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Tan lejos y tan cerca: A ochenta años del fin de la Segunda Guerra Mundial

Tomada de espanol.almayadeen.net

Tomás Straka 29.05.25

El pasado 14 de mayo fue inaugurado en Caracas el monumento a la Victoria de la Gran Guerra Patria.  Con ello, la capital venezolana se une a las de otros países, sobre todo de Europa central y oriental, con plazas y grandes conjuntos escultóricos en honor del Ejército Rojo.  La única diferencia es que Caracas no fue liberada por las tropas soviéticas en 1944 o 1945, como ocurrió en casi todas las ciudades en los que se erigieron monumentos de este tipo, ni el conjunto se levantó en la inmediata posguerra, o al menos mientras la Unión Soviética existió, sino a ochenta años de terminada la Segunda Guerra Mundial.  No en vano, el conjunto, hecho por el artista merideño Jesús Manuel Suescún en riguroso realismo socialista, ha llamado tanto la atención. El inusual monumento no habla tanto de la peor guerra de la historia de la humanidad, o del papel que, sin duda alguna, tuvo la Unión Soviética en la derrota del nazismo, como del mundo que hoy la reinterpreta en términos que hace veinte o treinta años nos hubiesen sorprendido.  Tanto, como puede hacerlo un monumento soviético en la Plaza Venezuela, de Caracas. Un monumento que nos dice, a un mismo tiempo, cuán lejos estamos del orden mundial que se perfiló en 1945, así como lo cerca que seguimos estando de algunos de sus problemas más graves.

Al día siguiente de la inauguración del monumento soviético-caraqueño, se reinauguró otro en Moscú que ha dado todavía más de que hablar: un conjunto en honor a Stalin que había sido removido en los días de la desestalinización.  Por lo que se ve, el ochenta aniversario del final de guerra ha servido en Rusia, y en sus países aliados, como rehabilitación de la era soviética, incluyendo a su personaje más polémico.   El aeropuerto de Volgogrado se llama ahora “Aeropuerto Stalingrado”, en tanto que a la gran parada de la Plaza Roja asistieron líderes de muchos países, incluyendo a Nicolás Maduro, todos en sus solapas con cintas de la orden de San Jorge, aquella vieja condecoración zarista que Stalin reintrodujo durante los días más duros de la invasión alemana.   Por el contrario, en Occidente la celebración ha tenido completamente otro cariz. No sólo ha sido mucho más moderada, sino que la sensación ha sido la de la duda de que quede algo que celebrar.

Cada 8 o 9 de mayo, según se esté en Occidente o en Rusia, se celebraba la victoria sobre el fascismo, una victoria que en Occidente se asociaba a la democracia; la construcción de un orden pacífico (al menos lo fue en Europa), y el establecimiento de un sistema mundial regido por el derecho y no por la fuerza (de nuevo, al menos, en términos generales).  Hoy, nada de eso parece tan seguro en 2025 como lo parecía, por ejemplo, en 1995 o 2005. Con el crecimiento de la extrema derecha en Europa, los conflictos institucionales de los Estados Unidos, las guerras de Ucrania y Gaza, y la decisión, ya asumida por todos, de que Europa debe prepararse para una nueva guerra, aunque sea por aquello de que si quieres la paz, prepárate para la guerra, lo que se creía sepultado en 1945, parece estar más vivo que nunca. ¿Tiene, por lo tanto, sentido celebrar el fin de algo que, en contra de todo lo que habíamos imaginado, en realidad no se había acabado?   Tal vez nadie lo ha dicho así, pero apuntan en esa dirección el tema del 2% del PIB para armas, la reintroducción del servicio militar en muchos países europeos, o los dimes y diretes territoriales, algunos en zonas que siempre han sido motivo de disputas, como, precisamente, algunas áreas de Ucrania y Crimea.

Cuando Boris Johnson evocó a la Guerra de Crimea (su ministro de defensa, Ben Wallace, dijo que podrían patear en el trasero a Rusia como en 1853: “the Scots Guards kicked the backside of Tsar Nicholas I in 1853 in Crimea – we can always do it again. Tsar Nicholas I made the same mistake Putin did… he had no friends, no alliances”), Emmanuel Macron planea enviar una fuerza multinacional a Ucrania (como en 1853, pero los críticos dicen que también como otro francés ya lo hizo en 1812…) o Friedrich Merz asegura que su plan de volver al ejército alemán el más fuerte de Europa, los viejos y peores fantasmas de Europa parecen estar de vuelta.  Por su lado, Vladimir Putin ve en todo esto es la confirmación de su tesis.  Para él, Europa nunca había cambiado: como en 1812, o en 1853, o en 1941, las potencias occidentales simplemente quieren acoquinar a Rusia, dominarla y, en última instancia, repartirse su área de influencia. Lo que se diga de la democracia, a su juicio, es una excusa. La experiencia inmediatamente posterior a la caída del comunismo, humillante para los rusos; la incorporación de los países bálticos a la OTAN y, como remate, la pretensión de Ucrania de unirse a la Unión Europea, son, según su punto de vista, prueba de esas pretensiones occidentales.   Por eso reivindica a Stalin, un hombre que, al cabo, salvó a Rusia del peligro más grande de su historia, sometió a Ucrania, aunque haya sido al costo de la hambruna conocida como el Holodomor, una de las grandes tragedias del siglo XX; recuperó a los países Bálticos, y que, para evitar problemas similares en el futuro, hizo un verdadero cordón sanitario con Occidente con esa Cortina de Hierro que efectivamente se tendió desde Stettin  hasta Trieste, como dijo Churchill en su famoso discurso.  Ahora que Rusia está otra vez rodeada por la OTAN, la idea de un cordón similar no le resulta a Putin en absoluto descabellada. 

En este sentido, en 2020, a propósito de los setenta y cinco años del final de la guerra, publicó un largo y documentado ensayo, “El 75º aniversario de la Gran Victoria: responsabilidad colectiva ante la historia y el futuro”, que fue traducido al español y reproducido en varios sitios (El Universal, de Caracas, lo publicó el 20 de junio de 2020:  https://www.eluniversal.com/internacional/73662/el-75-aniversario-de-la-gran-victoria-responsabilidad-colectiva-ante-la-historia-y-el-futuro).  En el texto, Putin hace un alegato a favor de la política de Stalin.  Leído el día de hoy, si lo vemos bien, es una explicación sus razones para la guerra de Ucrania.  Por ejemplo, trata uno de los temas más polémicos de la Segunda Guerra Mundial: la invasión soviética a Polonia en 1939. Ocupar toda la parte oriental de lo que entonces era el territorio polaco, justo cuando la Wehrmacht machacaba el lado occidental, no sólo ha sido visto como acto vil, sino que siempre ha tenido la carga, muy incómoda para todos, de que al menos al principio de la guerra el III Reich y la URSS actuaron como aliados.  Pero Putin no sólo no elude el hecho, sino que lo justifica. Como lo sucesos posteriores lo demostraron, señala, fue absolutamente necesario. Además, no hubo en ello ninguna inferioridad moral con respecto a Occidente.  ¿No habían firmado Francia y Gran Bretaña el Pacto de Munich con Hitler, sacrificando a Checoslovaquia por la paz?, se pregunta. ¿Por qué, entonces, lo firmado por Molotov con Ribbentrop era moralmente peor?  ¿Sólo porque lo firmó un ruso, y no un inglés y un francés? Más aún: ¿no se aprovechó la mismísima Polonia del Pacto de Munich, arrebatándole también un pedazo a Checoslovaquia? Por último, ¿no demostró estar Stalin en lo correcto al correr su frontera centenares de kilómetros al occidente, aunque haya sido a expensas de Polonia y de la independencia de los países bálticos, logrando en 1941 ralentizar el avance alemán, lo que fue clave para la victoria? Si Hitler no hubiese invadido Polonia, otra sería la situación, pero ya con la Wehrmacht ocupando el país, era necesario actuar.  No resulta un dato irrelevante que partes de la actual Ucrania, como nada menos que Leópolis, entraron a su territorio producto de aquella invasión.  Es decir, sin solución de continuidad, el actual conflicto conecta con el de 1939, y Putin no tiene problema en subrayarlo.

Escapa de los alcances de este artículo entrar en detalle en las tesis de Putin.  Baste, de momento, con subrayar el hecho de cómo, poco antes de la invasión a Ucrania, volvía sobre la historia de la Segunda Guerra Mundial, identificando una situación similar en la que cuando una URSS “rodeada” por naciones poco amistosas tuvo, para su salvación, que lanzarse sobre ellas y dominarlas.  La victoria, entonces, de 1945, no es en este visor, solamente el fin del nazifascismo o una exaltación de los sacrificios, que nadie duda en ponderar como heroicos, del pueblo soviético, sino que es la salvación de Rusia hostigada por los occidentales, es la restauración y ampliación del imperio, destruido en 1917 y restaurado por Stalin, es el fin del independentismo ucraniano, de Stépan Bandera, de los ucranianos colaboradores del nazismo y de los guerrilleros que siguieron luchando hasta entrados los años cincuenta. 

La gran parada militar de Moscú, las cintas con los colores de San Jorge, la reinstalación del monumento a Stalin y, en países aliados, la erección de un conjunto escultórico como no se hacía desde la década de 1960, y como nunca antes se hizo en Venezuela, celebra los ochenta años de Victoria en la Gran Patria (los rusos llaman así a la Segunda Guerra Mundial) no por lo que dejó atrás y, se creía, enterró, sino por lo vigente que, desde el punto de vista de muchos actores, comenzando por Putin, sigue el día de hoy.  Con casi todos los veteranos muertos y el orden de la posguerra en quiebra, la Segunda Guerra Mundial parece cada vez más lejos, pero por ensayos como el de Putin, monumentos como el de Caracas y guerras como la de Ucrania, está, también, más cerca que nunca.

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