Carta del Director

¿Hay salida para Venezuela? Depende de los militares

El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, con las fuerza armadas en Campo de Carabobo, Venezuela, diciembre 2016.

Por , director del Centro para estudios de la Universidad Católica Andrés Bello.

“La madre de todas las marchas”, así llamó la oposición venezolana a la protesta enorme de la semana pasada en la cual se manifestaron mucho más de un millón de ciudadanos -y murieron dos jóvenes- por “defender a la patria” contra el régimen cada vez más autoritario del presidente Nicolás Maduro.

Si bien es cierto que las protestas por sí solas rara vez generan un cambio de gobierno, en el caso de Venezuela, como en otros países, una transición no es posible sin protestas.

Es un hecho evidente, aunque algunos parecieran querer negarlo (por lo menos en privado), que la ola de protestas de las últimas semanas ha tenido una incidencia significativa en la evolución del escenario político venezolano.

La actual ola de protestas ha logrado voltear el tablero, al menos temporalmente, a favor de la oposición.

Los partidos y movimientos democráticos que se oponen al gobierno de Maduro han logrado trasladar la batalla política del campo institucional —en donde solo se cuenta con el control del poder legislativo desde hace tiempo neutralizado por el resto de las instituciones estatales bajo el control hegemónico del oficialismo— a las calles del país.

El nivel de respuesta de los ciudadanos fue inesperado y ha colocado el conflicto en niveles de mayor simetría entre gobierno y oposición.

Pero, ¿puede esta nueva dinámica finalizar de manera distinta a las protestas de 2014 o al intento de revocatorio del pasado año? Los dos esfuerzos previos terminaron en fracasos, incompletos, eliminados por el gobierno de Maduro.

La respuesta dependerá, en buena medida, de la posición que asuma el sector militar.

Una marcha contra el presidente Maduro en Caracas, 1 de mayo de 2017. Carlos García Rawlins/REUTERS

Los generales en su laberinto

Durante muchos años, el régimen autoritario venezolano tenía dos principales ventajas competitivas: el liderazgo carismático de Hugo Chávez y la abundante renta petrolera, que le daba para para financiar enormes redes clientelares e hicieron posible sus triunfos en casi todos los procesos electorales que se produjeron entre 1998 y 2012.

Hoy en día, Maduro ha perdido ambas. Se enfrenta, pues, al colapso de su modelo y a la imposibilidad de relegitimarse electoralmente. Por tal motivo, tras su última derrota electoral legislativa en diciembre de 2015, ha dependido de la complicidad del Tribunal Supremo de Justicia y el Consejo Nacional Electoral para evitar un revocatorio presidencial y posponer indefinidamente la elección de gobernadores que, por mandato constitucional, debió haberse realizado el pasado año.

Para las fuerzas armadas venezolanas el costo de obedecer puede ser mayor que el de no hacerlo.

La situación de Venezuela no es inédita. Todo régimen autoritario que ha dependido de elecciones para mantenerse en el poder (como el PRI en México, por ejemplo) más tarde o más temprano llega a esta coyuntura en la cual, tras perder el apoyo político, se enfrenta a la disyuntiva: tratar de negociar las consecuencias de una derrota electoral o buscar mantenerse en el poder por la fuerza. Es decir, depender principalmente de la cooperación de las fuerzas armadas.

Esta, actualmente, es la incómoda posición de Maduro. Las fuerzas armadas venezolanas se enfrentan hoy al dilema entre mantenerse en una posición de neutralidad institucional o asumir la posición de sostener incondicionalmente al gobierno reprimiendo a su propio pueblo.

¿Pueden las protestas actuales desencadenar un cambio político? Carlos García Rawlins/REUTERS

Los regímenes autoritarios, cuando deciden mantener el poder por la fuerza, conscientes de su dependencia del aparato represivo, buscan los mecanismos para comprometer a sus fuerzas armadas, incluso haciéndolas parte del mismo gobierno.

En el caso de Venezuela, ya es difícil pues distinguir entre gobierno y fuerza armada: hoy, buena parte de los ministros del gobierno de Maduro son oficiales activos de la fuerza armada.

Si bien la práctica de facilitar la participación del liderazgo militar de los altos mandos en el poder fue común durante el gobierno de Chávez, se ha incrementado de manera notoria a partir de la cuestionada elección de Maduro en 2013, que pusieron la gobernanza y su legitimidad en entredicho.

El compromiso se facilita también incluso tolerando actividades que faciliten su corrupción o, lo que es más grave aún, incentivando o colocándolos ante situaciones que comprometan su responsabilidad personal en delitos contra los derechos humanos, con lo que se les convierte en rehenes del statu quo.

La actual ola de protestas ha logrado voltear el tablero, al menos temporalmente, a favor de la oposición, cuya mayor ganancia está en el aumento de los costos de represión para el gobierno y las fuerzas armadas.

La protesta no está para nada libre de costos para la oposición: ha registrado 29 víctimas fatales, a las que deben sumarse un número grande (pero indefinido) de personas heridas y detenidas.

La preocupación es no solo que esta nueva escalada de protestas termine agotándose sin producir el ansiado cambio político, sino también que se produzca un saldo negativo que implique un nuevo retroceso para la oposición y el afianzamiento del régimen en el poder.

El desafío para los generales venezolanos es encontrar una salida de este laberinto que les permita preservar sus intereses personales y los de la corporación militar, no siempre coincidentes.

Las decisiones ilegítimas no tienen garantía de ejecución bajo la excusa de la obediencia debida, y la estructura piramidal militar podría colapsar junto al gobierno por la negativa de comandantes y tropa a pagar los costos por la violación de derechos humanos, que implica una responsabilidad personal e imprescriptible, para mantener el statu quo.

Para las fuerzas armadas venezolanas el costo de obedecer puede ser mayor que el de no hacerlo.

Jugando con el tiempo

Debido a esto, Venezuela ahora se encuentra en una coyuntura delicada y crítica donde la protesta social continua sí podría desencadenar un cambio político.

Si bien es cierto que el tiempo por lo general juega en contra de la sustentabilidad de las marchas, la represión está jugando en contra del régimen porque genera una espiral: en la medida que se usa la fuerza se pierde legitimidad. Y en la medida que pierde legitimidad se necesita aplicar mayor represión que motiva la continuidad en la escalada de protestas.

La realidad es que hoy la existencia del régimen depende, casi exclusivamente, de la disposición de la fuerza armada a reprimir. Y ello, a su vez, depende del cálculo costo-beneficio que se haga a lo largo de la cadena de mando sobre la conveniencia de mantener el statu quo por la fuerza. O permitir que el cambio suceda por mecanismos menos traumáticos, que son la razón de ser de la democracia.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation y ha sido traducido. Para leer el texto original haz click aquí.

The Conversation

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.The Conversation

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Esta semana, la Carta del Director reproduce el artículo “¿Hay salida para Venezuela? Depende de los militares”, publicado en The Conversation y republicado, en español, en el Huffington Post.

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