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Solidaridades democráticas y autoritarias

Foto de: Infobae

Elsa Cardozo | 19 de mayo de 2020

Doctora en Ciencia Política, Internacionalista y profesora titular jubilada de la Universidad Central de Venezuela.  Ex directora y docente de la Escuela  de Estudios Liberales de la Universidad Metropolitana e investigadora en el área internacional de las Universidades Simón Bolívar y UCAB. Articulista.

elsacardozo@gmail.com


Precisar lo propio de la vertiente autoritaria de la solidaridad -entendida en su acepción de adhesión circunstancial a la causa o empresa de otros- se presenta como una tarea fundamental en estos tiempos de continuada recesión democrática y persistencia autoritaria.  Para comenzar, puede ser útil precisar su contraste con la solidaridad democrática. Reconocer lo propio del sostén internacional autoritario es esencial para evaluar y proponer iniciativas de solidaridad que contribuyan a facilitar la recuperación de la democracia desde una arena geopolítica que se ha vuelto tan influyente y compleja, como bien lo ilustra el caso de Venezuela, tan presente en la escritura de cada una de estas líneas.

Las solidaridades autoritarias tienen como propósito contribuir al sostenimiento de gobiernos afines en su modo de controlar y utilizar del poder así como al debilitamiento y pérdida de credibilidad de actores e instituciones democráticas. No les importa el signo ni las características del actor o gobierno apoyado: puede ser la causa independentista catalana o el Brexit, candidatos euroescépticos o gobernantes desafiantes de la Unión Europea y de los regímenes internacionales de protección de los derechos humanos. No deja de ser paradójico algo que es parte de la asimetría: que sobre la solidaridad democrática, que apoya la legalidad y la legitimidad de los gobiernos, centrada en el apoyo a la población, al respeto a sus derechos y alentadora de procesos democráticos, suelen recaer críticas, escrutinios y exigencias de transparencia y rendición de cuentas  que pocas veces se  invocan internacionalmente ante a las iniciativas y medios de la solidaridad autocrática.

Los medios con los que se manifiestan los apoyos autoritarios, aparte de los más tradicionales -declaraciones, visitas, votos y vetos, ejercicios militares y acuerdos o gestos de apoyo logístico y defensivo- incorporan un espectro cada vez más amplio de recursos del llamado “poder punzante” (sharp power). Este ha sido acertadamente descrito como la versión autocrática del “poder blando” (soft power) pues no utiliza sus recursos y medios persuasivos para hacer atractivo el sistema político y los modos de vida autocráticos, sino para proyectar al exterior sus prácticas nacionales de propaganda, control de los medios, confusión, descalificación y supresión de la crítica. No busca compartir ideas sino imponerlas, tampoco se trata de ampliar el debate sino de desvirtuarlo: en ello trabajan agencias de noticias como RT, Sputnik o Xinhua, así como trolls y bots que multiplican desinformación, polarización y confusión en las redes. Sus iniciativas culturales y académicas son profundamente injerencistas, totalmente por fuera de los límites propios de la diplomacia pública. Con los recursos disponibles por los llamados dictadores digitales, ese poder se despliega a través de sistemas de reconocimiento, vigilancia y control montados sobre los avances en inteligencia artificial, y se proyecta internacionalmente a través del asesoramiento y apoyo para el control de internet, la  producción de información y mensajes para manipular, confundir y sembrar desconfianza en y entre gobiernos, actores, instituciones democráticas y sociedad civil. También, como está muy bien documentado en Estados Unidos y Europa, sirve a la distorsión de procesos electorales y a la agudización, contención o sofocamiento de crisis políticas, según convenga.

Rusia y China son referencias cada vez más visibles de ejercicio de ese poder penetrante, que solía ser más agresivo y ruidoso en el primer caso en tanto que más discreto pero más ambicioso en el segundo, pero esa discreción se va borrando aceleradamente.  Opuestos a regímenes de sanciones internacionales, en medio de crecientes tensiones con Estados Unidos, y orientados por la prioridad de hacerse reconocer como potencias de alcance global y con sus propias áreas de influencia, esos dos estados no los únicos que despliegan estos modos de solidaridad autocrática. Con menores recursos y diversos estilos, menor alcance pero similar actitud, también la practican regímenes como los de Cuba, Irán y Turquía, que se suman a China y Rusia como activos apoyos al régimen venezolano. Es de interés mencionarlos porque no obstante las importantes diferencias en la significación y naturaleza de sus relaciones, respaldos y modalidades de incidencia, tienen mucho en común para ilustrar en general una tercera y muy importante asimetría: la de los costos y los riesgos asumidos. 

Las solidaridades democráticas suponen la búsqueda de consensos, el examen permanente e investigación de sus medios, las exigencias de concertación, el debate interior y exterior sobre su eficacia, así como las demandas de transparencia en las iniciativas de su vasto repertorio: diplomático y económico, de persuasión y presión, de escrutinio, documentación y denuncia. Acumulan costos y riesgos políticos, económicos y de imagen.  Poco o nada de lo recién anotado aplica para las solidaridades autocráticas, incluido especialmente el favorable balance de costos, riesgos y beneficios políticos y económicos de los aliados autocráticos cuyos apoyos -más políticos que materiales- son siempre reembolsados y, como se señalaba al comienzo, bloqueados a la rendición interior y exterior de cuentas.

Las asimetrías anotadas ayudan a comprender en su dimensión internacional la resiliencia autoritaria y, a la vez,  a reconocer la necesidad de defender y fortalecer las bases institucionales, de humanidad y geopolíticas de la solidaridad democrática internacional.  Debe serlo desde lo que es esencial a la democracia, desde los propósitos recursos y medios que le son propios. No puede ni debe ser una réplica, en espejo, con los mismos recursos y medios autoritarios: ese sería un modo de hacerles el juego y favorecerlos. Para comenzar, y pronto, se requiere comprensión plena, difusión, seguimiento, información y denuncia sobre prácticas de aliento, patrocinio e injerencia autoritaria. En todo esto también urgen acuerdos entre democracias, urge buscarlos con ellas,  para refinar instrumentos y concertar respuestas ante esta otra terrible fuente de contagios. Es un desafío enorme, que se muestra en toda su complejidad y con urgencia en medio de la pandemia, la emergencia humanitaria, la recesión económica y las rivalidades geopolíticas que se van exacerbando, también entre las democracias.

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