Editorial

La liga de la justicia

Foto: El Universal

Editorial

 La liga de la justicia

 

Elvia Gómez

26 de septiembre de 2017

 

El “mar de la felicidad” ha sido sometido al escrutinio universal. Sus aguas infectas escuecen al mundo civilizado que, a coro, ha denunciado la crisis humanitaria, la violación de los derechos humanos, civiles y políticos, y el sometimiento de todo un país al sufrimiento “inaceptable”, como lo calificó el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, hace unos días.

Buena parte de los países que ocuparon la tribuna durante el 72° período de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas abordaron, en mayor o menor medida, la crisis en Venezuela. Mientras, el archienemigo de la democracia en el continente evadió dar la cara y optó por “cuidarse”, y no exponer su integridad física ante la presunta amenaza de “extremistas” del Norte. Nicolás Maduro da todas las señales de que no le importan los problemas de una nación cuyas cifras de homicidios superan la sangría de una guerra; donde los niños mueren de hambre en tierras de suyo feraces, y donde el parque automotor padece la escasez de la gasolina mientras el petróleo bulle en el subsuelo. En su lugar, envió al canciller Jorge Arreaza, quien presentó a los delegados del orbe fuegos fatuos en lugar de argumentos.

El cerco internacional sobre el (des)gobierno de Maduro ha tomado visos de concierto mundial. El Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, Zeid Ra’ad al Hussein, presentó el aperitivo cuando instó a ese Consejo en pleno a abrir una investigación internacional por la comisión de delitos contra los venezolanos. De inmediato, en la Organización de Estados Americanos se inauguró un período de audiencias sin precedentes para escuchar durante dos meses, de viva voz, a las víctimas de la represión o a sus familiares –en los casos en los que los perjudicados estén presos o ya no están en este mundo– con el objetivo de sustentar la acusación contra el régimen por delitos de lesa humanidad.

El secretario general de la OEA, Luis Almagro, tiene sus ojos puestos en Maduro para llevarlo a La Haya, y para eso se ha hecho acompañar por un grupo que incluye al exfiscal de la Corte Penal Internacional, Luis Moreno Ocampo, reforzados por el exministro de Justicia de Canadá y dos expertos que estuvieron al servicio del sistema interamericano en la CIDH y en la Corte IDH. También la ONU incluyó a Venezuela en la lista de países que toman represalias contra los activistas de DDHH por haber cooperado con ese organismo.

El vicepresidente de EEUU, Mike Pence, instó a la ONU a revisar quiénes integran el Consejo de DDHH pues están allí “los peores violadores”, dijo en alusión a Venezuela. El Europarlamento aprobó con una votación aventajada instar a la Unión Europea a aplicar sanciones como las ya en vigencia en los Estados Unidos, y esta semana fue Canadá la que hizo lo propio, empezando por Maduro e incluyendo a Diosdado Cabello y 38 jerarcas más de los poderes Ejecutivo, Judicial y Electoral, lo que en la práctica les reduce las posibilidades de viajes y de vínculos comerciales.

El Papa Francisco, durante su retorno a Roma desde Colombia, confesó en voz alta que no sabe qué tiene Maduro en su mente. Mientras, exhortó a la Secretaría General de la ONU a tomar partido. Antonio Guterres ha urgido a buscar una solución política a la crisis nacional y fuentes políticas nacionales le atribuyen la iniciativa de los acercamientos exploratorios que en República Dominicana se han hecho entre el Gobierno y la MUD, y que fueron anunciados por la Cancillería de Francia.

Hasta los gobiernos de Japón e Israel, muy distantes geográficamente del Caribe y lejos de la amenaza geopolítica directa en la que se ha convertido Venezuela para el continente, repudiaron el drama humanitario que se vive por estas tierras. Entretanto, en la Asamblea General de la ONU, apenas unos pocos países como Rusia, China, Corea del Norte y Bolivia, expresaron su respaldo al estrepitoso fracaso de la “revolución bonita”. Los argumentos del Gobierno contra sus detractores, en boca del Ministro de Relaciones Exteriores, más parecen un autorretrato del régimen, especialmente al denunciar el “uso del chantaje económico y las armas” como método de sometimiento.

Además de todo lo descrito, resalta la actuación del autodenominado Grupo de Lima, iniciativa diplomática surgida en la capital de Perú y que une a una docena de países que han asumido con firmeza el compromiso de no cejar en sus esfuerzos hasta alcanzar una solución pacífica y negociada al drama venezolano. Los cancilleres de Argentina, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, Costa Rica, Guatemala, Honduras, México, Panamá, Paraguay y Perú, reunidos en New York en el marco de la Asamblea General de la ONU, se comprometieron en un segundo pronunciamiento conjunto, a trabajar hasta “el pleno restablecimiento del orden democrático” y aprobaron verse en Canadá en octubre próximo.

Los miembros del grupo “Reconocen la iniciativa de República Dominicana de reunir al gobierno y a la oposición venezolana, así como la decisión de ambas partes de invitar a algunos países como acompañantes de este proceso”. Alertaron que los acercamientos “deben ser desarrollados con buena fe, reglas, objetivos y plazos claros, así como garantías de cumplimiento, para lo que resulta esencial el acompañamiento internacional de este esfuerzo”. Apoyaron, asimismo, la preocupación del Alto Comisionado de la ONU para los DDHH por las “violaciones y abusos” recogidos en su informe especial y abogan por continuar la aplicación a Venezuela de lo previsto en la Carta Democrática Interamericana.

Luego de más de tres lustros, la “revolución” chavista concentra tantos desvaríos que ha movido a los gobiernos civilizados y más poderosos, a pesar de la paquidérmica velocidad de reacción de la diplomacia internacional, a unirse –como los personajes del cómic– desde los confines de la tierra para someter al mal. Fronteras adentro, los venezolanos sostienen un desgastante debate doméstico a semanas de un proceso electoral –incierto pero ineludible– y la mayoría, envuelta y absorta por el drama de su dramática cotidianidad, no tiene, quizás, ocasión de valorar el cerco mundial que asfixia al régimen. Sin embargo, la superación de la deriva autoritaria del país y el rescate de la vía democrática no se logrará, por mucha presión internacional que exista, sin la sintonía entre los liderazgos políticos y sociales y los ciudadanos hartos del modelo fracasado. Los mandatarios de casi todo el mundo ya tienen claro quiénes son los villanos y así lo están denunciando, ya va siendo hora de que muchas de sus víctimas dejen de acusar a quienes aquí dentro tratan de derrotarlos.

 

@ElviaGomezR

 

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