
Tomada de France 24
José G. Castrillo M. (*) 09.03.26
El pasado 28 de febrero, los Estados Unidos e Israel iniciaron un ataque conjunto contra Irán, luego de varias semanas de negociaciones indirectas entre Washington y Teherán, proceso mediado por el sultanato de Omán. Mientras se realizaban estos encuentros para buscar una solución diplomática sobre el programa nuclear iraní, Estados Unidos acumuló una fuerza aeronaval, con dos grupos de portaaviones, además de reforzar las bases militares que tiene en la región.
El mundo estaba atento sobre el resultado de este proceso de negociación, mientras Estados Unidos movilizaba sus fuerzas e Irán anunciaba que estaba preparado para responder a cualquier tipo de ataque. El presidente Trump, fiel a su estilo de máxima presión, señaló en el marco de los encuentros que Teherán debía no solo desmantelar su programa nuclear, sino el programa misilístico, que viene desarrollando desde hace mucho tiempo.
Irán, por su parte, preveía que la ofensiva era inminente, porque no aceptaría las demandas maximalistas de Estados Unidos. Israel, luego del ataque en junio de 2025 a los tres complejos nucleares de Irán, las baterías antiaéreas, y tras asesinar a altos cargos, veía una oportunidad para seguir atacando a su rival estratégico. En la llamada guerra de los 12 días, Israel contó con el apoyo estadounidense.
Hoy, las acciones actuales contra Irán, podemos valorarlas como la continuación de la guerra de los 12 días, pero con un objetivo adicional: no solo destruir las capacidades estratégicas en materia nuclear y misilística del país persa, sino procurar una crisis de gobernanza al asesinar al ayatolá Jamenei y otros altos cargos del Gobierno.
El intercambio de salvas —misiles, drones y bombas— se mantiene. Estados Unidos e Israel han dicho que han golpeado más de 2.000 sitios estratégicos en territorio iraní. Por su parte, Irán ha contraatacado, golpeando las bases militares de Estados Unidos en la región, con el objetivo estratégico de crear una crisis regional para que los aliados de Washington lo presionen y así limite las operaciones militares, en términos de temporalidad, por las consecuencias para sus intereses económicos (exportaciones petroleras y turismo).
Los precios de la energía están aumentado, el petróleo ya pasa de los 80 dólares y si la guerra se mantiene más del tiempo previsto (5 semanas) por Estados Unidos, el estrecho de Ormuz quedaría bloqueado al tránsito de buques, aumentando exponencialmente el precio de los hidrocarburos.
Las apuestas estratégicas de los actores de esta guerra:
Estados Unidos: destruir la capacidad militar y nuclear de Irán y así evitar que se convierta en un rival geoestratégico regional. Debilitar o desplazar al Gobierno iraní, visto como una apuesta arriesgada y de difícil ejecución en el terreno.
Israel: eliminar lo que percibe como una «amenaza existencial» de Irán, especialmente su programa nuclear y misilístico. El primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, ha descrito el conflicto como una «batalla existencial» y busca debilitar a Irán hasta el punto de que no pueda proyectar su poder en la región.
Irán: la supervivencia del Gobierno y evitar un cambio político impuesto desde el exterior. Resistir la presión militar y económica, y prolongar el conflicto para aumentar el costo político y económico para EE.UU. e Israel, aprovechando su experiencia en guerras asimétricas.
El conflicto refleja una apuesta de alto riesgo para todos los actores: EE.UU. e Israel buscan una victoria decisiva, pero Irán apuesta por su capacidad de resistencia y por hacer insostenible el costo de la guerra para sus adversarios. El desenlace más probable es un Irán debilitado, pero no derrotado, con un conflicto que podría prolongarse y extenderse, afectando la estabilidad regional y global. Esta es una guerra ilegal si se apela al derecho internacional previsto en el sistema de Naciones Unidas.
Esta guerra ha puesto a prueba las alianzas y ha redefinido los equilibrios de poder. Rusia y China observan con atención sin poder intervenir directa o indirectamente, mientras que países del Golfo, como Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos, buscan evitar una mayor escalada que pueda desestabilizar aún más la región. La OTAN y la Unión Europea enfrentan presiones internas y externas, y la comunidad internacional debate la legalidad y las consecuencias de una “guerra preventiva” que, según el Vaticano, podría incendiar el mundo entero.
No se vislumbra un desenlace inmediato de esta guerra, lo que sí es claro es que mantenerla en el tiempo será costoso y gravoso para los actores involucrados. Israel e Irán, si bien es cierto que tienen unas capacidades y recursos importantes, no son suficientes para una guerra intensa de salvas, que se prolongue en el tiempo. Estados Unidos cuenta con más recursos para mantener sus operaciones por más tiempo, pero también tiene límites.
(*) Politólogo / Magíster en Planificación del Desarrollo Global.
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