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La oda a la libertad de Isaiah Berlin frente al retorno de las autocracias: de la libertad al legalismo autoritario

Andrea Povarchik Percoco 16.10.25

Un poco de contexto

Oriundo de Riga, Letonia, Isaiah Berlin[1], nace en el año 1909, como hijo único de una familia judeo- rusa de comerciantes acomodados. Conocido universalmente como un pensador post guerra, Sir Berlin fue testigo, como infante, de los horrores de la Revolución de 1917, experiencia que sembró la semilla de lo que, eventualmente,  se convertirá en el eje transversal de la totalidad de su producción intelectual: la crítica acérrima a los sistemas totalitarios y antiliberales.

Filósofo e historiador de las ideas, este pensador del siglo XX dedicó su vida a la defensa de la libertad y a enaltecer la importancia del individuo, a través de múltiples publicaciones mordaces -pero no por eso carentes de un humor anglosajón que le caracterizaba- que se extienden a distintas esferas del pensamiento, tales como la filosofía política, la teoría política, el estudio de la moral, la historia y demás, construyendo, así, un corpus de ideas variado pero vertebrado por lo liberal, como respuesta intelectual a los traumas personales y a vivencias de conocidos bajo el régimen totalitario de la Unión Soviética, así como al ambiente académico en Oxford, institución que le acogió desde joven y en la que desarrolló gran parte de su producción intelectual.

Una oda a la libertad: Cuatro ensayos sobre la libertad

Cuatro ensayos sobre la libertad, la obra magistral y universalmente reconocida de Sir Berlin, es una recopilación de cuatro de sus autorías en cuanto al concepto nuclear de su pensamiento: la libertad. Versando sobre distintos elementos de aquella, el autor busca exponer, en primer lugar, las vicisitudes que ha aventurado esta idea bajo el marco de las luchas ideológicas del siglo XX; en segundo lugar, apunta a señalar el significado que le otorgan a la libertad dentro de diversos campos de estudio como la historia y la sociología, las cuales examinan sus presupuestos y métodos; en tercer lugar, el autor analiza la importancia que presentan los dos conceptos de libertad: la libertad positiva y la libertad negativa, dentro de la historia de las ideas; y por último, Sir Berlin indaga en la vida y obra del pensador Johan Stuart Mill, así como en la trascendencia de sus ideas, en tanto que defensor devoto del ideal de la libertad. (Berlin, 1969. p, 9)

Así, Sir Berlin consigue desmarcarse de otros pensadores al enfocar su pensamiento en cuatro (04) puntos elementales: a) su crítica al determinismo y su importancia en las ideas históricas; b) la posibilidad de distinguir en el ámbito de la teoría política entre la libertad positiva y la libertad negativa (punto en el que indagaremos más adelante) y la sucinta importancia para con la diferencia entre libertad y sus condiciones; c) la cuestión de la valoración de poseer una libertad u otra, y d) sobre el monismo de los fines humanos. (Berlin, 1969. p,11)

Sobre la responsabilidad individual y la libertad: el gran anhelo de Isaiah

            Con base en su crítica al determinismo histórico, una corriente de pensamiento que se encontraba en auge durante los años de formación del intelecto berliano, el autor señala que, si bien para la mayoría de los adeptos al “auto determinismo” se finiquita el problema del libre albedrío, este es, simplemente, una variación de la tesis determinista original, la cual, a grosso modo, indica la eliminación de idea de la responsabilidad individual sobre lo que acontece. (Berlin, 1969. p, 19-20) 

Así, la tesis de Sir Berlin (1969) supone que la historia trata de los motivos e intenciones humanas, dado que todo estudio que circunde tópicos sobre el hombre ha de verse obligado a considerar sus motivos, propósitos y decisiones, ya que son éstas las que moldean su conducta, de modo que reducir la conducta del ser humano a la actividad de las fuerzas impersonales, implica desviarse de un elemento neurálgico: el hombre, como responsable de sus acciones y los acontecimientos. (p.69-70)          

A lo largo de estas líneas se ha mencionado el carácter abiertamente liberal del pensamiento de Berlin, dado el original acento que sitúa sobre el hombre, sus acciones para con el estudio del pasado y su notable necesidad de asumir una actitud de responsabilidad sobre los hechos y su estudio. Indaguemos brevemente sobre qué entiende el autor por libertad y cuál es su incidencia.

            De acuerdo con Berlin (1969), la libertad agrupa “la ausencia de obstáculos que impidan posibles decisiones y actividades, la ausencia de obstrucciones en los caminos por los que un hombre puede decidir andar”, de modo que esta concepción no señala si el hombre desea andar, o hasta dónde quiere llegar, sino de cuántas posibilidades tiene para hacerlo y en qué medida; véase, pues, que la libertad en este sentido apunta a la ausencia de obstáculos que impiden decisiones reales, así como también a la falta de éstos en un futuro. (p.84-85)

            Ahora bien, si en su sentido fundamental la libertad es el estar libre de trabas y estorbos por parte de otros, por transitividad, se entenderá que la teoría del determinismo se demuestra como su perfecto antagónico, dado que esta enmarca una serie de obstáculos que no le permiten al individuo tomar decisiones, bajo la premisa de la previa disposición de sus acciones. De esta manera, se menosprecia al individuo hasta el punto de buscar diseñar sociedades en las que éste no posea ningún grado de libertad real, las cuales sostienen una visión utilitaria del hombre, en la que funge como medio para alcanzar un fin, y no un fin en sí mismo en conjunto con su libertad. (Berlin, 1969. p. 201-202)

Con base en lo anterior, se fomentan desastres sociales, políticos y morales, los cuales, paradójicamente, generan, a su vez, una falsa sensación de seguridad en los individuos, quienes perciben los acontecimientos como algo poco evitable, producto de fuerzas mayores en las que no tienen injerencia, dado que esto, en conjunto con la libertad, implica necesariamente un grado de responsabilidad. Para muchos, esta visión determinista y utilitaria es causa de alivio, al aminorar la presión inherente a la libertad y la responsabilidad, exacerba el sosiego de los pocos impetuosos y aletarga aún más -si eso es posible- el producto del locus de control externo, bajo un marco político global en el que lo que nos ocurre parece ser siempre “culpa de la vaca”.

Dos conceptos de libertad

            Conocida como uno de sus clásicos, Dos conceptos de libertad se ha convertido en la punta de lanza de la concepción de la libertad, al hacer la distinción entre la visión positiva y la negativa. De acuerdo con Berlin, la libertad, en su amplio espectro, no implica solamente la ausencia de frustración, sino también la ausencia de obstáculos que impidan posibles decisiones y actividades, en tanto que obstrucciones en el camino que se decide tomar. Así, se denota que entender la libertad de esta forma no depende de si se decide tomar una acción, o hasta qué alcance llevarla, sino de cuáles oportunidades se tienen para hacerlo, de qué magnitud son y su importancia relativa para cada individuo, aunque esto no se pueda medir de forma cuantitativa; de modo que la libertad no solo abarca la ausencia de obstáculos que impiden las toma de acción, sino también la ausencia de obstáculos que impidan las acciones posibles.

            Con base en lo anterior, vemos que se plantean dos sentidos diferentes y fundamentales de la libertad, que a pesar de ser desarrolladas en paralelo, suelen entrar en conflicto. Veámos, entonces, a qué respecta cada cara de la misma moneda.

Libertad negativa (la libertad de)

La libertad negativa se define como la ausencia de interferencia o coacción de las acciones individuales, respondiendo, así, a la cuestión sobre los ámbitos en los que se le permite a un sujeto ser, ejecutar una andanza o ser capaz de hacer, sin que ello interfiera con otros individuos. Según esta consigna, uno es libre en la medida que nadie interfiere de manera deliberada en su acción, por lo que se respeta un ámbito mínimo de libertad personal inviolable bajo ninguna circunstancia, planteándose cuánto se interviene del sujeto, mas no quién lo hace.  Con base en lo anterior, véase, que poner el foco en la salvaguarda de la libertad negativa da lugar a los sistemas constitucionales, en los que se limitan los poderes de los líderes mediante los derechos de los individuos.

Pensemos, entonces, que la libertad negativa señala la cuestión sobre cuánto se interviene de la individualidad.

Libertad positiva (libertad para)

Por otro lado, la libertad positiva refiere al deseo humano por el autodominio (el ser su propio dueño), en tanto que enaltece la autodirección con base en la pregunta ¿qué o quién es la causa de interferencia que determina que un individuo pueda hacer una u otra cosa?

Tomando en cuenta lo anterior, vemos que de no ser manejada con criterio objetivo, moral y causa, la libertad positiva puede verse tergiversada de una determinación corriente y sencilla a una superior o ideal con ínfulas de regir sobre aquello que es inferior; de modo que al identificar erróneamente la libertad positiva con una realización de una determinación supuestamente superior se estratifica y polariza a los individuos con base en quienes buscan aquello, versus quienes no. Es en este punto donde se comienzan a observar las costuras del entendimiento y aplicación del concepto, ya que con base en su errada interpretación se da cabida a la teoría de la autoridad represiva que desemboca en regímenes no democráticos.

Justamente, al entender colectivamente de forma errada la libertad positiva, se consuma la pérdida total de la libertad en todos sus sentidos, ya que se profundiza la noción de que existe el deber rector sobre un único individuo de mandar por encima de los demás, basado en las ínfulas egocéntricas producto de la equivocada autodeterminación superior.

He aquí la génesis del “déspota liberal”. Permítasenos comentar un poco sobre ello.

Un déspota ¿liberal? y el legalismo autocrático

            De acuerdo con Berlin, el concepto de déspota liberal (o autócrata liberal) surge de la distinción entre los dos conceptos de libertad que se mencionan con anterioridad, por lo que se plantea la existencia de manera inequívoca de una separación lógica elemental: la libertad individual (libertad negativa), no está condicionada de forma ineludible de la una forma de gobierno democrática.

            Vemos que el autor se refiere a un ambiente donde la libertad positiva impera de manera desaforada, ignorándose los límites que los derechos individuales imponen al ejercicio del poder, por lo que se “permite” la idea de un déspota en una democracia absoluta (permítaseme el término), a quien se le ha asignado un poder de forma electoral, pero que busca perpetuarse a través de mecanismos autocráticos de forma disuasiva y subrepticia, profundizando la desconexión entre la libertad individual, el coto privado de la soberanía personal y la democracia, entendida en su sentido original como el gobierno de mayorías. 

Ahora bien, es en estos ecosistemas, donde la libertad real se ve coaccionada y la asincronía entre la democracia y la soberanía personal es cada vez más profunda, que los mecanismos para la ampliación de los poderes ejecutivos y la consolidación del poder de ciertos líderes con carácter autoritario y personalista, apoyados por sus partidos políticos, pasan de ser de naturaleza “golpista” o violenta (como un coup d´etat o una revolución) a una institucional, a través del concepto de legalismo autocrático.

            Este fenómeno se circunscribe a los llamados “regímenes híbridos” o autoritarismos competitivos, los cuales combinan prácticas democráticas, tales como la celebración de elecciones libres, universales y secretas, con prácticas autoritarias, como el socavamiento del sistema de contrapesos gubernamentales. Como es de prever, estas prácticas conjuntas conforman el estadio previo a la consolidación formal de un autoritarismo o autocracia en cualquier Estado, dado el uso, desuso e, incluso, abuso de la ley y las instituciones a usanza de aquellos que detentan el poder.

            A través de esta óptica, el marco jurídico de una nación, así como su sistema de gobierno, es entendido como una herramienta de poder que es tanto medio como fin para lograr un objetivo en particular: el poder absoluto. Así, se presiona a los legisladores para que se aprueben leyes que transfieran más poderes al líder (uso de la ley); se modifiquen de manera deliberada la interpretación de las leyes vigentes para adaptarlas al ideal de éste (abuso de la ley); e, incluso, no se apliquen las normativas que obstaculizan la agenda de poder del líder, por lo que se desmantela el orden constitucional, al emplear métodos que el propio orden constitucional hace posibles, al adoptar una narrativa supuestamente constitucional y democrática, que en realidad encubre una agenda antiliberal. ¿Le suena conocido?

            Es importante recalcar que estas líneas no intentan ser un vituperio de las Cartas Magnas, de los sistemas de gobierno constitucionales, ni de los parlamentarios; al contrario, buscan alzar las alarmas en contra de quienes toman este camino en detrimento de la institucionalidad y la democracia.

            Dicho esto, entendemos que la tensión entre la democracia y el constitucionalismo se ve expuesta y profundizada, dada las acciones de estos “líderes” quienes utilizan una concepción simplista y hueca de la democracia para allanar cualquier restricción constitucional, manteniendo la fachada mínima necesaria, mientras que socavan la libertad negativa.

Lamentablemente, se ha demostrado históricamente que esta actividad es relativamente sencilla, dado que la tensión entre la democracia y el constitucionalismo proviene de  la “anulación” de lo que llamaremos deseos erráticos del hombre (aquellos que representan una amenaza para los otros) por los principios constitucionales. Recordemos que la primera (la democracia) es un sistema político en el que los líderes les rinden cuentas al pueblo, mientras que en el sistema constitucional, son los líderes en conjunto con el pueblo los que rinden cuentas dentro de un sistema de restricciones, con el fin de mantener un sistema de valores que trascienden un momento puntual.  Esto es del conocimiento de los líderes autocráticos, quienes haciéndose de una supuesta democracia, van en contra de las restricciones constitucionales. Como consecuencia, se genera un sistema de gobierno hueco y estéril que puede desembocar en un ágil antiliberalismo. 

¿Qué podemos hacer?

            Ahora bien, en este punto es válido preguntarse ¿cómo podemos detectar esta erosión de lo institucional y de nuestra libertad negativa? Por lo que, en aras de responder esta incógnita,  haremos un recuento de la ruta de acción llevada a cabo en algunos países clasificados como autocracias competitivas establecidas: un primer paso es hacerse con el poder judicial, en todos sus escaños e instancias; luego, suprimir los espacios internos de independencia dentro de la burocracia; silenciar las fuentes de libre y crítico pensamiento, especialmente en las universidades, sociedad civil y medios de comunicación; reemplazar a los funcionarios públicos independientes con figuras leales; así como cooptar cualquier resistencia legal que pueda provenir de firmas de bureaus jurídicos privados, y, así, eventualmente, hacerse con todas las esferas de libertad y derechos de los ciudadanos.

            De modo que una primera gran bandera roja se alza cuando un líder electo de forma democrática implementa un ataque sistemático y concertado a las instituciones del Estado, cuya labor es, entre otros, actuar como su contrapeso, incluso cuando se hace en nombre del mandato democrático. El socavar las restricciones constitucionales sobre el Ejecutivo, a través de la reforma judicial, es signo indiscutible de un legalismo autocrático.

El juego en reversa

Viendo el panorama a través de los ojos liberales de Sir Berlin, nos damos cuenta que esta suerte de manual antidemocrático también se puede emplear en reversa, es decir, en pro de la democracia. Un punto de partida, en nuestra humilde opinión, es reiterar con acciones concretas y plausibles la vigencia de la práctica democrática y liberal, desde el sentido de la responsabilidad individual, con pensamiento crítico y educado, que permita mantener desde lo cívico el accountability para con los líderes, lo cual, en paralelo mantiene vigente de manera sostenida aquella necesidad crónica de mejorar nuestras sociedades, tal que tarea siempre vigente de la política; del mismo modo, es imperativo el fortalecimiento de la democracia desde las instituciones del Estado y la organización cívica, ya que hemos sido testigos de las consecuencias de descuidarla. Para lograr ambos objetivos, es importante que se ponga en boga la separación de poderes, el rule of law, un sistema judicial justo y honesto, así como la participación política activa como escuela permanente de educación ciudadana.

Vemos que en muchos casos, el cimiento de esta resistencia al legalismo autocrático todavía es fuerte. En algunos países, las organizaciones civiles juegan un papel fundamental para este fin, dado que tienen cabida para maniobrar en pro del mantenimiento democrático, a través de la resiliencia, estándares éticos, educación ciudadana y política, lo cual les ha permitido ser un muro de contención en contra del manual para el legalismo autocrático. Ciertamente, la amenaza es más grave allí donde se ha diezmado por completo el armazón político-jurídico de la democracia; sin embargo, las alarmas no cesan en aquellos casos en los que dentro del marco formalmente democrático, liderazgos implementan modelos populistas y autocráticos que erosionan sistemáticamente las instituciones y los derechos de aquella. Por ello, en países donde las libertades ya han sido coaccionadas y el instructivo se ha cumplido al pie de la letra, es aún más importante el papel de la organización civil que iza las banderas rojas, con premura sostenida y trabajo diario, por más pequeño que pueda parecer, su impacto y su trabajo va forjando la actitud y aptitud cívica necesaria para fracturar las cadenas de la autocracia.

Recordemos: las democracias mueren súbitamente cuando la sociedad pierde la esperanza del cambio posible, por lo que no debemos sucumbir ante el seductor pesimismo que nos llena de bruma individual, espiritual e intelectual. Es por esta razón, que se vuelve trascendental el aprehender, como sociedad, a identificar las falencias, aciertos y obstáculos de los gobiernos, superando su prosa y develando su verdadera naturaleza que en la actualidad se ejerce, cínicamente, en nombre del pueblo y sus libertades.

[1] A lo largo de estas líneas, nos referiremos a Sir Isaiah Berlin sin traducir su nombre a nuestro idioma, bajo la premisa de la no traducción de nombres propios, razón por la que se encuentra resaltado en itálico.

Referencias

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