Opinión y análisis

Trump y la democracia

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Juan Manuel Trak – 11 de noviembre de 2016

El resultado de la elección presidencial en Estados Unidos ha sorprendido a una buena parte del mundo. La que se suponía una de las democracias más consolidadas del planeta ha elegido como Presidente a quien posiblemente peor represente los ideales que esa sociedad dice tener. Pero no nos confundamos, esta paradoja solo deja al descubierto lo complicado que es hacer que la democracia funcione en sociedades cada vez más heterogéneas. Como dijo Robert Dahl, “un gobierno democrático se caracteriza fundamentalmente por su continua aptitud para responder a las preferencias de los ciudadanos, sin establecer diferencias políticas entre ellos”[1]. Para tal fin son necesarias libertades de pensamiento, asociación y expresión, elecciones libres y justas, y derecho de todos los ciudadanos a participar bien sea votando o como candidato.

Pero el procedimiento solo nos dice sobre si las reglas de juego cumplen o, en todo caso, el grado de cumplimiento de las mismas. Problemas más complejos surgen cuando uno se pregunta a cuáles preferencias debe responder el gobierno, si a la de todos los ciudadanos o solamente a aquellas de quienes lo eligieron. Si volvemos al caso de los Estados Unidos vemos que la elección de Trump es el resultado de unas reglas de juego –aceptadas por todas las partes– que permiten que alguien que no haya alcanzado la mayoría del voto popular obtenga la presidencia de ese país, siempre que gane la mayoría de los miembros de Colegios Electorales.

gop_2016_trump_hern-21373Pero más allá de lo relativo al diseño institucional, Trump es la reacción de una parte de la sociedad norteamericana ante los desafíos que suponen la globalización y liberalización del mundo contemporáneo. Los datos de los exit polls[2] muestran que el apoyo a Trump se dio fundamentalmente en hombres blancos mayores de 45 años, con niveles de educación medios a bajos, que viven zonas rurales, pequeñas ciudades o suburbios, ideológicamente conservadores, confesionalmente protestantes que asisten una o más veces por semana a la iglesia y que consideran que los Estados Unidos van por el camino equivocado. Pero además, según el análisis de Zsolt Darvas y Konstantinos Efstathiou[3], el apoyo de Trump se dio en aquellos estados de EE.UU donde la globalización ha supuesto mayores niveles de desigualdad, donde hay menor porcentaje de hispanos o extranjeros viviendo allí, y cuya proporción de menores de 45 años, y personas con mayores niveles de educación son menores.

En definitiva, vemos cómo Trump, y el Partido Republicano, apelaron a aquellos excluidos por la globalización, parte de ellos –aunque no todos, es justo decir– consideran que el mundo de hoy es una amenaza para un estilo de vida que han visto decaer en los últimos años. Prejuicios raciales, sexuales y éticos han servido de combustible para alimentar el miedo hacia el futuro, a los cambios ocurridos en el último cuarto de siglo y hacia una nueva economía que no necesita de trabajadores manuales poco calificados para funcionar.

El desafío de la democracia es, precisamente, tratar de resolver los conflictos entre aquellos que se consideran perdedores de esta globalización y aquellos que la empujan y ven en ella su futuro. En Gran Bretaña, por ejemplo, el Brexit también fue una expresión de este fenómeno. Pero el problema se hace mucho más complejo cuando quien es electo presidente representa valores que son contrarios a la democracia misma, en los que se explota el racismo, la xenofobia, el machismo y la homofobia como formas de llegar a ese electorado cuya frustración, rabia y resentimiento busca culpar a alguien por su situación, aunque insisto en que no debemos considerar que todos los votantes de Trump lo hicieron por tales motivos.

Así las cosas, ante la crisis de representación política en Occidente el liderazgo populista se erige como una peligrosa alternativa cuya consecuencia puede ser el retroceso de la misma democracia que le permitió llegar al poder. Quedará de manos las instituciones norteamericanas frenar el radicalismo de Trump, esperemos sean lo suficientemente fuertes para lograrlo pues, como hemos vivido en Venezuela, cuando las instituciones ceden ante el liderazgo populista la democracia pierde, y la ciudadanía también.

[1] Robert Dahl, La poliarquia. Participación y Oposición (Tecnos Editorial S A, 2009), 13.

[2] Produced By Jon Huang Lai Samuel Jacoby, K. K. Rebecca y Michael Strickland, «Election 2016: Exit Polls», The New York Times, 8 de noviembre de 2016, http://www.nytimes.com/interactive/2016/11/08/us/politics/election-exit-polls.html.

[3] «Income inequality boosted Trump vote | Bruegel», accedido 11 de noviembre de 2016, http://bruegel.org/2016/11/income-inequality-boosted-trump-vote/.

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