
Este trabajo obtuvo el primer lugar del concurso Voces por la Democracia 2025, en la categoría Ensayo de Investigación «Venezuela actualidad y futuro»
Martín Rodríguez Rodríguez 18.07.25
Este ensayo imagina una transición democrática en Venezuela y propone el diseño institucional más adecuado para consolidarla, según la evidencia comparada y la experiencia histórica. No parte de lo que no fue, sino de lo que puede ser. Es un ejercicio de historia aplicada, no de especulación. Busca orientar decisiones, incentivar el debate y preparar el terreno para lo que viene. Nuestra ambición es que contribuya a evitar la improvisación y a lograr la consolidación democrática.
La Hora Cero
Venezuela acaba de iniciar su transición hacia la democracia, y el país debate cómo avanzar. ¿Qué forma institucional debemos adoptar? ¿Qué reglas electorales deberían establecerse? ¿Conviene instaurar desde el principio una comisión de la verdad y la reconciliación? ¿Cómo encarar los dilemas más arduos: relaciones cívico-militares, justicia transicional y dominios reservados?[1]¿Existe un papel para la comunidad internacional? Estas son solo algunas de las preguntas que enfrentan los líderes políticos.
¿Dónde empezar? Argumentaría que con el objetivo normativo de toda transición: la consolidación democrática. Los politólogos comparativistas de finales de los años noventa eran conscientes de que la mayoría de las transformaciones desde regímenes no democráticos estables rara vez culminaban en “transiciones democráticas completas”, y que aún menos terminaban convirtiéndose en democracias consolidadas.[2]
En el caso de Venezuela, las limitaciones estructurales e históricas implican que, aunque el margen de maniobra contingente suele ampliarse durante una fase de transición[3], las probabilidades de éxito ex ante siguen siendo bajas. Así, los riesgos para las fuerzas democráticas de terminar con un electoralismo fallido que satisfaga al Ancien Régime y frustre las esperanzas de los venezolanos, son altos.[4]
Por tanto, un principio rector de este ensayo es que los líderes no pierdan de vista que, en esta etapa, la forma en que se alcanzan los acuerdos y se toman las decisiones es tan importante como el contenido de los acuerdos. Es decir, la manera en que se alcanzan los consensos influirá inevitablemente en el desarrollo del nuevo régimen democrático, su diseño institucional y sus posibilidades de consolidación.[5]
Como recuerda Linz, “aunque la democratización es fundamentalmente un proceso político, sería un error ignorar las limitaciones y condicionantes impuestos por la estructura socioeconómica de las distintas sociedades.”[6] En el caso de Venezuela, incluso en un escenario de transición en curso, la persistencia de redes clientelares y la captura del Estado por intereses opacos y, en ocasiones, abiertamente criminales, limita severamente la posibilidad de una apertura genuina. Como han señalado algunos enfoques racionalistas, cuando las élites perciben que una democratización genuina pone en riesgo su poder, su riqueza o incluso su seguridad personal, no existen incentivos para permitir una transformación que no controlen.
Dadas las circunstancias dispares y las múltiples trayectorias que pueden seguir los regímenes autoritarios hacia la democracia, no hay ni puede haber un manual de buenas prácticas para las transiciones. En el mejor de los casos, lo que tenemos son lecciones duramente aprendidas por quienes estuvieron al mando y los dilemas existenciales que debieron resolver en momentos críticos.
Dicho esto, evaluar los escollos de experiencias regionales pasadas puede ser útil, aunque no decisivo. Forzar paralelismos puede confundir más de lo que aclara la tarea que enfrentan los líderes políticos. Sin embargo, sí parece haber un rasgo común en la experiencia latinoamericana, observado por el irremplazable Oswaldo Payá en su correspondencia con Václav Havel:
“Este término [transición] puede interpretarse como el camino hacia modelos que no han logrado nada para algunos pueblos, resultando solo en más pobreza para la mayoría, corrupción y dudas persistentes sobre la legitimidad de la democracia formal. Ese no es nuestro objetivo.”[7]
Aunque no lo parezca a simple vista, la intuición de Payá tiene una base teórica sólida y es fundamental si pretendemos ofrecer recomendaciones que contribuyan a la consolidación democrática. Esto se debe al frecuente error conceptual y político de presumir que legitimidad y eficacia siempre van de la mano.[8]
Si aspiramos a que las instituciones en Venezuela alcancen una madurez democrática, deben abordarse en el nuevo diseño institucional los clivajes sociales que han recibido escasa atención.[9] Para orientar la transición, las recomendaciones que este ensayo propone están, naturalmente, condicionadas por la naturaleza del régimen que se intenta superar. Como advierten Linz y Stepan, estas “tienen profundas implicaciones sobre la vía de transición disponible y sobre los desafíos que enfrentan los países cuando emprenden el camino hacia democracias consolidadas.”[10]
A continuación, se presenta un esbozo de las premisas que sustentan nuestro planteamiento, seguido de una discusión sobre las opciones institucionales que recomendamos y los motivos que las sustentan, así como un análisis de las alternativas consideradas, pero finalmente descartadas. El propósito es claro: que se cumpla lo que proclama la pancarta en la icónica fotografía de Leo Matiz del 23 de enero de 1958, “nunca más dictadura”.
Condiciones del terreno: ¿qué transición es posible?
Siguiendo la tipología de regímenes no democráticos de Linz, consideramos a Venezuela un régimen autoritario.[11]Este diagnóstico no es meramente descriptivo: es crucial porque delimita el conjunto de rutas plausibles para una transición. Y aunque el futuro no se deja anticipar con la precisión que quisiéramos, asumimos que la transición se produce mediante un escenario de “reforma pactada-ruptura pactada”[12], reconociendo que otros escenarios derivarían diferentes recomendaciones.
En cualquier caso, lo esencial al abordar el diseño constitucional es tener claro el contexto sociopolítico y económico del que partimos. Como indica Terry Lynn Karl, nuestro estándar de éxito es la consolidación del régimen democrático y esta ocurre cuando las clases sociales y los grupos políticos acuerdan reglas que determinan los resultados políticos, generando posiciones predecibles y comportamientos legítimos. Y, aunque los resultados electorales puedan ser inciertos, en las democracias consolidadas existen normas establecidas y patrones de distribución del poder.
En otras palabras, el “quién consigue qué, dónde, cuándo y cómo” está claramente establecido.[13] Esa es, en resumen, la tarea de ingeniería constitucional que nos proponemos en el resto de este ensayo.
Ingeniería constitucional
Deliberar entre sistemas alternativos y cláusulas constitucionales en un contexto frágil de transición democrática complica aún más la tarea. Antes de entrar en los elementos específicos del sistema semipresidencial que proponemos para Venezuela, planteado originalmente por Garavini di Turno,[14] conviene enfrentar el tema que muchos preferiríamos evitar.
Dominios reservados: Con el pañuelo en la nariz
Alcanzar acuerdos en el terreno incómodo de los dominios reservados es un buen punto de partida. En nuestro escenario, las dos demandas inmediatas del Ancien Régime son: (i) garantías judiciales, en forma de selección del fiscal general y, al menos, de poder de veto sobre el Tribunal Supremo como garantía frente a eventuales enjuiciamientos, y (ii) el control de las fuerzas armadas.
Sobre este último punto, la literatura destaca el rol de los militares en los regímenes autoritarios salientes.[15] Aquí, el pragmatismo será esencial. Los líderes políticos deben entender que, en este dilema, instituciones democráticas “imperfectas, limitadas, parcialmente distorsionadas”[16] pueden ser la mejor (quizá la única) vía posible en un escenario de transición pactada.
Los líderes deberán preguntarse: “¿hasta qué punto puede desviarse del ideal sin traicionar el principio fundamental?”[17]
En tal sentido, las experiencias en Chile y Argentina, donde se postergó estratégicamente la rendición de cuentas y el control civil sobre los militares, muestran que ello no implica necesariamente impunidad ni retorno al autoritarismo. Más aún, no lograrlo de inmediato no debe interpretarse como una falta moral o perversión. Las experiencias históricas muestran que “imponer control civil firme sobre todas las fuerzas de seguridad e inteligencia fue uno de los desafíos más prolongados que enfrentaron las nuevas democracias (…) y a menudo es un proceso que toma años en consolidarse.”[18]
De igual modo, el establecimiento de una comisión de la verdad y la reconciliación, pieza clave en toda justicia transicional, debe ser aplazado. La razón no es menor: evitar desestabilizar el ya frágil equilibrio de fuerzas durante la transición, asegurar la cooperación de los militares y prevenir que, como ocurrió en Túnez tras la caída de Ben Ali, el proceso se convierta en una simple “catarsis colectiva”. Así me lo advirtió el expresidente tunecino Moncef Marzouki en una de nuestras conversaciones, mientras yo cursaba mi maestría y él era profesor visitante.
Aunque a primera vista podría parecer un compromiso moralmente repugnante, este debe entenderse como un movimiento necesario para asegurar que todos los actores se comprometan con el proceso. Postergar no es abandonar.
El poder dividido: por qué elegir el semipresidencialismo
Según Linz, la literatura ofrece pocas respuestas a la pregunta obvia: “¿Hace alguna diferencia para el éxito de la transición que el nuevo régimen sea presidencial o parlamentario, unitario o federal, unicameral o bicameral?”[19] Creemos que sí. Siguiendo a Sartori, partimos de la premisa de que las constituciones son instrumentos de protección cuyo propósito es controlar y limitar el ejercicio del poder. Y para ello, evitar su concentración es fundamental.[20]
Aunque se ha criticado el semipresidencialismo como “impuro” o “engañoso”[21], creemos que para Venezuela, ofrece la opción más prometedora. Para evitar confusiones, basta aclarar que nos atenemos a la definición de semipresidencialismo de Sartori.[22]
Las principales características que proponemos son: poder ejecutivo compartido entre un presidente electo por voto popular concurrente (mandato de cinco años, sin reelección) y un primer ministro, nominado por el presidente, y ratificado por una asamblea unicameral, con respaldo de una mayoría parlamentaria.
Proponemos esta estructura porque aporta estabilidad y continuidad en los asuntos del Estado, clave para la cooperación internacional, con un presidente fuerte, al tiempo que otorga flexibilidad para los asuntos domésticos y margen para elecciones anticipadas, facilitando progresivamente la reeducación democrática.
Además, proponemos doble vuelta para todos los cargos de elección popular. El 30% de los escaños elegidos por mayoría simple, mientras que el 70% restante se asignaría por representación proporcional, con un esquema similar al Fünf-Prozent-Hürde alemán que grosso modo exige al menos el 5 % de los votos para ingresar al parlamento. Esto para balancear la presencia de minorías sin fragmentar excesivamente el sistema.
Naturalmente surge la pregunta: ¿Por qué no optar por el presidencialismo tradicional? Por varias razones. En nuestro caso, la incertidumbre sobre quién debe ser el nuevo presidente y cómo debe actuar respecto al viejo régimen puede llevar a una ruptura.[23] Además, el presidencialismo concentra poder en una sola figura por un período fijo, lo que genera dinámicas de suma cero.[24] También reduce las posibilidades de que actores minoritarios influyan en el proceso político, especialmente porque un presidente, después de ser electo, puede romper la coalición que lo llevó al poder, lo que puede derivar en crisis de gobernabilidad y afectar al propio sistema político.[25]
El parlamentarismo europeo clásico tampoco es ideal, dado el muy débil tejido de partidos políticos e instituciones de la sociedad civil que heredamos del régimen saliente. Además, como han señalado Mainwaring y Shugart, muchos sistemas parlamentarios con distritos uninominales tienen mecanismos que refuerzan aún más la lógica de “el ganador se lo lleva todo”, incluso más que en sistemas presidencialistas.[26]
En resumen, nuestro modelo busca, en primer lugar, impedir que el poder recaiga en una sola figura, sobre todo en las primeras elecciones. Esperar que los líderes actúen con magnanimidad y se abstengan de usar todo su poder sería ingenuo. Lo que buscamos es estabilidad en la transición, reincorporar a Venezuela en la comunidad de naciones democrática, abrir espacios para el resurgimiento de instituciones de la sociedad civil y un sistema de partidos vigoroso desde las bases.
Lecciones y decisiones urgentes
La experiencia histórica demuestra que incluso la transición más exitosa (España) fue vivida como un proceso precario que requería acción política constante e innovadora.[27] En un contexto de transición delicada, cada decisión puede generar una crisis que amenace el proceso, por lo que los líderes deben generar confianza y aprovechar el contexto internacional.[28]
En ese sentido, un grupo de amigos compuesto por el Vaticano, Canadá, Noruega, Costa Rica, Brasil, Colombia y Uruguay podría empoderar a los actores dentro de la asamblea y de la sociedad civil, brindando recursos, apoyo externo e incluso asilo a miembros del antiguo régimen que se sientan amenazados por la transición.
[1] Bitar, Sergio, and Abraham F. Lowenthal, eds. Democratic transitions: Conversations with world
leaders. JHU Press, 2015. p. 424.
[2] Juan J. Linz and Alfred Stepan, Problems of Democratic Transition and Consolidation: Southern Europe,
South America, and Post-Communist Europe (Baltimore: Johns Hopkins University Press, 1996).
[3] Karl, Terry Lynn. “Dilemmas of democratization in Latin America.” Comparative politics 23, no. 1 (1990):
1-21. p. 6.
[4] Karl, Terry Lynn. “Imposing consent? electoralism vs. democratization in El Salvador.” Elections and
democratization in Latin America 1985 (1980): 9-36 en Karl, Terry Lynn. “Dilemmas of democratization in
Latin America.” Comparative politics 23, no. 1 (1990): 1-21. p. 17.
[5] Ver “serial replacement” en Steven Levitsky; Maria Victoria Murillo, “Building Institutions on Weak
Foundations,” Journal of Democracy 24, no. 2 (April 2013): 93-107 p. 96-100.
[6] Juan J. Linz, “Transitions to Democracy,” The Washington Quarterly 13, no. 3 (1990): 143–64, p.149.
[7] Oswaldo Paya and Václav Havel, “The Czech Past and the Cuban Future,” Journal of Democracy 15, no. 2
(2004): 160–69, https://doi.org/10.1353/jod.2004.0033. p.162.
[8] Linz and Stepan, Problems of Democratic Transition, p.223.
[9] Gisella Kozak, Ni tan chéveres ni tan iguales: El “cheverismo” venezolano y otras formas del disimulo (Caracas: Editorial Alfa, 2007).
[10] Linz and Stepan, Problems of Democratic Transition.
[11] Ibid. Ver Tabla 3.1 p.44-45.
[12] Linz and Stepan, Problems of Democratic Transition, p.223. p.87-115.
[13] Karl, “Dilemmas of democratization in Latin America.” p. 6.
[14] Sadio Garavini di Turno. Entre la soberbia y la incertidumbre (Caracas: Editorial Debate, 2010) p.158-160.
[15] Alfred Stepan, Rethinking Military Politics: Brazil and the Southern Cone (Princeton, N.J.: Princeton University Press, 1988); Felipe Agilero, “The Military in the Processes of Political Democratization in South America and Southern Europe: Outcomes and Initial Conditions,” a paper presented at the Fifteenth International Congress of the Latin American Studies Association, 1989 y Alain Rouquie “Demilitarization and the Institutionalization of ‘Military- Dominated Politics in Latin America,” en O’Donnell, Schmitter, and Whitehead, eds., Transitions from Authoritarian Rule, part III, pp. 108-136.
[16] Linz, “Transitions to Democracy,” p.155.
[17] Ibid.
[18] Bitar y Lowenthal, eds. Democratic transitions: Conversations with world leaders p. 433
[19] Juan J. Linz, “Transitions to Democracy,” p.153.
[20] Sartori, Giovanni. Límites de la ingeniería constitucional. Instituto Federeal Electoral, 1999.
[21] Ver Shugart and Carey and Bahro y Veser en Elgie, Robert, ed. Semi-presidentialism in Europe. OUP Oxford, 1999. p.6-7.
[22] Sartori, Giovanni. Comparative constitutional engineering: an inquiry into structures, incentives, and outcomes. NYU Press, 1997. p. 131-135.
[23] Linz, “Transitions to Democracy,” p.153.
[24] Ibid.
[25] Ibid.
[26] Mainwaring, Scott, and Matthew S. Shugart. “Juan Linz, presidentialism, and democracy: a critical appraisal.” Comparative Politics (1997): 449-471. p. 454.
[27]Linz and Stepan, Problems of Democratic Transition, p. 89
[28] Linz, “Transitions to Democracy,” p.151-152.
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