
Tomada de aarp.org
Maykel Navas
27.11.24
El triunfo de la presidencia de los Estados Unidos de América por parte de Donald Trump, representa para la sociedad norteamericana un dilema ético entre un comportamiento virtuoso, atado a la concepción general de decencia, y la relativización moral y ética de la actualidad. Aunque en la sociedad estadounidense pareciera que prima el “todo vale” para que cada individuo logre sus ambiciones personales, en realidad, esa nación tiene contenciones morales, éticas y religiosas que demuestran lo contrario.
En este sentido, se plantea ¿cuándo se puede estar ante un dilema ético? La respuesta sería: cuando los conceptos morales y los imperativos éticos socialmente aceptados, entran en contradicción con una situación dada. En función de lo anterior, la elección del presidente Trump representa un dilema de esas características, para toda la sociedad norteamericana, tanto para quienes votaron a favor y mucho más para quienes votaron en su contra.
Un aspecto de la próxima presidencia de Trump será cómo responder a todas las acusaciones penales, civiles y políticas que pesan sobre él. Hasta ahora, el futuro mandatario y su equipo han explotado, a su favor, todas las causas en su contra, logrando victimizar su figura y obtener así créditos políticos.
Para la mayoría de los republicanos y el resto de sus seguidores, él es una víctima y representa el ideal americano de triunfador por encima de las dificultades. El presidente electo, luego de su derrota presidencial de 2020, logró limpiar la imagen de losser o “perdedor”, concepto que pesa mucho en el imaginario colectivo nacional a la hora de valorar a las personas y su liderazgo.
Dejar de ser un “perdedor” es en la actualidad beneficioso para Donald Trump. Esta nueva situación, ciertamente, esconde muchas de sus actuaciones tanto como presidente, como ciudadano común, a lo largo de su vida y en su corta carrera política. Trump volverá a la presidencia, y por un tiempo, se va presentar como un ganador; sin embargo, también cabe preguntarse ¿a qué costo colectivo nacional podría lograrlo? Se podría pensar que a un costo extremadamente alto para los valores que los estadounidenses se han empeñado en representar para sí mismos y el mundo.
A finales del siglo XIX, Estados Unidos toma conciencia de su desarrollo industrial, de su poderío militar, influencia y dominio sobre el continente americano, lo cual le otorga paridad con las potencias europeas de esa época. Desde entonces, EE.UU. ha basado sus acciones interiores y exteriores en nombre de la Libertad y la Democracia. Bajo esos dos ideales intentó diferenciarse de sus pares imperialistas de Europa.
Los europeos, a diferencia de los americanos, sustentaban, de manera retórica, sus expansiones imperialistas bajo la justificación moral de propagar la civilización occidental, el progreso y su religión a todas las regiones del mundo, que consideraban atrasadas.
El historial de intervenciones políticas estadounidense ha contado con un importante apoyo de los ciudadanos norteamericanos, que desde finales del siglo XIX se han arrogado el rol de ser el país defensor de la Democracia, con la misión providencial de implantar la Libertad en el mundo. Gracias a los medios de comunicación y a la retórica oficial, estos preceptos se han sembrado en el imaginario colectivo de su población, que tiene la profunda convicción de ser una autoridad para clasificar a los Estados y los gobernantes en “buenos” y “malos”.
Esos preceptos son reproducidos de manera textual e ideal por la industria cultural norteamericana (cine, televisión, literatura, redes sociales, etc.), de ahí son implantados en la conciencia de sus ciudadanos. Dada la influencia mundial de esos medios, su mensaje modélico termina estableciéndose así en el resto del mundo.
Todos esos cánones han conformado una ética nacional, de la cual los norteamericanos, en su gran mayoría, se sienten orgullosos, sin importarles las vidas y los proyectos extranjeros que han sido arrollados por esa concepción. Ahora bien, llama la atención que toda esa estructura de valores nacionales está cuestionada ante la reelección de Donald Trump.
No se trata de oponerse al presidente electo por su incómoda locuacidad, sino que al frente de la primera magistratura, pone en cuestionamiento todo lo que desde el punto de vista como sociedad es importante para la mayoría de los norteamericanos, sobre todo el sentido de honradez y transparencia.
¿Cómo podemos catalogar a un político que tiene una larga lista de acusaciones y juicios pendientes? Algunas de las acusaciones sobre Donald Trump son:
Interferencia electoral: “la acusación lo señala de participar en una conspiración para defraudar a Estados Unidos, amenazar los derechos de los demás y obstruir un procedimiento oficial ante el Congreso -el conteo de votos electorales que certifica la victoria de Biden- y la obstrucción de un procedimiento oficial, en referencia al recuento de votos del Colegio Electoral realizado por el Congreso el 6 de enero de 2021, cuando 2.000 partidarios de Trump irrumpieron en el Capitolio de EEUU en una protesta violenta”.
Retención ilegal de documentos secretos del Estado en su residencia de la Florida, después de dejar la presidencia: “el expresidente republicano se fue de la Casa Blanca y se llevó consigo documentos contentivos de secretos de alta confidencialidad para el gobierno de EE.UU. y habría ordenado a sus hombres esconderlos del registro del FBI”.
Investigación para ser imputado por el fiscal Fani Willis en Atlanta, Georgiapor: “Los intentos del candidato republicano al tratar de anular su derrota por 11.779 votos ante Joe Biden en ese estado sureño”. Caso relacionado por el cual su abogado, el conocido exalcade de la ciudad de Nueva York, Rudy Giuliani, fue condenado a pagar 148 millones de dólares a dos funcionarias del estado de Georgia por difamación.
Además, Donald Trump ya ha sido condenado por dos casos. El primero en febrero de este año, cuando un tribunal de Nueva York lo consiguió culpable por “fraude patrimonial” al aumentar el valor de sus propiedades con el fin de conseguir préstamos bancarios más altos. De tal manera, la corte ordenó al candidato republicano pagar una multa de cerca de 355 millones de dólares, aunado a la prohibición de hacer negocios dentro de ese estado.
A finales de mayo de este año, el presidente electo fue hallado culpable por conspirar para evitar que los medios publicasen varios escándalos sexuales ocurridos en la campaña de las elecciones presidenciales de 2016. El abogado y vicepresidente de las empresas Trump pagó 130 mil dólares a Stephanie Clifford, estrella del cine para adultos, conocida como Stormy Daniels, como un acuerdo de confidencialidad.
El pronunciamiento de la sentencia ha sido pospuesto indefinidamente, hecho que corrompe uno de los principios más preciados de la Democracia estadounidense: el veredicto de un jurado es sagrado y respetado por todos los ciudadanos sin distinción de ningún tipo.
Toda esta degradación del tejido moral, del cual se vanagloriaban los norteamericanos, conduce a un dilema ético y moral para esa nación, no solo para los partidos republicano y/o demócrata, sino también para la gran mayoría de los habitantes decentes de esa nación, ya que no parecen reaccionar contra esa situación.
La elección de noviembre de 2024 plantea varias discusiones para el ciudadano común norteamericano, especialmente para los que dieron su voto a favor de Donald Trump, a pesar de los juicios, las sentencias y el comportamiento personal del mandatario:
¿Estamos en presencia de la consolidación de una nación donde lo normal será la doble moral de sus altos representantes? ¿Ya no importan los valores religiosos y morales para sus ciudadanos? ¿En Estados Unidos se consolidará el pragmatismo ético que roza los límites de lo decoroso en lo judicial? ¿Se convertirá la nación del norte en un régimen como los que tanto han criticado en el pasado? Y, por último, siguiendo el estribillo de su himno nacional: ¿seguirá ondeando la bandera estrellada sobre la tierra libre y el hogar de los valientes?
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