Malta, Mónaco, Andorra y Bélgica) de reconocer oficialmente al Estado palestino no puede entenderse de manera aislada, sino como una respuesta directa al impacto devastador de la política de tierra arrasada que Israel ha llevado a cabo en la Franja de Gaza, luego del ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023 que dejó 1.200 muertos, más de 3.400 heridos y 247 secuestrados.
Hoy Gaza es sinónimo de devastación. Barrios enteros reducidos a escombros, hospitales destruidos, escuelas bombardeadas, campos de refugiados arrasados. Más de un millón de desplazados internos sobreviven en condiciones infrahumanas, mientras la infraestructura básica —agua, electricidad, servicios médicos— colapsó. Más de 65.000 muertos y 120.000 heridos y la extensión del hambre que afecta en especial a niños.
La crudeza de las imágenes provenientes de la Franja de Gaza, amplificadas por redes sociales y medios globales, ha erosionado la legitimidad de Israel incluso entre antiguos aliados. Las protestas en capitales europeas y latinoamericanas, los debates en la ONU y la creciente presión de organizaciones de derechos humanos han creado un clima en el que el silencio y la indiferencia ya no resultan sostenibles.
Es en este contexto que debe leerse la decisión de estas naciones de reconocer al Estado palestino. No es un gesto simbólico, sino un acto político con profundas implicaciones. Supone, en primer lugar, un rechazo explícito a la narrativa israelí que busca reducir el conflicto a una mera lucha contra el terrorismo. Al reconocer a Palestina, estos países reafirman que lo que está en juego es el derecho de un pueblo a existir y a decidir sobre su futuro.
En segundo lugar, el reconocimiento es una manera de desafiar el doble rasero internacional, que durante décadas ha mostrado una tolerancia cómplice hacia la ocupación y colonización israelí de territorios palestinos. Reconocer a Palestina es, por tanto, un llamado a la coherencia en la aplicación del derecho internacional.
El populismo diplomático de Israel —amparado en la idea de ser “la única democracia de Medio Oriente” y víctima perpetua de la hostilidad vecina— comienza a perder fuerza frente a la evidencia de que la ocupación prolongada y el bloqueo constituyen formas sistemáticas de apartheid y de negación de derechos. Cada bomba sobre Gaza erosiona la credibilidad de Israel como actor democrático y multiplica el apoyo internacional a la causa palestina.
La decisión de estos países también refleja un reacomodo geopolítico más amplio. El Sur Global ha encontrado en Palestina un símbolo de resistencia frente a la hegemonía selectiva de las potencias occidentales. Reconocer a Palestina no solo es un acto de solidaridad, sino también una forma de afirmar autonomía política y desafiar el monopolio narrativo de Washington.
Sin embargo, el reconocimiento, aunque significativo, no resuelve por sí mismo el conflicto. Palestina sigue siendo un Estado sin soberanía efectiva, fragmentado territorialmente entre Cisjordania y Gaza, y sometido a un control militar constante. La verdadera pregunta es si este reconocimiento se traducirá en presiones concretas: sanciones a Israel, boicots comerciales, restricciones diplomáticas, o si quedará en el terreno de la declaración política.
Lo que está en juego trasciende el destino de Palestina. La política de tierra arrasada de Israel pone en entredicho los cimientos del sistema internacional basado en normas. Si se permite que un Estado devaste poblaciones civiles con la justificación de la seguridad, ¿qué queda del derecho humanitario? ¿Qué sentido tiene la ONU si sus resoluciones pueden ser ignoradas con impunidad?
La decisión de reconocer a Palestina es, por tanto, un primer paso en la redefinición del tablero internacional. Representa una advertencia a Israel: el costo político y moral de su estrategia está aumentando. Además, constituye también un recordatorio de que el derecho de los pueblos a la autodeterminación no puede ser indefinidamente aplazado.
Gaza es hoy el espejo más brutal de nuestra era: muestra el límite de la diplomacia, la complicidad de las potencias y la fragilidad del derecho internacional. Pero también evidencia la capacidad de la comunidad internacional para reaccionar frente al horror.
El reconocimiento de Palestina, aunque tardío y todavía insuficiente, abre la posibilidad de un nuevo rumbo: uno en el que la justicia prevalezca sobre la fuerza, y la dignidad de un pueblo no siga sepultada bajo los escombros de la guerra. Más de 150 naciones reconocen a Palestina como Estado, pero el veto de Estados Unidos ha sido un obstáculo insalvable hasta ahora para que la ONU formalice ese reconocimiento.

(*) Politólogo/Magíster en Planificación del Desarrollo Global.

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