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Reelección indefinida y populismo

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Nelly Arenas 28.10.25

Con el trofeo de la reelección ilimitada con el cual la Asamblea Legislativa de El Salvador premió al presidente de ese país, el populista Nayib Bukele, se actualizó en América Latina el tema de la reelección indefinida. Como asunto de interés, el capítulo de la reelección presidencial ilimitada, ha ocupado un lugar importante en la política de la región desde el siglo XIX.  Encendidas polémicas  se han librado desde entonces  a favor o en contra. Continuamente las constituciones de las diferentes naciones fueron modificadas para impedir o hacer posible, la permanencia de los mandatarios en el cargo. El conflicto armado con el que se inició la revolución mexicana en 1910, fue precisamente una reacción a la dictadura de Porfirio Díaz quien, aspirando a perpetuarse en el poder,  se hizo reelegir siete veces consecutivas. Ese enfrentamiento, como se sabe, dejó más de un millón de muertos. 

Ante el riesgo de reproducir prolongados periodos presidenciales autoritarios, el principio de la no reelección se convirtió en uno de los pilares del afianzamiento democrático   institucional en diversos países de América Latina. La nefasta experiencia  del caudillismo y el personalismo, inclinó paulatinamente la balanza en contra  de la reelección indefinida. Fue así como durante casi todo el siglo XX, las distintas constituciones nacionales privilegiaron la no reelección inmediata. De esta manera, como nos  informa Mario Torrico, investigador de la Flacso México, cuando se  producen las transiciones hacia la democracia en los años ochenta y principios de los noventa, esta era la regla que prevalecía en casi todos aquellos países. La  República Dominicana era la excepción pues en ese país  existió la reelección indefinida hasta 1994, legado de la dictadura de Rafael Leonidas Trujillo. 

A finales de los años ochenta y comienzos de los noventa, casi todos los países latinoamericanos sólo permitían la reelección alterna pasados dos o tres períodos presidenciales; cinco la impedían categóricamente. La reelección inmediata generaba grandes resquemores en virtud de la experiencia ligada a las dictaduras militares, las cuales no establecían límites a sus mandatos. Según  Torrico, este estado de cosas comenzó a cambiar a partir de 1993 cuando Alberto Fujimori reformó la Constitución peruana  para incorporar la figura de la reelección presidencial.  Con el mismo fin,  Carlos Menem en Argentina y Henrique Cardoso en Brasil, modificarían las constituciones de sus países en 1995 y 1997, respectivamente. 

La experiencia del socialismo del siglo XXI, puesta en marcha en Venezuela con la presidencia de Hugo Chávez,  dio comienzo a  la reelección indefinida en América Latina en el año 2009.  Le siguieron la Nicaragua de Daniel Ortega en 2014,  el Ecuador de Rafael Correa en 2015, y  la Bolivia de Evo Morales en 2017. Al día de hoy solo Venezuela y Nicaragua preservan esa modalidad de elección.

Todos estos liderazgos han sido reconocidos como populistas por los   estudiosos de este fenómeno político.  Todos ellos introdujeron reformas en las constituciones de sus países para poder prolongar sus mandatos sin límite de tiempo. Con ello, el caudillismo inveterado de la región tomaba cuerpo una vez más. Esta vez, invocando una ruptura con el ominoso  “imperialismo”  a fin de alcanzar la redención de las masas populares. Es consustancial a este fenómeno, el hecho de que  las distintas arquitecturas constitucionales de las naciones latinoamericanas, fueron diseñadas con acentuado carácter presidencialista lo que a la postre configuró  un  Ejecutivo con un poder hipertrofiado y fuertemente personalista. 

Los tres países mencionados adoptaron como modelo de  las reformas de sus cartas fundamentales, lo que se conoció como Nuevo Constitucionalismo Latinoamericano (NCL). Este modelo  tuvo su piedra angular en  la oferta de participación ciudadana. Ahora bien, la promesa populista de democracia  participativa establecida en esos nuevos ordenamientos jurídicos, pronto evidenció sus pies de barro al replicar el mismo modelo marcadamente presidencialista. Una profunda contradicción puede reconocerse en este hecho: mientras las noveles cartas magnas  eran pródigas en instrumentos participativos,  tales instrumentos se anulaban de hecho con la consagración de un poder ejecutivo con facultades para controlar a la sociedad  verticalmente. Roberto Gargarella, jurista y sociólogo argentino, hace notar que esa oleada  de constituciones  no fue novedosa pues ella  nos  dejó con textos muy parecidos a los que ya existían; es decir, con una estructura de poder que refuerza el hiperpresidencialismo. Luego de más de doscientos años, este fenómeno se ha robustecido en América Latina, concluye Gargarella.

En este contexto  florecieron las reelecciones indefinidas. Las mismas son una inevitable deriva del excesivo peso del Ejecutivo  que tanto inquietó a Juan Linz cuando escribió “Los peligros del presidencialismo”, publicado en el año 1990. Allí  Linz apuntaba  que la prohibición de la  reelección es el primero de los baluartes constitucionales contra el poder potencialmente arbitrario el cual recuerda al que ostentaban las antiguas monarquías.  En efecto, el  poder concentrado en un presidente disuelve, como en los viejos reinos, el espacio de lo público.  Étienne De La Boétie lo dejó claro en su Discurso de la servidumbre voluntaria (1548) cuando, refiriéndose al régimen monárquico señaló: “…es difícil creer que haya algo público, donde todo es de uno. Cuatro siglos después, Claude Lefort se refería del mismo modo a los sistemas totalitarios que flagelaron al siglo XX europeo.   

La marcada tendencia de los líderes populistas a concentrar el poder en sus manos, tiene semejanzas con  ese fenómeno.  El líder se asume indispensable para que su sociedad eche adelante, pues su proyecto es el que la redimirá del mal que encarnan quienes se le oponen. El jefe populista se ve a sí mismo como el único que puede encarnar a la mayoría la cual es concebida como  buena, inocente y virtuosa, además de infalible. De allí que la salvación de esa mayoría  depende de que el proyecto del líder continúe.  Para ello, es de vida o muerte garantizar su permanencia en el poder.  La reelección sin límites cumple con ese cometido.  

Como puntualiza Mario Serrafero, politólogo argentino, la reelección indefinida pone en riesgo el propio carácter democrático y republicano del régimen político. Presidencialismo fuerte y reelección indefinida se refuerzan mutuamente y tienen como corolario la concentración del poder en el aparato ejecutivo. Para este autor, “la combinación entre presidencialismo fuerte y reelección indefinida nos ubica en los umbrales de un régimen cuyo corrimiento al autoritarismo es muy probable”. Con la experiencia de Venezuela por delante, Serrafero auguraba en  2011 que, en el futuro,  los países que transitaban el camino político del populismo, adoptarían la reelección ilimitada.  El Salvador de Bukele, le dio la razón. Queda claro de este modo que, sean de izquierda o de derecha, los líderes populistas, sin excepción, actúan bajo el mismo principio: solo ellos representan al pueblo, solo ellos son capaces de conducir su historia. Esta épica misión, en consecuencia, no puede ser obstaculizada por estorbos constitucionales de ningún tipo.

Mientras que las últimas dos décadas del siglo XX en América Latina se  caracterizaron por las transiciones de regímenes autoritarios hacia la democracia, las que han transcurrido del presente, se caracterizan por un marcado retroceso en los logros democráticos en muchos de sus países.  Si tuviéramos que escoger un solo indicador que evidencie este aserto, diríamos que la reelección indefinida introducida como parte del sistema político de algunos de ellos, es  una buena muestra. 

 Con la reelección indefinida se golpea de muerte la alternabilidad, entendida esta como la posibilidad de relevo periódico de los gobernantes a fin de evitar la perpetuación de los mismos en el poder. Como nos enseña la teoría democrática, es este un principio inobjetable de todo sistema que se pretenda plural e inclusivo. De manera que dar vida a la reelección sin límites es decretar la extinción de la democracia. Un pasaporte seguro al autoritarismo. 

Daniel Innerarity nos recuerda que cuando es democrático,  “el poder no puede ser monopolizado, ni estabilizado por siempre, ni capturado por nadie”. 

Bibliografía

De La Boétie Étienne (2003) Discurso de la servidumbre voluntaria, edic. Sexto piso, México, 2003.

Fundación para el debido proceso (2020) La reelección indefinida en América Latina disponible en https://dplf.org/la-reeleccion-indefinida-en-america-latina/ 

Gargarella, Roberto (2015) “El nuevo constitucionalismo latinoamericano: promesas e interrogantes” CEPAL, Serie políticas sociales, num. 153 disponible en https://repositorio.cepal.org 

Innerarity, Daniel (2020) Una teoría de la democracia compleja Galaxia Gutenberg, Barcelona. 

Serrafero, Mario D. (2011) “La reelección presidencial indefinida en América Latina” Revista de Instituciones, ideas y mercados num. 54 disponible en: http://www.eseade.edu.ar/files/riim/RIIM_54/54_11_serrafero.pdf 

 Linz, Juan (1990) “Los peligros del presidencialismo” CELAEP, Vol. 7, julio 2013 disponible en  https://repositorio.flacsoandes.edu.ec/handle/10469/14220   

Torrico, Mario (2022) “Reelección presidencial y retroceso democrático en América Latina” Flacso, México, disponible en https://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0185-19182024000200079 

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