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Entre dinero negro y armas

Foto: El Carabobeño

Alexis Alzuru

04 de agosto de 2018

Maduro entendió que la economía negra le garantiza dinero suficiente; al menos, el que requiere para colocar su poder al margen de normas y controles, en dirección contraria a los principios que exigen el respeto a los derechos humanos. Además, descubrió que un presupuesto subterráneo le permite seguir con el discurso de la guerra económica y repetir el simulacro de las reformas cada vez que las calles se calientan. La quiebra del aparato productivo y el florecimiento de una economía delictiva no son hechos aislados. Al contrario, al comparar los réditos anuales que deja el comercio ilegal de la canasta de minerales, gasolina y drogas –para solo citar algunos productos– con los que arrojan PDVSA, SIDOR o cualquier otra empresa nacionalizada, se confirma que el Gobierno desmonta la economía formal para convertir el comercio ilícito en modelo económico.

Maduro gerencia el tránsito hacia una economía negra, lo cual se entiende porque su idea de establecer un Estado forajido implica tallar un sistema económico a la medida. De hecho, desde la llegada del chavismo, fueron lavados unos 800 millardos de dólares, según demostró el abogado Alejandro Rebolledo en un informe que presentó ante la OEA a finales del 2017. Sin embargo, las expectativas de Maduro no son solo ofrecer un paraíso financiero a los capitales ilegales, sino desarrollar un modelo con capacidad  de producir, movilizar y reinvertir las riquezas procedentes del crimen trasnacional. No por casualidad 90% del oro venezolano que se exporta procede de la minería ilegal, según datos reseñados en investigaciones que recién publicó la organización Iniciativa Global contra el Crimen Organizado Transnacional. Por lo demás, esas pesquisas igual aclaran que el tráfico de oro facilita el lavado de dinero derivado del comercio de las drogas y de todos aquellos negocios donde interviene la mano invisible del crimen.

La república es transformada en el centro del comercio ilegal; con razón se eliminó el bolívar y se insiste en acuñar monedas digitales. Poco importa que medio país se quede sin energía eléctrica por la minería de las monedas virtuales. Lo cierto es que en la economía, como en la política, las intenciones del madurismo se transparentaron. Ellos perfilan un esquema que triangula la economía negra, el poder militar y el control político. Sus cartas están sobre la mesa. El turno es para demócratas que estén listos para derrocar a Maduro, no para aquellos que usan la tragedia de los venezolanos para mercadearse a cargos de una transición que nadie visualiza. Por cierto, para abrir una ventana a la transición poco ayudarán las posturas ingenuas por coherentes y radicales que se verbalicen o las acomodaticias por pragmáticas que parezcan.

Para dar una nueva oportunidad a la democracia venezolana lo prudente es partir de la realidad, no de opiniones personalizadas. Por ejemplo, habría que comenzar por darse cuenta de que el proyecto madurista es financiado por una oscura red de negocios, no por actividades institucionalizadas. Ese dato explica el afán de su Gobierno por arrasar con la economía formal mientras ofrece un trato preferencial a la sociedad que mantiene con el ELN, los grupos de la FARC y con países que financian el terrorismo.

Maduro sigue en Miraflores porque está apoyado por el crimen trasnacional y no solo porque amarró a los militares. Cuando se admita este hecho, entonces, se identificarán sus debilidades y, por supuesto, las oportunidades que quedan para la transición. Por ejemplo, se entenderá que en el escenario actual las probabilidades de que poderosos oficialistas traicionen a Maduro son escasas, entre otras cosas porque ellos saben que entregarían una estructura, una corporación internacional, más que a una persona. Sin embargo, la élite madurista –al igual que la chavista– describe un perfil moral antes que político. Refiere un hombre corrupto y gansteril, paranoico y servil; una persona cuyas acciones son motivadas por el temor, la venganza o la codicia, no por valores o pactos; lo cual indica que si algunos ven la posibilidad de ganar traicionando, entonces, darán los pasos para retirar al madurismo del poder.

Foto: Caracol

Un enfoque político realista alumbraría las alternativas que aún quedan para rescatar la democracia venezolana. Por supuesto, el realismo político supondrá evaluar escenarios amargos. Por ejemplo, que en la transición ocupen posiciones de poder más chavistas de los que cualquier persona decente desearía. Incluso, quizá haya que prever que alguno de sus dirigentes administre ese proceso. En contrapartida, la oposición podría conseguir que las fuerzas militares internacionales permanezcan en territorio nacional no sólo hasta que se convoquen elecciones transparentes sino hasta que el nuevo gobierno reconstruya  las FANB y las instituciones básicas del estado de derecho.

@aaalzuru.

El autor es Doctor en Ciencias Políticas, Magíster en Filosofía y consultor internacional. Profesor jubilado de la UCV.

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