
José Guédez Yépez 08.01.25
Hay un dato incuestionable cuyas implicaciones en la historia y en la psique humana han sido poco analizadas, pero que pudieran ser claves para entender conceptos tan importantes como el poder. Me refiero al hecho de que nuestra propia vida nos es ajena. Nacemos sin nuestro consentimiento en circunstancias aleatorias que no escogemos. Y así como no pudimos evitar venir a este mundo, tampoco podemos evitar dejarlo algún día. Nuestra vida no depende de nosotros, ni en su origen ni en su fin, y muy poco durante su desarrollo.
¿Qué hacer entonces con una vida que nos viene dada sin nuestro consentimiento y que perderemos inevitablemente en algún momento? Todo lo que hacemos en nuestra vida, una vez que podemos tomar control de ella, es intentar compensar esta falta de poder sobre nuestra existencia. Se trata de un complejo de impotencia en el plano biológico que bien pudiera ser el origen del poder humano. Trataré de explicar esta hipótesis.
Las circunstancias en las que se desarrolla nuestra vida son ajenas a nuestra voluntad. La época, el país, el entorno, las condiciones socioeconómicas, las características genéticas, la familia, todo, es producto de un azar que nos predestina la existencia. Incluso algo tan personal como la fe que profesamos está condicionada por estas circunstancias previas a la plenitud de nuestra conciencia. Imaginemos por un momento que nacemos en otra época, en otro país y en el seno de otra familia que tiene otra religión y que es o mucho más rica o mucho más pobre que la nuestra. ¿Seríamos los mismos?
La mayoría de las cosas de las que nos sentimos orgullosos no son mérito nuestro, no son producto de nuestras decisiones, sino de antecedentes históricos o decisiones ajenas. Nada depende de nosotros, ni siquiera nuestra apariencia física. Todo nos viene dado.
El caso es que la vida es todo menos libertad, porque no escogemos vivir y no podemos evitar morir, al tiempo que debemos lidiar con las circunstancias azarosas que no dependieron de nosotros. El control sobre nuestra vida es una ficción que creamos como mecanismo de defensa para no sentirnos tan impotentes ante esta realidad existencial. El poder humano no es más que una compensación frente a dicho complejo.
Al no tener poder real sobre nosotros mismos, sobre nuestra propia vida, procuramos tenerlo sobre los demás y sobre las nuevas circunstancias que se nos presentan, las cuales intentamos dominar. Porque como dijo Ortega, existir consiste en salvarnos en nuestras circunstancias, que por naturaleza son ajenas a nosotros. Es la circunstancia la que define al individuo, por lo que somos ajenos a nosotros mismos.
Pero definirse en la circunstancia azarosa es mucho más dramático de lo que se suele interpretar. Quizás por eso se construyeron pirámides, se levantaron iglesias, se conquistaron territorios, se forjaron imperios y se crearon empresas. Es todo parte de la crisis existencial del hombre, que debe definirse en su circunstancia y que solo puede reconocerse en ella, porque su vida no dependió ni depende de él mismo. Quizás solo podemos aspirar a eso, a ser la circunstancia, porque la vida llega y se va sin contar con nosotros.
Y como nuestra vida no es nuestra, no nos pertenece, necesitamos de otros bienes para sentirnos dueños de algo. La propiedad es parte también del poder humano. Acumulamos riquezas que trascienden a nuestra propia vida, sin darnos cuenta del absurdo.
Que nuestra vida nos sea ajena es algo que nos acompleja y que no estamos dispuesto a admitir conscientemente. No la escogimos y tampoco la podemos retener. Solo podemos decidir, con suerte, qué hacer con ella, en el marco de las circunstancias heredadas y por un tiempo limitado. Y es en ese pequeño espacio de control sobre nuestra vida que se genera esa dialéctica explicada magistralmente por Hegel, en la que cada quién intenta imponer su voluntad y dominar al otro. Es la lucha de la autoconciencia que nos diferencia de los animales y que nos hace sentirnos inconformes con esa realidad biológica que nos reduce a un mero eslabón de una cadena genérica cuyo único propósito en sobrevivir.
Pensemos en cualquier animal, su razón de ser es la preservación de su propia vida para beneficio de su especie. Vivir lo suficiente para dar vida a su descendencia sin pretender ninguna trascendencia individual. Su meta es sobrevivir y pasar los genes a las nuevas generaciones, lo cual hace por mero instinto. De hecho, la única competencia que hay en la naturaleza tiene que ver justamente con el privilegio de comer y procrear. Pero nosotros, al haber desarrollado consciencia, no nos conformamos con esa tarea y necesitamos buscarle sentido a nuestra vida más allá del rol biológico. Vivir no es suficiente, al punto que intuimos que nuestra conciencia trasciende la vida biológica.
En la naturaleza animal no existe propósito individual que no esté al servicio de la biología. El hombre en cambio creó un mundo artificial en el que el poder es esencial, al punto que es capaz de arriesgar su propia vida para conseguirlo. Somos un ser vivo como el resto, solo que, por alguna razón todavía misteriosa, tenemos conciencia individual de nuestra vida y de nuestra muerte, las dos circunstancias que definen nuestra existencia y que no podemos controlar. Ese complejo, el de lo ajeno de nuestra vida, lo compensamos creando un mundo ficticio que podemos controlar, para rebelarnos de la tiranía biológica que nos hace insignificante e intrascendente.
En venganza creamos un mundo de conceptos e ideas al margen de las leyes naturales. La religión, los Estados, el idioma, el arte, nada de eso existe realmente en la naturaleza, son ficciones creadas por la conciencia humana. Y es ahí donde ejercemos el poder que no tenemos sobre nuestra propia existencia en la dimensión biológica. Porque al tratarse de ficciones no reales naturalmente, solo existen en la medida que se impongan como idea o concepto, lo cual solo puede hacerse a través del poder. La dialéctica del amo y del esclavo de Hegel.
Las fronteras de un país, por ejemplo, son solo líneas imaginarias que se imponen como verdad gracias al poder, porque no existen realmente en la naturaleza y por eso van cambiando a través de la historia. Son ideas que valen en la medida que se pueden imponer al resto como verdad. Ese mundo ficticio creado por el hombre al margen de la naturaleza es lo único que puede controlar. Incapaz de saber por qué vino al mundo en circunstancias ajenas a su propia voluntad, y menos por qué debe dejarlo sin saber que había antes y qué habrá después para su conciencia, crea Estados, ideologías, religiones, ciudades, imperios, arte, monumentos y dogmas.
Los humanos creamos un terreno firme para pisar que, aunque ficticio, nos da la posibilidad de sentirnos en control. Es esa misma conciencia, que no puede resolver el misterio existencial, la que crea todo lo demás como compensación engañosa. Ortega y Gasset diferenció las ideas de las creencias estableciendo que las ideas se tienen y en las creencias se está. Las ideas son nuestras, las tenemos, las poseemos, las sostenemos. En cambio, las creencias están en nuestro inconsciente y son ellas las que nos sostienen a nosotros. La tesis del filósofo español grafica perfectamente la diferencia entre el mundo natural que representa la creencia del mundo ficticio que representa la idea.
Las ideas son ficciones que creamos y que deben sostenerse para que existan, lo cual solo se puede hacer con el poder. La batalla de las ideas es la batalla del poder humano, por el control de un mundo ficticio hecho por nosotros mismos. En la creencia están también los animales, por eso actúan por instinto. Es la naturaleza misma, en la que somos insignificantes, tan solo un eslabón biológico sin trascendencia individual. Nuestras creencias responden a esa faceta animal y biológica que tenemos, mientras que las ideas responden a la condición humana de nuestra conciencia. Un ejemplo que ponía Ortega sobre creencia era que asumíamos inconscientemente que había un piso firme debajo de nuestros pies. La creencia es lo que asumimos sin pensar, es el instinto animal.
Lo que nos diferencia de los animales es entonces la idea, la ficción, el mundo no natural que hemos creado para tener control, poder. Esa es la característica esencial de los humanos. Mi vida no es mía, porque no me la di yo, ni tampoco la puedo retener a voluntad. Solo mi idea es mía. Pienso, luego existo. Pienso por mí, pero no existo por mi. La idea es mi verdadera vida. Por eso los humanos se acomplejan de todo lo natural, de su parte biológica. La civilidad es lo contrario, es su única obra. Solo gobierna la idea, porque su vida le es ajena.
Somos el único ser vivo en este planeta que tiene conciencia de su existencia y que, por tal motivo, nos acompleja no dominarla. Por eso hicimos una vida artificial al margen de la naturaleza, con ideas y conceptos que nos dan esa sensación de control que no tenemos en el plano biológico. Y por eso arriesgamos la vida por una idea, porque solo la idea es nuestra, aunque ficticia. El poder, quizás como todo, es un mecanismo de defensa frente a un complejo existencial. Pero eso somos.
Categorías:Destacado, Opinión y análisis



















