Carta del Director

La urgencia de construir una mejor alternativa a un acuerdo negociado

Foto: Reuters

Benigno Alarcón

19 de julio de 2019

La dirigencia política de la oposición democrática deber evaluar su estrategia, en el sentido de identificar y ponderar sus alternativas reales a un acuerdo negociado. En la medida que tal alternativa exista, ello contribuirá no solo a que se cuente con un plan alternativo en caso de que la negociación no alcance los resultados deseados, sino incluso a fortalecer la posición de los representantes democráticos en cualquier mesa de negociación. La construcción de tal alternativa pasa por el aumento de las capacidades internas de la oposición, sin prescindir de los mecanismos de presión externa que sean posibles.

La incertidumbre sobre la mediación en Barbados

Resulta una tarea difícil predecir un desenlace favorable para el proceso de negociación facilitado por Oslo entre la oposición democrática y los representantes de Maduro. Esto responde a los altos costos de tolerancia a un cambio político, no solo para los actores que están en la cúpula gubernamental sino también para una parte importante de aquellos que le sirven de base de sustentación, lo que incluye tanto a actores institucionales como no institucionales cuyo poder, patrimonio y seguridad dependen de su relación con el poder.

Considerando que la mediación es una negociación asistida y no un proceso adjudicatorio en el que alguien arbitra el conflicto e impone una solución a las partes, la posibilidad de que las partes alcancen un acuerdo depende de su voluntad y, en buena medida, de lo que están en capacidad de hacer si tal acuerdo no es alcanzado. Es aquí donde la sanciones y presiones internacionales tratan de hacer más difícil y costoso el mantener el poder bajo las circunstancias actuales.

Entre los factores que aumentan la dificultad de una solución, está la efectividad relativa del actual sistema de sanciones, sobre el que, si bien el régimen muestra signos de preocupación, existe también un efecto indeseable e insostenible sobre la población. A ello se suma una potencial y progresiva reducción de su efectividad a la que contribuyen tanto las nuevas tecnologías, como la conversión de divisas a cripto-monedas, la existencia de mecanismos alternativos, legales o ilegales, de enriquecimiento cuyo acceso depende de la cercanía al poder, así como el apoyo que otros regímenes autoritarios dan al de Maduro. Al mismo tiempo se ha producido una reducción importante de los costos de represión derivado de la reducción de la protesta con capacidad de incidencia política, la cual ha sido sustituida por un número creciente de pequeñas protestas reivindicativas pero aisladas, lo que implica un uso menor y menos visible de la represión.

A las dificultades propias de la negociación para alcanzar un acuerdo que permita un cambio político en una relación asimétrica de poder entre el régimen y la oposición democrática, en la que los costos de tolerancia a tal cambio lucen desproporcionadamente superiores a los costos de mantener el poder por la fuerza, se suma la complejidad derivada de la multiplicidad de actores involucrados, tanto a nivel de la cúpula política como de la base de sustentación, que hacen mucho más difícil la cooperación.

Aunque se habla de una serie de incentivos y presiones que obligan al régimen a participar en el proceso de negociación, como su interés por el levantamiento de sanciones, la supuesta presión de los testaferros y tesoreros del régimen por recuperar activos propios y ajenos, la emisión reciente del informe de Derechos Humanos (DDHH) de las Naciones Unidas (ONU) emitido por la Alta Comisionada Michelle Bachelet, entre otros, a lo que se suman las declaraciones de voceros como Jorge Rodríguez, Vladimir Padrino (FAN), Vladimir Putin (Rusia), Evo Morales (Bolivia) y el canciller cubano, Bruno Rodríguez, en favor del proceso de negociación, es importante recordar que el régimen siempre ha manifestado su interés en mantener una mesa de negociación en funcionamiento, lo cual se explica por su carácter voluntario y no vinculante, así como por los mayores costos que negociar sin obtener resultados tiene para la oposición, lo que ha sido siempre usado de manera muy hábil por el régimen para reducir presiones y ganar tiempo en momentos clave. La realidad es que, si bien la racionalidad obliga a no condenar y reconocer la deseabilidad de encontrar una solución negociada a la crisis, también es importante considerar que en la medida que el tiempo transcurre más difícil y costoso se hace para los representantes de Guaidó levantarse de la mesa sin un acuerdo políticamente viable.

Por lo pronto, el escueto comunicado de la cancillería noruega del 18 de julio se limita a reafirmar que la mesa de negociación sigue trabajando “de manera continua y expedita”, subraya la necesidad de que se les dé a las partes el espacio para un “ambiente constructivo” y pide respeto a la confidencialidad. Y aunque las partes han respetado tal confidencialidad, lo que no permite afirmar o negar las informaciones que han aparecido tanto en medios nacionales como internacionales sobre los avances del proceso, es necesario llamar la atención sobre las declaraciones de altos voceros oficiales, como aquellas en las que Diosdado Cabello niega toda posibilidad de una elección presidencial, y las más recientes en las que Nicolás Maduro llaman a sus bases a organizarse para una inminente elección parlamentaria, al tiempo que se hacen ajustes en la jefatura y operatividad del aparato represivo que parecieran indicar el estarse preparando para un nuevo proceso de contención represiva.

Foto: Reuters

¿Qué hacer? Las tareas impostergables

La información disponible sobre el proceso de negociación entre la oposición democrática y el gobierno venezolano facilitado por Oslo, considerando el balance entre costos de represión y de tolerancia a un cambio político y las alternativas con que cuenta cada parte en caso de que no se alcance un acuerdo, además de la relación asimétrica entre éstas, no permite un margen racional de optimismo, lo que obliga a considerar las consecuencias de que el régimen, una vez más, esté haciendo uso de la negociación como táctica dilatoria.

La dirigencia política de la oposición democrática deber evaluar su estrategia, en el sentido de identificar y ponderar sus alternativas reales. En este sentido, la oposición se debate entre tres estrategias. Una que asume como premisa que el proceso actual, tal cual como se desarrolla, tiene probabilidades de llegar a buen puerto, solo es cuestión de tiempo, por lo tanto, se debe continuar haciendo lo mismo que hoy se hace para producir un quiebre y/o un acuerdo con el oficialismo que permita el cese de la usurpación, la instalación de un gobierno de transición y la celebración de elecciones presidenciales o generales el próximo año. Una segunda opción adopta como supuesto el fracaso del proceso de negociación, porque anticipa que el gobierno aprovechará el tiempo para neutralizar a la oposición, así como los mecanismos de presión externa, por lo que la estrategia debe centrase en el lobbying internacional para generar un consenso en torno a una intervención militar. Una tercera estrategia, por la que nos inclinamos dada la poca predictibilidad de los resultados de la actual mesa de negociaciones, consistiría en construir una mejor alternativa a un acuerdo negociado que no dependa de la disposición de terceros países a actuar militarmente, ya que ello no está en las manos del liderazgo democrático, que propicie un cambio en el balance entre costos de represión y tolerancia así como en la correlación de fuerzas a favor de la oposición, simetrizando la relación entre ambos actores. En la medida que tal alternativa exista, ello contribuirá no solo a que se cuente con un plan alternativo en caso de que la negociación no alcance los resultados deseados, sino incluso a fortalecer la posición de los representantes democráticos en cualquier mesa de negociación. La construcción de tal alternativa pasa por el aumento de las capacidades internas de la oposición (nacionalización el conflicto), sin prescindir de los mecanismos de presión externa que sean posibles.

En tal sentido es urgente propiciar negociaciones internas con miras a lograr consensos entre todas las fuerzas políticas que componen hoy el Poder Legislativo, en torno a las opciones más realistas, que pasan, además, por concertar la legitimidad futura de Guaidó, una vez concluya el mandato de la junta directiva de la Asamblea Nacional en enero de 2020 a los fines de evitar posibles fracturas y el consecuente debilitamiento de la oposición.

Atender al hecho inevitable de que durante el próximo año habrá elecciones, parlamentarias si no hubiese acuerdo y generales (presidencial y parlamentaria) si lo hubiese. Es necesario que la oposición de prioridad a la organización de su estructura electoral, atendiendo a la demanda de la sociedad que ve en lo electoral la solución política más deseable (estudio del CEPyG-UCAB), pero para la que la oposición no estaría preparada en menos de seis meses. Ello implicaría, casi de seguro, la necesidad de hacer un giro en el discurso (cese de la usurpación, gobierno de transición y elecciones libres), que puede ser políticamente costoso pero que se justificaría sobre la base de: (i) menores costos y riesgos de vida para los venezolanos; (ii) la gobernabilidad en una potencial transición; (iii) ajuste a la preferencia de la mayoría de la población; (iv) mayores probabilidades de lograr una transición exitosa y sostenible, con base en la evidencia empírica que demuestra que la mayoría de las transiciones exitosas han sido producto de negociaciones y/o elecciones.

Atender con urgencia la estrategia comunicacional, que es la arena en la que el régimen tiene sus mayores fortalezas, en aspectos tales como: i) La percepción de que la oposición no representa una alternativa de gobierno. No existe difusión suficiente de los logros o sobre una visión inclusiva de país, así como de esfuerzos tales como Plan País, que no son conocidos por la mayoría de la población de acuerdo a las mediciones de opinión pública; b) Los ruidos que se generan sobre supuestas pugnas entre lideres y fuerzas políticas de la oposición; y c) La narrativa y el lenguaje que usa el común de la gente en la calle es la comunicada por el régimen, lo cual es una evidencia muy importante de que el mensaje alternativo del liderazgo democrático no está alcanzando a una buena parte de la audiencia. Es fundamental que el liderazgo democrático escuche y la hable de manera comprensible a ese sector que representa la mayoría del país.

Asimismo, es necesario definir una estrategia que permita que, más allá de los partidos políticos, la sociedad civil sea incluida para reactivarse alrededor de una estrategia común, con un horizonte temporal específico, que traiga consigo la construcción de una serie de mensajes que alimenten las expectativas positivas, que comienzan a mostrar signos de retroceso. En este sentido debe considerarse un esfuerzo de concertación social que incluya a aquellos actores que gozan de mayor confianza, tales  como lo son la Iglesia, las universidades, los estudiantes, el sector empresarial, y las organizaciones de la sociedad civil, sin que ello implique el desplazamiento de los actores políticos.

Finalmente, la comunidad internacional sigue siendo fundamental para fortalecer la causa democrática de la oposición y el liderazgo de Guaidó. Lo fue en un momento en el cual el sector político de la oposición lucía extraviado, no encontraba un norte estratégico efectivo para producir el cambio, y carecía de un referente político significativo en la población. Lo cierto es que la presión de su parte no se desvanecerá debido a la voluntad democrática que caracteriza a los aliados internacionales y que los impulsa a apoyar causas como la venezolana, y por las implicaciones de la crisis migratoria, pero ella no sustituye el liderazgo nacional ni puede, por si sola, sin la actuación decidida de los actores locales, materializar un proceso de transición, tal como lo demuestran buena parte de estos procesos de cambio político: El muro de Berlin no fue derribado por los americanos; Milosevic no fue sacado del poder por la OTAN; Pinochet no fue derrotado por una intervención militar extranjera; ni Rawlings dejó el poder en Ghana por las presiones internacionales ni la debacle económica de sus país.

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