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De la comuna a la comunidad. Cohesión social: oportunidades y convivencia

Foto: AFP

Mención Especial del concurso “Narremos Esperanzas”

José Julián Hernández Carmona

Fuerzas motrices y reconstrucción del tejido social.

Venezuela está hoy estancada y postrada. Las dificultades y el atascamiento producto de la irresolución o del anacronismo gubernamental  hacen clara la merma en las posibilidades de reproducción de la vida material y evidencian un profundo quebranto en el ánimo y en las condiciones de vida del país. Su viabilidad histórica como sociedad abierta, republicana y democrática está bajo amenaza, como amenazados están asuntos esenciales de su sostenibilidad y supervivencia. Los datos sobre la crisis humanitaria o los que enseñan la caída de la producción petrolera son, apenas, muestras de un amplio y perjudicial desmoronamiento institucional, operativo y de referentes, que está agobiando a la sociedad.

Estamos a la deriva ante una crisis que es profunda y regresiva. Este descoyuntamiento en todos los órdenes inhibe o anula, de entrada, toda voluntad o intención de armar algún tipo de percepción compartida que ofrezca nuevas imágenes y alternativas para salir del atasco. El bloqueo es real y rudo, pero es posible rehacer el tejido social e institucional mediante la capacidad de conducción social. Ésta se asienta en la reconstrucción de significados a partir de la identificación de fuerzas motrices en ámbitos determinados. Con el diálogo y la participación activa y responsable se puede ganar control y enrumbar asuntos, siempre y cuando esos significados, en forma de preceptos y valores, cobren la fuerza y el rango de deseabilidad suficiente que hagan que la comunidad organice sus percepciones alrededor de lo que quiere y cómo lograrlo.

Conciliación activa y superación del modelo rentista-colectivista

Se trata de potencialidades reales y de propósitos estratégicos. Se requerirán virajes y nuevos rumbos para restituir condiciones de gobernabilidad y normalización de la vida económica en sus variables más básicas. No hay manera de financiar, recaudar, producir, distribuir e impulsar políticas de revitalización del empleo y de estándares dignos de acceso a bienes, si no se redefine la matriz dominante de la relación entre el Estado y la sociedad. No hay manera, al parecer, de salir del atolladero sin algún ánimo de rectificación de quienes se reservan de modo absoluto el poder, y sin que la sociedad –y en ella cada ciudadano– se reubique en una perspectiva de transformación, revisión y superación de esa relación dominante. Detrás de esto está la urgencia de construir un complejo entramado social que sea productivo, cultive las potencialidades y se ordene y proyecte a partir de la cohesión social. Ese entramado surge de una conciliación activa de ciudadanos que acuerdan actuar juntos y, desde la capacidad individual, eligen, exigen y asumen deberes. Esa conciliación activa, que es una ética de valores públicos, es contraria a la sumisión del individuo a unos fines colectivos que reclaman obediencia al poder.

Dicha conciliación entronca con un cambio de época que hace completamente disfuncional a la matriz del Estado patrimonialista-corporativo, la cual –agotada y revisada desde hace varias décadas en toda Latinoamérica– reaparece en Venezuela bajo la forma de una “geometría del poder”. Y el norte de esa matriz, en su versión socialista del siglo XXI, es “estatizar” a la sociedad civil hasta convertirla en instancias (comunas) que solo cobran vida y legitimidad en la trama burocrática de un esquema hegemónico cuya deriva es la centralización y concentración del poder. El esquema de dominación rentista-colectivista decide cuáles sectores sociales o políticos merecen reconocimiento (de allí su forma corporativa); y lo hace desde una exacerbado patrimonialismo donde los dineros y el patrimonio público son usados –en sus formas clientelar (para el pueblo) o de prebenda (para los allegados)– a favor del círculo de poder. La sociedad civil y los espacios territoriales de gobierno quedan desfigurados o invalidados para ejercer su autonomía, definir sus propósitos y crear redes de agentes (actores y ciudadanos) que ensanchen la influencia y el alcance de la representación de sus intereses. Agentes que, preferentemente, desde una comunidad territorial (local) tienen los atributos suficientes para organizar sus recursos (económicos, empresariales, institucionales y culturales) con el fin de dar forma a su potencial de desarrollo.

De la comuna a la comunidad

Vemos hasta aquí el complejo marco general dentro del cual la sociedad, en sus agentes y ámbitos, podría proveer nuevos significados. Así, se asume que deben ocurrir cambios de carácter más amplio en el ordenamiento político. No obstante, para que ello ocurra, y que además ocurra con la mayor ventaja y provecho en términos de gobernabilidad y prosperidad, es imperativo que las diversas expresiones de la comunidad, en sus dimensiones culturales y sociales, organicen sus percepciones sobre cómo salir del atasco. Desde el contexto actual se pueden reconfigurar –dados los recursos existentes– los entramados que empujen para la edificación de nuevos escenarios de organización de la producción y de la integración social e institucional en los procesos productivos. Claro que esto es un modelo de desarrollo endógeno. Pero no el exiguo, subsidiado y costoso de los “distritos motores” y del sistema económico comunal que se intenta imponer ahora en Venezuela mediante un Estado Comunal. Es el de empresas que, operando dentro de la dinámica del mercado, se armonizan con el sistema productivo de la sociedad local, con sus formas de cooperación y sus economías de escala. Pero lo más importante, en la perspectiva que aquí se destaca, es la significación que las tradiciones locales y las estructuras de valores familiares, sociales y culturales, aportan al proceso de industrialización y desarrollo. Uno donde las redes de interacción entre agentes e instituciones diversas con diferentes niveles de competencia, facilitan –en la visión de Vázquez Barquero– las relaciones laborales, el intercambio de bienes y servicios y la difusión de la información y el conocimiento a través de la red de empresas y de organizaciones locales. Esta vía de desarrollo nace del enraizamiento en el territorio, en lo local. Se identifica y despliega el saber técnico acumulado localmente y se crea y propaga un entorno institucional y económico que aporta a las empresas locales los servicios y las redes de cooperación que requieren para ser competitivas. Es un cambio estructural liderado por la comunidad local. Generar riqueza y distribuirla, a la vez que propiciar un entorno de prosperidad que abra oportunidades, son parte de esta dinámica en la que actores públicos y privados enfocan las inversiones para que las empresas sean motor de desarrollo. Pero un desarrollo que, incentivado por la cooperación y el intercambio, se acopla a la solución de problemas de la comunidad y se enfoca en el bienestar colectivo.

Todo intento por impulsar una comunidad motivada con propósitos compartidos, encuentra  hoy en Venezuela una barrera muy fuerte en la pérdida aguda de confianza y familiaridad. No sabemos bajo cuáles reglas regiremos nuestras relaciones y seguiremos la conducta apropiada. Más que integrarnos se trata de cohesión social. Donde el reconocimiento del otro y su aceptación como parte integral de la sociedad, nos lleva a construir comunidades vitales que logran una conciliación activa y se enfocan en una obra común.

*José Julián Hernández Carmona tuvo una mención especial del jurado en el Concurso “Narremos esperanza 2017”.

@ppjulianh

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