Carta del Director

Creer en nosotros mismos

Carta del Director

Editorial

Benigno Alarcón Deza

La Prospectiva nos indica que este año terminará siendo uno de importantes pérdidas para quienes luchan y desean que se produzca el restablecimiento de la democracia en Venezuela, con severas consecuencias sociales y económicas, incluso peores de las que ya están sufriendo los ciudadanos. Pero hay un capital representado en tres cuartas partes del país que no se han rendido y están dispuestos a continuar luchando por recuperar la democracia y la libertad

Los escenarios para lo que queda del 2020 e inicios del 2021

El miercóles y jueves de la semana pasada el Centro de Estudios Políticos y de Gobierno de la Universidad Católica Andrés Bello tuvo su evento semestral Prospectiva, para la segunda mitad de 2020, en el que se presentaron los escenarios que nuestro Centro considera como los más probables para este periodo e incluso para inicios del próximo año, considerando las tendencias en lo internacional, social, económico y político, incluyendo el impacto que podría tener la evolución de la pandemia en Venezuela.

Los escenarios para el futuro inmediato, ciertamente, no resultan para nada alentadores, pero la honestidad de los ponentes es algo que quienes asistieron han agradecido tanto en público como en privado porque no hay remedio posible -sino por el contrario un enorme riesgo de agravar la situación-, cuando no somos capaces de sincerar el diagnóstico o nos negamos a confrontar la realidad que tenemos frente a nosotros.

En este sentido, en referencia a los escenarios que compartimos durante esta conferencia de cara a lo que queda del 2020, pareciera inevitable que este año termine siendo uno de importantes pérdidas para quienes luchan y desean que se produzca el restablecimiento de la democracia en Venezuela. Es así como las expectativas que se dispararon a sus niveles más altos entre enero y febrero de 2019 con la juramentación de Juan Guaidó como Presidente de la Asamblea Nacional y Presidente Interino, y con un importante apoyo de la comunidad internacional democrática, que aumentó de manera la presión por un cambio político y el llamado a elecciones libres y democráticas, se habían ya desvanecido para noviembre del año pasado.  De hecho, regresamos a los mismos niveles del año previo a Guaidó.  Se ganó algo de impulso gracias a la gira internacional de Guaidó a principios de año, pero de nuevo se retrocedió como consecuencia de la desmovilizacion impuesta por la emergencia sanitaria, gracias a la cual el régimen ha desaparecido a la oposición de le escena pública nacional.

Es así como en medio de este escenario, el régimen liderado por Maduro toma ventaja de la pandemia y la Constitución para anunciar un jaque electoral para el 6 de diciembre, cuyo objetivo es acabar con esta Asamblea Nacional que no controla y con la oposición que la controla. Esta tuvo la audacia de disputarle el gobierno juramentando al Presidente de la Asamblea como Presidente Interino, quien a pesar de las limitaciones de facto para gobernar, ha contado con el reconocimento de la casi totalidad de las democracias del mundo, lo que constituyó un paso muy importante en la construcción de la legitimidad necesaria para que un gobierno no elegido pudiese llenar un posible vacío temporal si se producía la salida del régimen liderado por Maduro para dar inicio a una nueva era democrática que se inauguraría con una elección libre y democrática. Tal intención, que se resumía en la expresión “cese de la usurpación, gobierno de transición, elecciones libres” y que logró sintonizar con las aspiraciones de la gran mayoría de los venezolanos, constituía una forma de transición inédita que dejaba al imaginario popular la forma en que se materializaría. Según la preferencia de cada quien, podría traducirse como una renuncia, una negociación, un golpe de estado, una  intervención como la de Panamá o Iraq, operaciones especiales al estilo Hollywood, o todas las anteriores (todas las opcines están sobre la mesa), en las que el rol del ciudadano, tal como sucedió con Panamá, Iraq o Jack Ryan, se limitaba a que fuéramos testigos, y aún mejor si es por televisión, de cómo los buenos triunfan sobre los malos, porque terminamos de convencer a los venezolanos que nosotros no podemos hacer nada y ya lo intentamos todo, cuando la realidad es que si nosotros no podemos nadie podrá.

La realidad es que aunque los estudios más recientes nos muestran que la gran mayoría aún está lejos de rendirse, la actual inercia pareciera condenarnos este año a un escenario de grandes retrocesos en el que el régimen volverá a controlar la Asamblea Nacional a través de una mayoría calificada, o algo muy cercano a ella. Tendría como contraparte a una oposición minoritaria con más curules, pero con mucho menos poder, gracias a la arquitectura impuesta por el “nuevo” Consejo Nacional Electoral, y al éxito de una estrategia gubernamental de clientelismo competitivo electoral que alimenta las ambiciones y la competencia entre los partidos que representan a una oposición alternativa, pero voluntariamente cooptada a cambio de que se le deje participar. A la postre, esta oposición terminará constituyendo una bancada fragmentada y dividida, sin poder real,y con una muy baja representatividad y legitimidad gracias a una enorme dispersión del voto.

Si bien el régimen pareciera encaminado a lograr uno de sus objetivos más importantes, la expulsión de la actual oposición de la Asamblea, no logrará su segundo objetivo más importante que es la legitimidad de la nueva Asamblea, lo que implica que una parte significativa de la comunidad nacional e internacional no reconocerá la validez de la elección y tampoco sus resultados. Es de esta manera predecible que países como los Estados Unidos, con o sin Trump en la presidencia, la Unión Europea, y la mayor parte de América Latina no reconozcan a la nueva Asamblea.

En sentido contrario, la nueva Asamblea sí contará con el aval de otros regímenes autoritarios como Rusia, China, Cuba e Irán, que junto con otros actores menos poderosos, como algunas dictaduras de África y Eurasia, buscarán reforzar su posición como socios políticos y comerciales del régimen que tratará de fabricar las aprobaciones legislativas para nuevos negocios, muchos de ellos depredadores de nuestros recursos, que le den el respiro financiero urgente que el gobierno tanto necesita.

El 2019 y el 2020, lejos de lo que cabía esperar, habrán sido entonces los años de mayor autocratización para Venezuela. Si Usted no está seguro de lo que esto significa, le diría que si se preguntaba cómo sería vivir bajo un régimen autoritario como el de Rusia o Cuba, pues ya lo sabe porque de acuerdo a los índices internacionales más reconocidos, como el Democracy Index del Grupo The Economist, Venezuela pasó a ser un régimen más autoritario que el de Rusia en 2019, y con la intervención de partidos políticos y las condiciones bajo las cuales se celebrará la elección parlamentaria de este año, estaremos a la par de Cuba, para convertirnos en el principal autoritarismo del continente americano.

Pero las pérdidas de este año no sólo se resumen en la pérdida de la Asamblea Nacional, el gobierno interino y un gran esfuerzo de movilización nacional e internacional, para ver a Maduro avanzar hacia una mayor autocratización de su régimen y al país retroceder en todos los indicadores de desarrollo social, económico y político, sino en algo aún peor que es la pérdida de las expectativas sobre la posibilidad de tener algo mejor para una cuarta parte de la población que expresa su rendición bien reconociendo que esperarán a que la situación se normalice para emigrar, bien mimetizándose o adaptándose para sobrevivir.

El adaptarse para sobrevivir toma en la mayoría de los casos formas que, aunque parecen inocuas, e incluso lógicas y justificables, cuando se generalizan constituyen, consciente o inconscientemente, la mayor contribución a la sustentabilidad del sistema autoritario. Esta es la conducta deseada que implica sumisión sin necesidad de recurrir a la represión de la población, independientemente de su nivel de aceptación o de rechazo.

Es así como cuando la gente centra su vida en las necesidades básicas propias y las de su familia, mientras el resto no importa, está contribuyendo, consciente o inconscientemente, con la sustentabilidad y gobernabilidad de un sistema autoritario. Cuando alguien se vuelve indiferente a la violación de los derechos de los otros, al hambre, a la persecución, a la cárcel, a las injusticias y se mantiene ajeno al sufrimiento de los otros para alejarse de la probabilidad de ser víctima de las mismas injusticias, está contribuyendo, consciente o inconscientemente, con la sustentabilidad de tal sistema y tarde o temprano terminará siendo víctima del mismo. Cuando alguien deja de alzar su voz y sólo se atreve a murmurar entre las cuatro paredes de su casa porque no se atreve a protestar públicamente por sus derechos y espera que sean otros quien lo hagan por él, para obtener sólo el beneficio mientras otros corren los riesgos, estamos contribuyendo, consiciente o inconscientemente, a la sustentabilidad del sistema. Hay muchas formas en las que, consciente o inconscientemente, formamos parte del sistema y lo sostenemos.

Otra baja importante al cierre de este año y principios del próximo será la pérdida de los referentes tanto de liderazgo como de las formas de lucha. Es así como al día de hoy una mayoría de la población ignora que es la Mesa Nacional de Diálogo y quiénes participan en ella, así como la suerte que han corrido los partidos mayoritarios, producto de la intervención de cara a la próxima elección, lo que podría traducirse en una abstención media del lado de la oposición con una gran dispersión del voto que dará como resultado el triunfo del PSUV en la mayoría de los circuitos y una bancada “opositora” minoritaria y muy diversa en la que los partidos más conocidos y con mejor estructura organizativa, Avanzada Progresista (Henri Falcón) y Acción Democrática (Bernabé Gutierrez), podrían tener una ventaja relativa.

Asimismo, la pérdida de los referentes de liderazgo y la proliferación de actores, acarreará la proliferación de estrategias que se neutralizan unas con otras mientras el país democrático logra encontrar un nuevo centro de gravedad en torno al cual hacer gravitar sus esfuerzos.

La buena noticia es que, afortunadamente, las tres cuartas partes del país no se han rendido y están dispuestos a continuar luchando por recuperar la democracia y la libertad. De este grupo, una porción muy importante podría pasar a engrosar al sector que se rinde si no se muestra un camino claro y con resultados palpables, pero aún así hay alrededor de un cuarenta por ciento de la población que lejos de rendirse tiende a radicalizarse aún más en su lucha, aunque continúa sin existir un consenso en torno a una estrategia que  unifique a esta gran mayoría del país.

Las lecciones que aún estamos a tiempo de aprender

Cuando nos volvemos indiferentes a la situación, o decidimos conformarnos y tolerar cualquier cosa por miedo o porque pensamos que no hay nada que hacer, o decidimos que sean otros quienes protesten y corran los riesgos por nosotros, el problema somos nosotros porque a partir de alli, consciente o inconscientemente, somos parte del sistema que sostiene a un mal gobierno, a un régimen autoritario.

Los regímenes autoritarios son, por lo general, malos gobiernos, y es por ello necesitan sostenerse por la fuerza al no contar con el apoyo de la gente. Los malos gobiernos son, y serán siempre, la principal causa de las miserias humanas. En la casi totalidad de los países en donde encontramos tragedias humanas que se sostienen en el largo plazo, encontraremos regímenes autoritarios. Si tomamos el Indice de Estados Frágiles que produce el Fondo por la Paz, en el que se se clasifica a los países basándose en doce factores, como la presión demográfica creciente, movimientos masivos de refugiados y desplazados internos; descontento grupal y búsqueda de venganza, huida crónica y constante de población; desarrollo desigual entre grupos; crisis económica aguda o grave; criminalización y deslegitimación del Estado; deterioro progresivo de los servicios públicos; violación extendida de los Derechos Humanos; aparato de seguridad que supone un ‘Estado dentro del Estado’; ascenso de élites faccionalizadas e intervención, de otros Estados o factores externos, encontraremos entre los peores cinco a Yemen, Somalia, Sudán del Sur, Siria, República Democrática del Congo, ninguno de ellos caracterizado por su historia democrática. En el mismo índice encontraremos a Venezuela en el puesto 34 entre 178 países, teniendo como referentes más cercanos a regímenes autoritarios como el de Mozambique, Egipto, Angola y Bangladés.

Hoy, cuando el cambio político no es una opción, sino la única alternativa posible si queremos continuar existiendo como país, se impone una actitud más humilde que nos permita aprender de la experiencia propia y ajena, pero también una que rescate lo más valioso de nuestro carácter, para ser capaces de anteponer lo mejor de nuestros valores y principios como nación a las adversidades que nos tocará enfrentar en el futuro inmediato.

Pero como concluye Huntington, tras estudiar todos los factores y variables que condujeron a la Tercera Ola de democratización del mundo, “un régimen democrático es instalado, no por tendencias sino por sus pueblos, no por causas sino por causantes”.

En este sentido, nos toca entender que nunca es posible cambiar nuestras circunstancias si no somos capaces de cambiar nosotros mismos. Es así como uno de nuestros rasgos más detestables, ese al que denominamos orgullosamente como “viveza criolla” y que lejos de contribuir a nuestro carácter lo debilita al esperar que sean otros, “los pendejos”, quienes asuman los riesgos que nosotros no nos atrevemos a asumir, es lo primero que debemos erradicar para asumir entre todos la responsabilidad que es de todos, al tiempo que dejamos de esperar por mesías que comandan ejércitos, nacionales o extranjeros, para rescatarnos de las consecuencias de los errores propios o heredados.

El mayor capital que desde hace mucho tiene la oposición democrática del país, no son sus alianzas internacionales, que son valiosas y debemos cuidar, sino su capital político, un capital que hoy está constituido por una gran mayoría del país que representa al menos unos dos tercios de la sociedad venezolana que aún vive en esta tierra y que es aún mayor cuando se le suma la casi totalidad de quienes se vieron obligados a emigrar. Sin embargo ni la mayoría de la oposición ni la minoría que aún apoya al chavismo-madurismo es algo que le pertenezca a ningún partido ni liderazgo, sino es algo que se tiene o se pierde dependiendo de la capacidad que tenga un liderazgo para conectarse con sus audiencias, para hacerlas sentirse respetadas y representadas por quien pretende liderar. Es así como no existe liderazgo por default, o sea por ser el enemigo de mi enemigo. Tales liderazgos circunstanciales, si es que se les puede reconocer como tales, tienen fechas de vencimiento de muy corto plazo porque no constituyen liderazgos propiamente dichos al no estar fundamentados sobre las bases sólidas de un proyecto compartido. Un liderazgo sólido, con una visión honesta que apele a la mayoría del país, no solo es capaz de tener resonancia entre quienes se oponen al actual régimen, sino incluso entre muchos de los que hoy lo apoyan circunstancialmente al régimen por conveniencia o por miedo, si encuentran en éste un mayor valor.

Política con P mayúscula

Hacer Política (con P mayúscula) no es tan solo hacer campaña e ir a una elección, hacer Política es liderar y ocuparse de los asuntos públicos, del bien común. Hacer Política es compartir y liderar una visión, es luchar por materializar esa visión. Hacer Política es representar y defender unos principios y valores que incluyan a la mayor cantidad de personas posibles en una visión compartida de futuro, incluso a quienes en algún momento nos adversaron, tal como hizo Mandela con quienes le robaron su vida, manteniéndolo 27 años en prisión. Es por ello que no puede liderar quien es liderado por las encuestas, y pretende decir solo lo que quieren oir quienes le siguen. Lidera quien le habla además, de manera coherente, a quienes no le siguen para ofrecerles un futuro con mayor certidumbre, en donde su seguridad y su futuro no dependa del uso de la violencia contra los otros. Un futuro en donde el militar o el policía puedan salir a la calle uniformados sabiendo que no serán irrespetados, mal vistos o ignorados por temor, sino que son respetados y admirados. Un futuro donde el que piensa distinto pueda hablar y argumentar sin miedo a ser agredido, perseguido y menos apresado por sus ideas. Un futuro en donde los ciudadanos puedan ejercer su ciudadanía en la calle, en las urnas de votación o en cualquier otro espacio, sin más limitación que su conciencia y el respeto al derecho de los demás.    

La lucha de esta nación debe apuntar hacia su renacimiento como una mejor nación para ganarnos una nueva oportunidad para reconstruir algo grande, digno, sin vivezas ni atajos. Una nueva nación sólida y grande de la que nos sintamos orgullosos. Pero no puede haber reconstrucción en medio de una guerra, primero hay que finalizar el conflicto para poder reconstruir. Dos grupos que se perciben como adversarios no pueden conformar una comunidad. Lamentablemente, el actual régimen pareciera estar interesado en mantener y exacerbar estas divisiones para mantener su dominio por el miedo. 

Y aunque el régimen quiera exacerbar las diferencias, existen causas y aspiraciones que nos unen más allá de que hoy somos capaces de reconocer. Es así como todos los venezolanos queremos vivir en un país normal, o sea en uno en que cada ser humano pueda desarrollarse en el campo de su elección. Un país en donde quien trabaja ocho horas al día, sea cual sea su trabajo, pueda, como mínimo, pagar un techo sobre su cabeza, tres comidas, y contar con la protección social mínima necesaria para garantizar su educación, su seguridad y su atención médica. Un país en donde la educación sea realmente un derecho y una prioridad mediante la cual el Estado garantiza a cada ciudadano una vida productiva e independiente. Un país donde el progreso y el desarrollo no sea un juego suma cero, en donde para que unos ganen otros necesariamente deban perder. Un país con un Estado fuerte para sacar adelante las funciones que corresponden al Estado (justicia, seguridad, salud, educación), no uno que se haga fuerte en lo que no le corresponde para hacer a sus ciudadanos más dependientes y vulnerables a la manipulación y el chantaje.

Nos ha tocado vivir en tiempos extraordinarios. En tiempos donde tenemos que reinventarnos a nosotros mismos y como nación. Tiempos de retos como los que se han sido vividos por muchas generaciones. Tiempos en donde se pone a prueba nuestro carácter y nuestro temple.  ¿Vamos a dejar que estos tiempos nos superen sin pena ni gloria?, ¿vamos a dejar pasar esta oportunidad desde la mediocridad  de la inacción conformándonos con solo ver la lucha de otros sin tener ninguna participación en una lucha que por esencia es nuestra?, ¿vamos a hacer simples testigos inertes de la lucha que definirá nuestro futuro y nuestra libertad?, ¿vamos simplemente a conformarnos con ver y hablar de lo que otros hacen y y criticar y sin aportar absolutamente nada  haciéndonos parte de un sistema que nos devora?, ¿vamos a conformarnos con ser los hombres y mujeres que entreabren las cortinas para ver, sin que nos vean, pasar a quienes luchan mientras permanecemos escondidos? ¿Es ese el rol que queremos? ¿Es ese el rol en que nos vemos?  Aquí el problema no es si creemos en un mesías o en ejércitos salvadores, el problema es si somos capaces de volver a creer en nosotros mismos.

La lucha que libra hoy Venezuela se resume bien en una expresión que se hizo popular y todos coreábamos en las marchas: “¿Quienes somos? Venezuela. ¿Qué queremos? Libertad”. Esta es la narrativa que ha impulsado las grandes luchas. La historia de la humanidad es, en buena parte, la historia de la lucha por la libertad. Pero para ello debemos comenzar por creer en nosotros mismos.

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