
Tomada de DW
José G. Castrillo M. (*) 10.09.25
La reciente cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), celebrada en Tianjin, se convirtió en un acto con un alto significado político. Allí, el presidente de China, Xi Jinping, se mostró acompañado de Vladimir Putin (Rusia) y Narendra Modi (India), proyectando la imagen de un bloque euroasiático cohesionado, dispuesto a reconfigurar las reglas del juego global. La narrativa central: promover una multipolaridad real frente al hegemonismo de Estados Unidos y sus aliados.
China aprovechó el evento para presentar propuestas concretas: un banco de desarrollo de la OCS, millonarios fondos en subvenciones y préstamos, e incluso una Iniciativa de Gobernanza Global que busca convertirse en alternativa a las instituciones dominadas por Occidente, como el FMI o el Banco Mundial. No se trató solo de un discurso ideológico, sino de la construcción de instrumentos financieros y políticos con visión de largo plazo.
En el trasfondo de esta cumbre se percibe con claridad la creciente competencia estratégica entre Pekín y Washington. Mientras EE. UU. intenta contener a China mediante alianzas en el Indo-Pacífico, aranceles y presión diplomática, la OCS aparece como la plataforma que legitima la narrativa china de un mundo post-occidental y post-hegemónico. La presencia de Rusia refuerza el eje antihegemónico, y la participación de India —aunque ambigua— otorga al foro una credibilidad adicional frente a los países del Sur Global.
Al reunir a líderes de más de 20 países, Xi Jinping mostró que no está aislado y que su propuesta encuentra eco, especialmente en Asia Central, Medio Oriente y África. El presidente Xi Jinping señaló: “debemos seguir adoptando una postura firme contra el hegemonismo y la política de poder, y practicar un verdadero multilateralismo”.
La OCS avanza como un contrapeso político y financiero a las instituciones lideradas por Occidente. Aunque no las sustituye, sí erosiona la exclusividad del modelo occidental.
La postura de Modi, primer ministro de India, fue la de un equilibrista estratégico: participó en la narrativa multipolar sin romper lazos con Estados Unidos y Europa, muy a pesar del aumento en 50% de los aranceles que le impuso el gobierno de Trump por comprar petróleo ruso. Esta ambivalencia refleja la dificultad de consolidar un bloque sólido.
Desde Washington y Bruselas, la cumbre fue vista como un espectáculo performativo. Sin embargo, minimizar su alcance puede ser un error: la OCS está sentando bases para institucionalizar una arquitectura y un espacio geopolítico con un peso relativamente fuerte en la distribución del poder global.
El verdadero impacto de la cumbre radica en que los proyectos financieros chinos encuentren respaldo regional. Si el banco de la OCS logra operar con eficacia, y si se amplía el comercio en monedas locales —esquivando al dólar—, Occidente enfrentará una erosión progresiva de sus instrumentos de poder.
La cumbre de la OCS en Tianjin fue más que un ritual diplomático: constituyó un acto de afirmación estratégica en la competencia entre China y Estados Unidos. Mientras Occidente busca preservar un orden basado en reglas que considera universales, China promueve un modelo alternativo que combina pragmatismo económico con un discurso de soberanía y multipolaridad.
El riesgo para Washington no está en un reemplazo inmediato del sistema occidental, sino en la consolidación de espacios paralelos de legitimidad y poder, donde las naciones del Sur Global encuentren en China un socio menos condicionado. En esta lucha por la narrativa y por los instrumentos de influencia, la OCS emerge como un espacio de multipolaridad en construcción.
En definitiva, la OCS no sustituirá el orden occidental, pero lo tensiona y lo complementa. En la competencia estratégica entre China y Estados Unidos, Tianjin constituye un hito: la multipolaridad ya no es una abstracción, sino un proyecto político en pleno desarrollo.
El poder se está reconfigurando y las potencias occidentales deben reconocer, con racionalidad estratégica, que ello forma parte de los cambios tectónicos que nos empujan a un mundo donde el monopolio del poder se redistribuirá entre varios actores geoestratégicos (grandes potencias) y otros de carácter regional.
La competencia estratégica basada en los intereses nacionales debe procurar espacio para buscar puntos de encuentro que permitan, en el marco de las diferencias, la construcción de acuerdos que faciliten cooperar y enfrentar retos globales que trascienden las fronteras políticas y naturales de los Estados.
Si los bloques de poder se centran en la competencia existencial, obviando la posibilidad de cooperar, emergerá una nueva guerra fría, con consecuencias negativas para todos.
(*) Politólogo / Magíster en Planificación del Desarrollo Global
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