
Tomada de OnCuba News
José G Castrillo M (*) 31.10.25
El panorama político global de las últimas décadas ha sido testigo de un auge sin precedentes del populismo, manifestado en diversas formas y geografías, desde América Latina hasta Europa y Estados Unidos. Este fenómeno, caracterizado por la apelación a un «pueblo» virtuoso frente a una «élite» corrupta, se ha convertido en una fuerza disruptiva que desafía las estructuras políticas y las instituciones establecidas.
La pregunta central que este artículo busca responder es: ¿por qué el populismo ha emergido con tanta fuerza en un momento en que la interconexión global y el progreso tecnológico deberían, en teoría, fomentar la cooperación y la estabilidad?
La respuesta reside en la confluencia de cuatro fuerzas interrelacionadas que definen la era actual: la complejidad, la incertidumbre, la turbulencia y el conflicto. Este marco sugiere que vivimos en un estado de múltiples crisis simultáneas que se retroalimentan mutuamente. La globalización, el cambio climático, las crisis migratorias, la digitalización y la desigualdad económica han creado un entorno en el que las explicaciones simples son atractivas y las promesas de un «regreso a la normalidad» resuenan profundamente, en el imaginario colectivo.
La complejidad inherente a los sistemas sociales, económicos y políticos modernos representa un desafío formidable para la gobernanza. La globalización ha creado cadenas de valor intrincadas y ha entrelazado economías de manera que las crisis financieras en un rincón del mundo pueden tener efectos devastadores en el otro. El cambio climático, con sus complejas interacciones entre variables sociales, económicas y políticas, evade soluciones sencillas. En este contexto, los problemas no tienen una sola causa ni una única solución.
El populismo prospera en este entorno al ofrecer una simplificación radical de la realidad. En lugar de explicar las complejas interacciones de la economía global, el populista identifica a un enemigo claro: los inmigrantes, los banqueros, los «burócratas de Bruselas», o la élite política. Al reducir la complejidad a una simple lucha entre «nosotros» (el pueblo) y «ellos» (la élite), el populismo proporciona una narrativa coherente y emocionalmente satisfactoria. Esta simplificación no solo reduce la ansiedad, sino que también deslegitima el debate técnico y las soluciones matizadas que son necesarias para abordar los problemas complejos.
La incertidumbre es una característica definitoria de la era actual. Las crisis económicas, las pandemias globales y los cambios tecnológicos disruptivos han erosionado la confianza en la capacidad de las instituciones y los expertos para predecir el futuro y proteger a los ciudadanos. La sensación de que el futuro es impredecible y de que uno no tiene control sobre su destino, genera una profunda ansiedad y un sentimiento de vulnerabilidad.
El populismo explota esta incertidumbre ofreciendo una falsa sensación de certeza. Los líderes populistas se presentan como figuras carismáticas y omniscientes que tienen un conocimiento intuitivo de lo que el «pueblo» necesita. Sus promesas de «recuperar el control» y de restaurar la soberanía nacional son poderosas porque se dirigen directamente a la sensación de impotencia que experimentan los ciudadanos de todo el mundo. Al mismo tiempo, desacreditan a los expertos y a los medios de comunicación, a los que acusan de ser parte de la élite corrupta, reforzando así su propia posición como la única fuente de verdad.
La turbulencia y el conflicto son manifestaciones de la complejidad y la incertidumbre. Las protestas sociales, la polarización política y el resurgimiento de los nacionalismos son síntomas de una profunda desafección con el statu quo. Las crisis migratorias, las tensiones geopolíticas y las guerras comerciales han creado un entorno de confrontación constante, en el que las identidades y los intereses se perciben como irreconciliables.
El populismo capitaliza esta turbulencia y este conflicto, no buscando mitigarlos, sino avivándolos. Al enmarcar la política como una batalla existencial entre el bien y el mal, los populistas justifican la confrontación y demonizan a sus oponentes. Utilizan un lenguaje divisivo que refuerza las identidades de grupo y fomenta el tribalismo político.
En lugar de buscar consensos, el populismo se basa en la polarización, lo que a su vez perpetúa el ciclo de turbulencia y conflicto. El «enemigo» externo (inmigrantes, potencias extranjeras) o interno (élites, minorías) se convierte en la excusa para el fracaso y en el chivo expiatorio de los problemas sociales actuales.
La emergencia del populismo en un mundo marcado por la complejidad, la incertidumbre, la turbulencia y el conflicto no es un accidente. Es una respuesta sintomática a la incapacidad de las democracias de ofrecer soluciones convincentes a los desafíos del mundo contemporáneo. El populismo, con su atractivo simplista y emocional, llena el vacío dejado por la desconfianza en las instituciones, la fragmentación social y la ansiedad existencial.
(*) Politólogo / Magíster en Planificación del Desarrollo Global.
Categorías:Opinión y análisis






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