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Colombia, Perú y Chile: llamado de atención

Trino Márquez

Colombia ha estado dominada por la violencia callejera desde hace casi dos meses. El conflicto se inició por un inoportuno proyecto de reforma fiscal presentado por el gobierno de Iván Duque, pero luego quedó claro que el descontento de la población era mucho más profundo y generalizado. Esa propuesta solo fue la espita que disparó la granada contenida dentro de la sociedad colombiana.    El Comité Nacional del Paro, agrupación que ha conducido el conflicto a lo largo de esta etapa, ha mantenido conversaciones con el gobierno, sin que ese contacto entre las partes se haya traducido en acuerdos estables que abran una salida pacífica a la crisis nacional. Los disturbios parecieran consolidar el piso político electoral de la izquierda representada por Gustavo Petro.

          Perú está muy cerca, al parecer, de ver el triunfo de Pedro Castillo, maestro de escuela que se proclama marxista leninista y admirador de la revolución cubana, a estas alturas del siglo XXI, tres décadas después de la caída del Muro de Berlín, el colapso de la Unión Soviética y de conocerse, con lujo de detalles, la miseria provocada por el comunismo en el mundo y los crímenes atroces cometidos por Lenin, Stalin, Mao Ze-dong, Fidel Castro  y todos los líderes afiliados a las doctrinas de Marx, que han gobernado en el planeta.

          En Chile -en el referendo convocado luego de las violentas jornadas de protesta de 2018,   para redactar una nueva constitución, que sustituiría a la de Augusto Pinochet- fueron derrotados los partidos de la Concertación por la Democracia, los cuales durante treinta años mantuvieron los acuerdos políticos que condujeron la transición, le dieron estabilidad institucional  al país y garantizaron la continuidad de las políticas económicas que preservaron durante un largo período tasas sólidas de crecimiento. En esa consulta triunfaron un conjunto de organizaciones de izquierda  que cuestionan el modelo de desarrollo de la nación. Lo más probable es que la nueva carta magna sea un híbrido condimentado con mucho populismo, asistencialismo e intervencionismo estatal.

          En los tres casos hay una revuelta antisistema. Antimodelo imperante. Los protagonistas de la rebelión han sido los jóvenes y los sectores medios, en Colombia; las capas medias y los grupos sociales rurales e indígenas, en Perú; y también los  jóvenes y las clases medias, en Chile.

          La característica común de esos tres países reside en que durante un largo ciclo han mantenido tasas sostenidas de crecimiento basado en economías abiertas, de mercado. La economía colombiana logró prosperar incluso cuando Pablo Escobar y el Cartel de Medellín imponían su ley en el país, en la década de los ochenta. A partir de 1990, y durante treinta años, ha tenido un promedio de crecimiento de 3.6% del PIB, solamente interrumpido por la covid-19. Perú, desde la era de Alberto Fujimori, también exhibe un promedio parecido, 3.5%, afectado ahora igualmente por la pandemia. Y, como ya lo apunté, Chile, la economía de mayor expansión en América Latina, ha aumentado a un ritmo de 5%  desde hace casi cuatro décadas.

          Entonces, la pregunta resulta inevitable: ¿Por qué en estas naciones los ciudadanos voltean su mirada hacia fórmulas que comprometen el esquema de crecimiento basado en la economía de mercado, las exportaciones, la competencia interna, la productividad,  el resguardo a los derechos de propiedad y las limitaciones a la intervención del Estado?

          El desencanto con ese patrón ha sido de los grupos que se sienten, y están, excluidos del desarrollo. Quienes consideran que no participan de la  prosperidad debido a que la riqueza se concentra en un segmento reducido de la población. En los privilegiados de siempre. Esta, sin duda, es una visión distorsionada de los hechos. Los indicadores del Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Interamericano de Desarrollo y otros organismos internacionales, muestran cómo millones de familias han salido de la pobreza. Sin embargo, esa percepción ligada a la exclusión la poseen las capas sociales amotinadas contra el esquema imperante.

          Poco importa que su imagen esté deformada. Lo fundamental  para el análisis y la comprensión del fenómeno es que amplias franjas de la población no se sienten satisfechas con esas cifras que llenan de orgullo a los burócratas. Piensan que los gobiernos y las élites no realizan las suficientes inversiones para mejorar la calidad de vida de la gente y capitalizar los recursos humanos.  Que no se destinan suficientes fondos para disminuir la brecha social y hacer más equitativas y homogéneas las naciones. Que los gobiernos deben redoblar los esfuerzos para optimizar la calidad del empleo en las zonas urbanas y rurales; y mejorar las condiciones de la salud, la educación, la seguridad social, la vivienda y el transporte público. 

          Si la dirigencia política y la élite social latinoamericana no ven esta realidad e intentan corregirla con audaces políticas universales de redistribución del ingreso, los marxistas y los populistas, generalmente antidemocráticos, contarán con un ambiente favorable donde consolidarse. El caso de Venezuela debería ser aleccionador.

          @trinomarquezc

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