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Del mito al hecho

Foto: La Patilla

Alejandro Benzecry

25 de Mayo de 2018

El primer castigo no fue suficiente. El perdón lo indemnizó del fuego eterno y aun así se creyó más astuto que el resto. Sísifo vivió una vida desarraigada y egoísta porque él era el único que entendía de qué trataba el misterio. La moralidad era algo de lo que había leído o escuchado y la honestidad era una futilidad. Por un tiempo, su astucia lo libró hasta de los creadores y su último castigo en el Tártaro se convirtió en un absurdo en el que Camus encuentra respuesta a la existencia. Pero lo cierto es que los dioses condenaron el engaño y la viveza, pero sobre todo el egoísmo, que nubló el buen juicio de Sísifo para satisfacerse única y exclusivamente a sí mismo.

Hoy, ese egoísmo se transforma en una conducta difícil de suprimir porque se lleva a la práctica en cada escalón de la pirámide social. Se transmuta para hacerse real y palpable en nuestra sociedad que ahora vive una condena incomprensible pero similar a la del antiguo rey de Corinto, en la que pareciera no existir un descanso o un final. Mucho tiempo llevamos subiendo la piedra a la cima de la montaña para que luego caiga y retomemos la rutina. Anacronismos que nunca dejaron de serlo pero que en repetidas ocasiones y en distintos períodos nos han resultado perjudiciales. Pareciera que no quisiéramos ver que el castigo que vivimos es la consecuencia de una telaraña de acciones, en su mayoría manejables por los ciudadanos. Una sociedad que, en ocasiones, se enfrasca y se excluye de la más mínima reflexión.

Son las almas desahuciadas y los espíritus quebrantados los que no encuentran forma de sumar en esta crisis. Son esas las personas que viven a contracorriente porque su lógica utópica y universal es la clave para descifrar el enigma en el que nos encontramos. Nadie más los entiende porque todos están equivocados. Ellos son los bondadosos, los únicos capaces de guiar, y los líderes opositores son un séquito de cómplices que viven en una burbuja exentos de cualquier calamidad nacional.

Incomprendidos por naturaleza, este distinguido grupo fundamenta su postura revolucionaria y reivindicadora con afirmaciones endebles que acusan de corrupto o cómplice a cualquier personaje postrado en una tarima representando al bando opositor. Nuestra dura e ingrata realidad tergiversa su sentido común y moldea soluciones desérticas que solo en sus mentes viscerales se aprecian como un oasis esperanzador.

Para ellos la cuestión es simple: por uno pagan todos. Si alguno de la MUD o del Frente Amplio es acusado  por cualquier ciudadano andante de tirar piedras, o si alguno en el pasado pecó, el resto paga por eso también. El resto es cómplice. Todos son iguales. No existe distinción, individualidad, porque para ellos trabajar en un mismo grupo los vuelve un colectivo con alma propia. Un alma negra, vil y ofuscada que se conforma con unos pocos dólares para no desmontar el supuesto teatro que denigra al Gobierno y que lo quiere fuera. Obcecados tal vez por la frustración, tal vez por la desesperación, o tal vez por la codicia, su accionar demuestra que el virus que nos contagió  por allá en los noventa siempre ha estado latente, y que ahora, en el desasosiego de la adversidad, brota como la flora en primavera. Es el virus de la antipolítica, nuestro incansable hostigador, que se propaga hasta infectar a los que alguna vez pudieron creerse optimistas y civilizados.

Es un hostigador inclemente, que se adueña del ser y anestesia su racionalidad hasta volverlo esclavo de sus caprichos y de sus sentimientos más bajos. Nubla el juicio hasta tal punto que borra la delgada línea que separa el bien del mal, y este último predomina porque el individuo se siente frágil ante una realidad que lo supera y la única forma de sobrellevarla es cerrando los ojos y lanzar patadas.

Para los infectados nada es suficiente. Nada satisface esa necesidad de cambio que se traduce en un emotivo desacuerdo con cualquier propuesta para hacerle frente a esta terrible situación. Ir a elecciones es validar el carnaval del Gobierno; no ir es cederles espacio para anclarse aún más en el país. Convocar manifestaciones es un delito por haberlas “apagado” en el 2014 y el 2017, pero muchos aseguran con vehemencia que la salida es “la calle”, así sean escudos y piedras contra tanques y metralletas. Acaso no quedó demostrado que al Gobierno no le tiembla el pulso para fusilar, aniquilar y asesinar a cualquiera que les haga frente. Que tampoco les tiembla el pulso para hacer que líderes como Ramón Muchacho, Freddy Guevara y David Smolansky huyan para no ser capturados y encerrados en esas cámaras de torturas llamadas cárceles.

Las manifestaciones cumplieron una ardua misión: movilizaron y sensibilizaron a la mayoría del país y a la comunidad internacional. Sirvieron como un balde de agua fría para despertarnos del sueño en el que vivíamos la mayoría, que nos quejábamos en casa y soñábamos con un país distinto desde el sofá. Cambiaron la apatía por acción; la anomia por ilusión. Solo una cosa faltó, la más difícil y a la que tal vez se tenga que llegar por otro camino: derrocar a un régimen teñido por la infamia, custodiado por unos militares que de protectores del pueblo se transformaron en sus acérrimos asesinos.

Por esto, significó una gran desilusión para mucha gente el ver jóvenes golpeados y maltratados, torturados y asesinados. No solo jóvenes, sería una injusticia soslayar la cantidad de mujeres a las que los gases lacrimógenos envolvían y asfixiaban a diario, hombres y ancianos corriendo por sus vidas; una sociedad cuya recompensa por semejante esfuerzo pareciera quedarse corta.

Alrededor de 160 muertes, presos políticos y represión exagerada hasta niveles macabros, para muchos no demostraron la indolencia militar y gubernamental. ¿Qué esperábamos? ¿Seguir lanzando muchachos a la hoguera con la esperanza de conseguir la piedad de los leñadores? Creo que la evidencia está ahí. Incluso hoy en día, casi un año después del inicio de las protestas, es que podemos ver atisbos de insurrecciones militares y escuchar ligeros ruidos de sables. Tuvieron que esperar a comer de la basura, esperar a que el genocidio cundiera hasta sus familias para demostrar un poco de dignidad y respeto a su vocación. Esperar clemencia de esas máquinas de iniquidades es tan infantil como esperar a los gloriosos Marines.

La calle, los asesinatos, las denuncias y pruebas de violación a los DDHH no garantizan la salida de una dictadura. A veces, lamentablemente, son un camino a transitar, una parada más en la sinuosa travesía para llegar a la democracia.

La antipolítica toma muchas formas. Digresiones que dificultan la hazaña de salir victoriosos de esta tragedia. En ocasiones, contamina y merma tanto las esperanzas que hasta los más entusiastas se desnaturalizan. El escepticismo es tan agudo que los cuatro años de cárcel de Leopoldo López se toman con la ligereza de un suspiro. ¿No es ese arresto una prueba de lucha contra el Gobierno y de disconformidad genuina con el mismo? Para algunos no. Ellos no se comen esas mentiras. Las incongruencias en las concepciones de los incrédulos convierten sus ideas en sátiras. Hasta se ha dicho que Leopoldo vivía como un rey en la cárcel. ¡Que vivía como un rey en Ramo Verde! Porque cómo alguien puede salir con semejante musculatura de una cárcel si estaba sufriendo. Hasta este tipo de cosas se pueden decir y validar en Venezuela.

En la lista de presuntos espías o agentes de la revolución no puede faltar el más claro adalid de oposición: Capriles Radonski. Destacar la carrera de Capriles como político opositor sería tedioso. Basta con decir que desde sus 25 años, desde distintos cargos, se ha ido convirtiendo, hasta conseguirlo, en el emblema antichavista. Pero eso no pesa, no convence. Nada puede colmar el ansia por salir de este régimen porque la ansiedad requiere de respuestas inmediatas. Si no de respuestas inmediatas, al menos urge de indicios contundentes. Y como algunos indicios no complacen a las mentes más exigentes, éstas tapan el vacío del desencanto con argumentos surrealistas para así culpar a la incompetencia política por este caos y no aceptar la dificultad situacional.  O la mezcla de ambas.

Cualquier ápice del discurso, cualquier vocablo mal enunciado, cualquier silencio sirven como herramientas para perseguir y condenar a los políticos opositores como si fueran ellos el blanco. La persecución a Henrique Capriles por pertenecer, junto a Henry Ramos, al Frente Amplio alcanzó niveles absurdos, porque meses atrás alegó no seguir en la MUD hasta que Ramos se deslindara. Una tormenta de insultos llovió sobre el exgobernador de Miranda basada en la incoherencia entre su decir y hacer. Pero las cosas no son siempre como las apreciamos a primera vista. ¿El hecho de trabajar y estar juntos Capriles y Ramos en el Frente Amplio no es un síntoma de unidad? ¿O refleja la tibieza de Capriles en el accionar y su liviandad al declarar? ¿O tal vez es un plan maligno? Esas son opciones a considerar. Cada quien creerá lo que más le convenga o lo que más lógico le parezca. Decantarse por lo más lógico podría ser lo más sensato, en vez de denunciar planes maquiavélicos.

Y es que los delirios de conspiración, de persecución, de complicidad entre MUD y Gobierno no son producto de la generación espontánea. Son auspiciados y cultivados por distintas fuerzas opositoras, cuya premisa parte del menosprecio, del insulto en público hacia la MUD. Y sus conclusiones se nos presentan huecas, vacías de contenido y carentes de propuestas viables. Vociferan reproches, mas no correcciones. Denigran, pero no proponen. Alocuciones y decretos que al fin y al cabo alimentan el odio y la disconformidad para oxidar la cadena que nos une como oposición. Y eso es lo más fácil en estos momentos: delegar culpas en terceros, pretender una salida ideal de una dictadura porque tambalea al ritmo de la salsa, creer que enunciar los problemas del país y la mala praxis de otros automáticamente engendra un camino a la libertad.

El asedio ya no es constructivo, ha tomado un matiz incoherente. Tanto así que el objetivo a derrocar pareciera ser la MUD y no la dictadura. Fiel reflejo de este acoso tan absurdo es el pronunciamiento que Soy Venezuela emitió sobre la Carta de la MUD a Nicolás Maduro. En este artículo hilvanado por María Corina Machado, Diego Arria y Antonio Ledezma, está plasmada una crítica tan meticulosa, tan minuciosa, que difama adrede y roza en el insulto a los integrantes de la MUD. Solo un extracto es suficiente para darnos cuenta de algo tan simbólico:

(…) Aparte de estos señalamientos, uno de los aspectos más deplorables de la carta es el siguiente: “El venezolano sufre hoy inmerecidas carencias materiales, una profunda crisis humanitaria ha minado el espíritu alegre de nuestro pueblo y debemos encontrar una solución que le devuelva la esperanza”. En qué lugar viven estos dirigentes de la MUD, cuando son capaces de describir la peor crisis humanitaria del continente, y sin precedente en nuestro país, como de “inmerecidas carencias materiales que han minado el espíritu alegre de nuestro pueblo”. La realidad que ellos se niegan a describir es mucho más trágica. (Soy Venezuela, Marzo 2018). Una crítica que fácilmente los catapulta como grandes editores o jefes de redacción, porque es difícil concebir que con toda la anarquía en la que estamos sumergidos, que con todo el caos que nos agobia, estos representantes de oposición se tomen el tiempo de analizar una carta para perfeccionar los calificativos que describan una situación que nos deja sin palabras a todos. Como si la carta de la MUD tuviera la meta de informar y describirle al mundo lo que vivimos los venezolanos. O de informar a los culpables de esta situación que su gestión ha sido involutiva.

El diagnóstico nos indica que la antipolítica no se limita a contagiar y propagarse entre comunes exclusivamente. Puede alcanzar a las esferas más altas de la política, gente preparada y experimentada que conoce perfectamente lo que estamos tratando.

Interesados deberíamos estar por que en la oposición existan distintas corrientes de pensamiento y distintas creencias sobre cómo llegar a una determinada meta en común. En este caso: la salida de una dictadura. De hecho, estamos en ese escenario. Pero ciertas fuerzas no están en sintonía con el grueso del liderazgo. O no quieren aceptar que el grueso del liderazgo desde hace tiempo yace sobre los hombros de Capriles y Leopoldo; sobre la Iglesia y el sector empresarial; sobre los académicos, intelectuales y estudiantes. A menor escala sobre María Corina Machado y Diego Arria, Claudio Fermín y Henri Falcón. Esto no omite su importancia en el ámbito político, pues cada uno de ellos aglutina aún más descontento con la revolución por ser dirigentes con trayectorias, algunas intachables, y otras quizás no tanto. Al final suman considerablemente para volverle la cosa insostenible el régimen.

A excepción del de Falcón, cuyo trabajo como gobernador se limita a ser respetable, el pasado de estos políticos nos prueba que son personas más que dignas de la confianza de cualquiera de los venezolanos. No obstante, el presente nos resulta antagónico. Pues son los Diego Arria y las María Corina aquellos que hoy en día buscan definirse como “la oposición verdadera” o el “sector descontento”. Aprovechan el descontento general con la oposición para seguir echándole leña al fuego, hasta que llega la hora de proponer. En ese momento se escudan en reproches a terceros y dominan la atención mediante una verborrea que desemboca en planteamientos como “calle, calle y más calle”. Ahora, en las vicisitudes de nuestros días, enfatizan en lo que no hay que hacer, como votar por ejemplo, y el plan de acción se posterga hasta volverse algo irrelevante.

Adherir es primordial porque la unidad es vital. Esto no quiere decir que los venezolanos debamos deleitarnos con cualquier ser racional que pretenda salir de esta situación. No quiere decir que debamos creer en profecías, en hombres del Señor, en pastores con arengas que invocan misticismos y bondades para camuflar sus malas mañas y sus delitos. Eso no suma, eso divide. Eso turba el camino.

El mencionado grueso del liderazgo no enmarca exclusivamente al sector político. Dentro de este cuadro de unión cohabitan empresarios como Jorge Roig, académicos como José Virtuoso, intelectuales como Elías Pino Iturrieta. El catálogo de personalidades respetadas por sus trayectorias que se enfilaron en el Frente Amplio podría no terminar. Y aun así, con pasados casi ejemplares y presentes gratificantes, hay gente que osa en denigrar e insultar no solo a uno, sino a todos los que se dieron cuenta de que este deporte se juega en equipo. Sin embargo, muchos de este liderazgo han pisado la trampa, y los que no comulguen con su ideología son “colaboradores”.

Una situación tan atípica distorsiona los sentidos de cualquiera. El presente nos resulta incomprensible porque el timón de este naufragio pareciera encaminarnos a la deriva. Los capitanes de la flota no tienen energías para ejercer sus liderazgos sobre una tripulación que deambula en busca de su norte, porque la ansiada brújula parece descansar sobre aquellas manos sucias de sangre. Las manos que esculpieron miseria en cada rincón para hacerla patrimonio inherente al venezolano. Abandonar el barco y entregarse a la corriente luce más atractivo que seguir en el manicomio a bordo.

Y en el medio del caos y la anarquía, los rebeldes no articulan fuerzas. Ellas son incompatibles y por naturaleza se repelen, a pesar de perseguir lo mismo (tal vez sea por eso). Mientras los políticos se debaten su pedazo de torta, anécdotas y realidades nos muestran rutinas medievales. De gente en el campo, fatigada, en una insaciable búsqueda de agua para rociar sus necesidades y sus quehaceres diarios. De melancólicos tempraneros, pues solo en el día tantean una vida normal que solo es posible en la memoria, porque en la oscuridad solo hay espacio para regocijarse en la desgracia y sucumbir ante la miseria. Solo cabe dormir y no soñar, porque dormir no es más que un receso de la agonía diaria; y soñar, un escape a lo deseado. Anécdotas y realidades de gente que en las noches no goza sino sufre veladas en familia, porque las velas son impuestas por la indolencia y la incapacidad de otros. Anécdotas y realidades que nos recuerdan al medioevo, pero que son el día a día del venezolano en el interior del país.

La agonía de muchos no es suficiente para dejar de lado los intereses particulares de pocos porque “así es la política”, afirman los eruditos. Esa política la practican aquellos que se tildan de realistas sin entenderse como cínicos, y los honestos sufren las crueles generalizaciones. Mientras, el individuo común desespera, insatisfecho, porque su margen de maniobra cada vez se acorta un poco más hasta dejarlo estupefacto y abandonarse al colapso para aceptarlo como su destino.

El arte de lo imposible no seduce ni convence a los habitantes de esta selva. La civilización ha quedado lejos en el horizonte y la ley del más fuerte regresa de las cavernas. El mal ejercicio de la política la ha convertido ante los ojos de la gente en algo incomprensible. En algo ambiguo, frívolo, incompatible con la razón y los designios de un pueblo. La verdad pasa a un segundo plano porque la secta política maneja los hilos a merced de sus antojos tras bastidores y los ciudadanos solo pueden captar los residuos de sus intenciones. Insólito es que los líderes aún no saben canalizar nada. El estancamiento pareciera ser su estado ideal. ¿Qué más se necesita para hilar esta ruina con una salida? ¿A los militares también? Es incompetencia pura no saber aprovechar un Gobierno con la mayor desaprobación en años para alcanzar la libertad. Pero es difícil aceptar esto. Por ende, vaticinamos planes estratégicos de diversas índoles que nos den la falsa sensación de control. Pero en realidad lo único que han demostrado nuestros dirigentes es pánico a la hora de tomar las decisiones que solo ellos pueden tomar. La desinformación genera mundos paralelos porque el mundo real se ha vuelto inexpugnable para la mayoría de un país que se ve a sí misma en una especie de limbo.

Clamar por sensatez y mesura en estos tiempos podría ser una petición infundada. Aquí está pasando cualquier cosa. Todo nos toma desprevenidos, ya sea por la maldad sin precedentes del régimen o la flagelante ingenuidad de la oposición. Descarrilarse se ha vuelto, con razón, una conducta dentro de lo normal. No obstante, la serenidad viene con la experiencia y el conocimiento, no antes. Y esa es la labor individual a perfeccionar. Y que no seamos dignos de este infierno no nos libra de vivirlo, pues el mundo real no distingue de merecimientos.

Puede ser esto lo más parecido al castigo eterno, a la condena inmerecida para muchos. Pero por eso se hace una analogía entre Corinto y Sísifo y Venezuela y su gente. Porque las analogías se hacen en situaciones similares o parecidas, nunca iguales.

@Alebenzecry

El autor es estudiante de Comunicación Social en la UCAB

 

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