Columnas archivadas

Lo político en la cola

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Daniel Fermín A. / 05 de febrero de 2015

Lo advirtieron todos: productores, empresarios, trabajadores, académicos y, claro está, la oposición política.  El colapso de la economía venezolana no tomó por sorpresa a nadie. A pesar de que el diputado oficialista Jesús Faría excusara la grave crisis porque “nadie la vio venir”, se cansaron de advertirla.

El colapso y la crisis toman cuerpo, se hacen visibles, en la forma de la cola.  Esa, “la” cola, que se refiere y agrupa todas las colas: la de los alimentos, la de los medicamentos, la de los pañales, la de las baterías para el carro, la del gas.  Sin contar las otras colas, igual o más graves aunque menos en boga: la de lista de espera para una cama de hospital, para un quirófano o un tratamiento.

La oposición se muestra absolutamente monolítica a la hora de denunciar el origen y la culpa de este ahora cotidiano fenómeno: el fracaso del modelo socialista impulsado por Nicolás Maduro y su gobierno.  No es poca cosa, el veredicto unánime en una alianza política a la que se le ha hecho más y más difícil la cohesión y el consenso en el último año.

Desde el gobierno, las explicaciones son distintas y han ido variando.  Primero, negaron la existencia de las colas.  Luego, ante el peso de una realidad que está a la vista de todos, un ministro explicó que las personas hacían colas para cuidar sus alimentos, presuntamente del pulpo del capitalismo perverso.  Otro cambio en la caja de mensajes los llevó a denunciar que la oposición estaría infiltrando a extranjeros en las filas para desestabilizar al gobierno, en peligroso coqueteo con la xenofobia.  Finalmente, por ahora, encontraron la versión que engloba todas las anteriores e incluye otras más: la guerra económica.  Los empresarios esconden los alimentos del pueblo, ejecutan operación morrocoy para perpetuar la espera, conspiran contra el pueblo para desprestigiar a la revolución.

Daniel 2La gente de a pie vive y sufre la cola, independientemente del marco conceptual con el que la evalúe.  Sí, hay camaradas que, bajo el inclemente sol, exigen mano dura a los malvados intereses que declararon la guerra económica al pueblo.  Otros no van tan allá, pero hallan consuelo en la hipótesis según la cual, de gobernar la oposición, le entregarían los alimentos a unos cuantos y la cosa sería peor.  Sin embargo, la mayoría de la población pareciera estar clara en cuanto a que algo marcha mal desde el gobierno y que de allí la cola.  Por las colas se pasean la indignación, la tristeza, la angustia, el temor y la ansiedad.  También el conformismo y el temor al conformismo.  También la rabia y la violencia, y de vuelta al miedo.  Se pasea también el humor, sin que terminemos de comprender bien si es evasión o crítica, o si se trata del humor de los funerales, ese que busca en la risa un consuelo al cansancio y a las penas.

Para el gobierno, la cola encarna el reto de la supervivencia misma de la revolución.  Para la oposición, significa el terreno para generar conciencia y sumar el descontento orgánico hacia un movimiento organizado que desemboque en protestas de calle y victorias electorales.  Entonces lo político se hace presente, o nos percatamos de que siempre ha estado presente.  Lo político en la cola es todo, porque refiere a lo público, a lo colectivo, a un asunto que ha rebasado cualquier distinción de clase, de género, de filiación ideológica o distribución geográfica.

Entendiendo lo político en la cola, o la cola como asunto político, el gobierno refuerza su mensaje de la guerra económica y actúa acorde: militariza, inspecciona, fiscaliza, detiene, interviene.  La oposición, por su parte, ha buscado la manera de intervenir en la cola, con el sumo cuidado de transmitir apoyo y solidaridad y no quedar como buitres de la desgracia colectiva.  Es un juego delicado, pero que lo han llevado, pese a los contratiempos, con éxito.  Jóvenes y no tan jóvenes se han visto en las distintas filas, repartiendo vasos de agua a las personas que aguardan por un pollo, una bolsa de detergente o, probablemente, un “no hay”.  Los vasos llevan un mensaje tan simple como poderoso: en marcador, sin mayor diseño ni siglas partidistas, tres palabras: “podemos vivir mejor”, junto a otro que suena a imploración, esa que comparten tantos venezolanos en público y en privado: “no te acostumbres”.

Esta protesta creativa y pacífica agarró al gobierno fuera de base.  Voceros del PSUV denunciaron que “hijos de papá” intentaban desestabilizar, meter casquillo y generar violencia.  Un funcionario anunció la incorporación de voluntarios del partido de gobierno para mantener el orden en la cola.  Aparecieron los colectivos, marcando a la gente.  Los cuerpos de seguridad, con equipos antimotines, se hicieron presentes para resguardar el orden y levantar inteligencia.  Allí empezaron las detenciones.

Las primeras personas detenidas en la cola ni siquiera eran políticos, sino ciudadanos que, en el contexto del cuadro anímico que hemos descrito, se dieron a la tarea de tomar fotografías de los anaqueles vacíos para compartirlos, como denuncia, en las redes sociales.  La indignación creció y se disparó, más allá del gobierno, en todo sentido, hacia los dueños de los supermercados que “entregaban” a la gente y las personas que “no hacían nada”.  Luego le llegó el turno a los activistas.  Al acto inofensivo del vaso de agua y el mensaje por el cambio respondió la Guardia Nacional Bolivariana con cárcel.  Órdenes superiores.  Algunos salieron de inmediato o no pasaron de la “jaula”, ante la obvia ausencia de delito.  Otros tuvieron menos suerte y se encuentran en régimen de presentación.

En medio de este panorama, el Ministerio de la Defensa lanzó la resolución 008610, que autoriza el uso de armas mortales para el control de manifestaciones.  La reacción de la oposición, de nuevo unánime, fue de estupor y careo: no bajarían la cabeza y no se dejarían chantajear por la violencia y el miedo.  La resolución viola el artículo 68 de la Constitución y no tiene cabida en el marco internacional de los derechos humanos.  Desde el gobierno defendieron la decisión.  Un general se refirió al documento como “hermosísimo”, mientras que el Defensor del Pueblo intentó calmar los ánimos en su defensa al texto.

El cuadro represivo generó una respuesta clara de los factores adversos al gobierno.  Diputados de la MUD manifestaron que irían a las colas, tomarían fotos y llevarían el mensaje del cambio, investidos de su inmunidad parlamentaria, en un reto al gobierno.  Asimismo, durante la presentación de la Memoria y Cuenta del presidente ante la Asamblea Nacional, los diputados sostuvieron carteles con fotos de las colas, lo cual les valió la sanción, o amenaza de sanción, del presidente del parlamento.

Fue en este contexto que conversamos con tres dirigentes de base, líderes sociales y comunitarios que, atendiendo el llamado de los diputados, llevaron la protesta a la cola.  Es un desafío al gobierno pero, sobre todo, un empeño por acompañar a la gente en sus problemas y ofrecer una propuesta alternativa.

No llevan dos días en esto. Henry Antunez hace vida política en los sectores populares de la parroquia Santa Rosalía del municipio Libertador. Es cristiano practicante y reparte bendiciones en cada saludo. Por sus manos han pasado muchachos que ha iniciado en el baloncesto.  Ubica en la escasez generalizada el principal problema del país y señala que se debe a la mala política económica de un gobierno que toma decisiones de manera unilateral.

Mirleny Palacios es dirigente de la parroquia San Juan.  Habla con convicción y una claridad profunda. La inseguridad y la escasez son los mayores problemas de la gente y, en particular, esta última se debe a la falta de producción nacional y al marco jurídico.  Utiliza la palabra “maltrato” para referirse a la cola y concluye, tajante, que el modelo fracasó.

Ramón Beaumont lleva treinta años ejerciendo un liderazgo social en El Valle.  Volantea con furia y, lejos de inhibirse, se acerca a una patrulla de la Guardia Nacional Bolivariana para conversar con los soldados y repartirles, a ellos también, un volante que denuncia la escasez y propone un camino distinto.  La inseguridad, la basura, el alumbrado, el transporte son los problemas que afectan a todos por igual, pero la escasez afecta de manera particularmente fuerte a las personas.

Para Henry, Mirleny y Ramón la solución a la crisis pasa por abrir las puertas del cambio a través de la próxima elección de diputados a la Asamblea Nacional.  No es una recitación superficial de alguna línea política, sino la convicción que traen años de lucha política desde las bases, de que el cambio profundo que requiere el país sólo es posible a través de reformas, profundas también, al marco institucional y legal.  Lejos de la dádiva, del remedio rápido, de la receta demagógica o la solución mágica, apelan a valores enraizados en la reserva democrática nacional: la unión de todos los venezolanos, el respeto a la divergencia.  También comparten una exigencia: cambiar este modelo.  Ese es el mensaje que llevan, día a día, en la cola, en las comunidades, en la calle.

¿Guerra económica o modelo fracasado? Las advertencias no fueron en vano.  El modelo de controles, leyes restrictivas y amenaza constante muestra hoy sus frutos.  La distorsión cambiaria que hizo de importar una alternativa mucho mejor a producir, el hostigamiento a la gente de trabajo, las confiscaciones, la ficción del dólar oficial.  De aquellos polvos vienen estos lodos.

No hay rectificación. Todo lo contrario, hoy el gobierno evade toda responsabilidad de la crisis.  Culpa a los empresarios, a la oposición, al imperio.  Detienen a dueños de cadenas de farmacias y supermercados en el SEBIN, mudan las colas de las cadenas públicas a los sótanos para invisibilizarlas, engavetan en el BCV las cifras de una escasez que, en algunos productos, se sabe llega a 97%.  Y nos preguntamos: cuando eso pase, cuando esté preso el último gerente, tomada la última empresa, reprimida la última protesta y aplastado el último vasito plástico con el lema de “podemos vivir mejor”, cuando siga la crisis… ¿Entonces qué?

Bachaqueros, “coleros” profesionales, contrabandistas. Controles de compra por persona, por terminal de cédula.  Prohibir las colas de noche.  Nada de eso es.  Nada de eso existiera si hubiese suficiente oferta.  Pero hoy el aparato productivo está destruido. La solución a la crisis no vendrá barriéndola bajo la alfombra sino asumiéndola, rectificando y entendiendo que de esto que nos afecta a todos sólo podemos salir con el concurso de todos.

“¡Hasta cuándo la cola!” oímos frente a la estación de metro Miranda, junto a otro mensaje dirigido, no de los activistas a la cola, sino de la cola a los activistas: “¡No le tengan miedo al gobierno!”.  Es lo político de la cola, que engloba todo, entre ello el ansia de cambio de una gente que está cansada ya de pasar tanta necesidad sin que nada mejore.

@danielfermin

1 reply »

  1. Que grato poder leerte y ver como tu análisis refleja la realidad social de un país en crisis. Muy grata lectura, fluida, y, en especial, humana. Saludos.

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