Carta del Director

Goodbye Tom

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Caracas, 16 de diciembre de 2016

Durante mi vida, una buena parte de los mejores amigos que he cultivado han sido personas significativamente mayores que, quizás por mi carácter más bien introvertido y extremadamente curioso, disfruto mucho más por sus conversaciones francas e inteligentes, uno a uno, que de los grandes eventos sociales; o quizás por ser el hijo único de unos padres que me concibieron ya siendo mayores, y que hoy aún disfruto a sus 92 años, pero que me privaron de la camaradería propia de los hermanos más cercanos en edad, lo que hizo de los almuerzos y las cenas con ellos el espacio para las conversaciones más íntimas y cercanas, lo que sigo manteniendo como el espacio predilecto de encuentro con las personas que más me importan.

La gran ventaja de los amigos inteligentes que te llevan muchos años es que, estando conscientes de lo precioso de lo que les queda de vida, no invierten su tiempo en lo poco trascendente y en la gente que no aprecian sinceramente, ni están allí por lo que les puedas dar sino para compartir desinteresadamente lo más valioso de sus vidas: su experiencia. La desventaja es que, por ley natural, suelen ser ellos quienes un día desaparecen de nuestras vidas, dejándonos un enorme vacío.

Este año he perdido dos de esos amigos, Peter Bottome y Thomas Schelling. Sobre Peter no escribí en su momento, porque sus lecciones de vida no están relacionadas con los temas sobre los que aquí trato, aunque sí con el valor de la disciplina y el trabajo que aprendí de él durante los años que trabajamos juntos.

Thomas Schelling, en cambio, mucho tiene que ver con los temas sobre los que he estudiado y enseñado durante toda mi vida en la universidad: Conflicto, estrategia, teoría de juegos, y negociación.
Tuve mi primer contacto con Schelling por un intercambio de correspondencia que inicié motivado por su libro, hoy en día un clásico, La Estrategia del Conflicto (1960), mientras escribía mi tesis para la Maestría en Seguridad y Defensa que finalicé en el Instituto de Altos Estudios de la Defensa Nacional (IAEDEN) en 1992. Luego lo conocí personalmente en la primavera de 2005, cuando iniciaba mi Maestría en Gerencia Pública en la Universidad de Maryland, en la cual me inscribí durante los años que viví en Washington, al enterarme de que Schelling, tras su jubilación en Harvard, había regresado a su casa en Bethesda y estaría enseñando en Maryland.

Tuve la suerte de inscribirme en su materia durante el primer semestre de mi maestría, que fue el único en el que Schelling dictó clases en mi universidad, porque ese mismo año recibió el Premio Nobel de Economía por sus aportes a la Teoría de Juegos, y su agenda se llenó de nuevos compromisos que lo alejaron de la docencia.

Recuerdo vívidamente el primer día de clases, cuando al pasar lista para conocernos, se tropezó con mi nombre y mi apellido al principio de la misma y, recordando nuestros intercambios de correos de años anteriores, me preguntó are you the same? (¿eres tú el mismo?). Desde entonces entablé una hermosa amistad con Tom, como exigía que lo llamáramos sus amigos, y con su esposa y compañera inseparable, Alice.

Como reconozco, de Tom aprendí buena parte de lo que hoy escribo, enseño y seguiré enseñando a mis estudiantes sobre teoría de juegos, conflicto, estrategia, y negociación. Pero también de él aprendí otras lecciones no menos valiosas. De Tom aprendí la manera particular en que los genios ven las cosas y piensan. En una oportunidad, hablando de unos de sus libros, Micromotives and Macrobehavior, me contaba que una de sus motivaciones para estudiar el comportamiento humano le surgió un día en el que al llegar a un auditorio muy temprano con su esposa y sentarse atrás, comenzó a notar que la gente que iba llegando se iba sentando también atrás. Estos eventos cotidianos que pueden ser irrelevantes e imperceptibles para cualquiera de nosotros, no lo son para la mente de un genio que, gracias a ver lo cotidiano de manera extraordinaria, como la manzana que cae del árbol, terminan haciendo contribuciones invalorables para la humanidad.

Thomas Schelling, al recibir el Premio Nobel el 10 de diciembre de 2005, inició su discurso diciendo: “El acontecimiento más impresionante del último medio siglo es uno que no ocurrió. Hemos disfrutado sesenta años sin que las armas nucleares explotaran por la irracionalidad. Esta actitud, convención, o tradición, que echó raíces y creció a lo largo de estas últimas cinco décadas, es un activo que se debe guardar como un tesoro”. Y es que entre las muchas contribuciones de Schelling, puede acreditársele la de haber salvado al mundo de su autodestrucción nuclear durante la Guerra Fría.

Su contribución a la paz, tiene que ver con lo que se conoce como la estrategia del MAD por Mutually Assured Destruction (destrucción mutuamente asegurada), en la cual, mediante una aplicación de la teoría de juegos, demuestra que una parte puede fortalecer su posición al empeorar sus propias alternativas y aumentar sus capacidades para retaliar, y que tal capacidad para retaliar es más útil que la resistir un ataque a la hora de evitar una escalada del conflicto. Asimismo, Schelling nos demuestra como cierto nivel de incertidumbre puede ser muy relevante en la resolución de los conflictos y los esfuerzos por evitar la guerra. Valdría la pena hoy, como tributo a Thomas Schelling, preguntarnos cuántas de estas lecciones, aplicables a nuestra propia realidad política, seguimos negados a aprender y valorar.

Pero la lección más importante que aprendí de Tom fue su humildad. Después de haber recibido el Premio Nobel tuve la oportunidad de disfrutar de varios almuerzos en su casa con él, Alice y mi hija, cuando he viajado a Washington para visitarla. Tom y Alice siempre me recibieron con cariño y entusiasmo, como si yo fuese alguien de la familia y un amigo de toda la vida, e incluso recuerdo que en una de mis visitas su esposa estaba cocinando para recibir a la familia en la cena de Thanksgiving y Tom no quiso aceptarme la invitación a un restaurant y me llevó en su carro, que manejaba él mismo estando ya cercano a los 90 años, para comprar unos sándwiches y devolvernos con su esposa para almorzar en casa y cerrar compartiendo una botella de ron Santa Teresa y chocolates El Rey que les llevé de obsequio. La extraordinaria humildad de Tom llegaba al punto de decirle a todos que le habían dado el Premio Nobel por error, porque no se habían leído sus libros.

La última vez que almorcé con Tom y Alice, me acompaño alguien que no hablaba inglés fluidamente y en medio del almuerzo Alice comentó que nunca había entendido porque Tom y yo hablábamos siempre en inglés. Ese día descubrí que nunca me había dicho que hablaba español sin mayores dificultades, pero Tom era una persona que casi nunca hablaba de sí mismo, por lo que buena parte de las cosas que descubrí de él fue gracias a Alice, quien con su carácter mucho más extrovertido siempre estaba, con la admiración de su infinito amor hacia él, recodándole y animándoles a compartir las historias de una vida muy larga y productiva.

Hace escasamente tres semanas, envié un email a Tom, que contestó, como casi siempre, Alice, para pedirle que nos hiciera el honor de acompañarnos a un equipo de la UCAB a una conferencia en Washington, porque sabía lo mucho que él disfrutaba estos temas. Ese día me enteré por Alice de que una semana después de nuestro último almuerzo, el 2 de septiembre, viajaron a Vermont y Tom sufrió una caída de la cual no había logrado recuperarse. Anteayer mi colega, Juan Manuel Trak, sabiendo de nuestra amistad, al tropezarse con la información de su muerte en las redes sociales, me envió la triste noticia de la partida del Maestro y amigo.

Adiós Tom, gracias por todos los buenos momentos y por las lecciones de teoría de juegos, y sobre todo de los juegos de la vida, que compartiste conmigo y que hoy dejas como valioso legado y tributo para la existencia misma de la humanidad. Ojalá siempre logremos comprender la sabiduría de tus lecciones.

Benigno Alarcón Deza

Director

Centro de Estudios Políticos

Universidad Católica Andrés Bello

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