Opinión y análisis

Pedagogías políticas

Imagen referencial

Luis Gómez Calcaño

25 de julio 2019

Ante el diluvio de opiniones y juicios vertidos en las redes sociales sobre la política nacional y mundial, que con frecuencia demuestran ingenuidad o ignorancia, la reacción de quien conoce bien el tema, como los profesionales de la ciencia política y otras afines, puede ser tratar de “dar lecciones” acerca de los conceptos básicos de esta y otras ciencias, o bien lamentarse y alarmarse ante el peligro real de que estas ideas carentes de racionalidad y llenas de prejuicios incidan decisivamente sobre las políticas públicas.

A pesar de la buena intención de esos intentos pedagógicos, es muy posible que la mayoría de ellos caigan en el vacío, porque el ciudadano que opina no necesariamente quiere participar en un debate racional en el que haya que proponer y debatir argumentos sólidos, sino expresar en forma retórica sus preferencias políticas. Y esto no es algo que se pueda ni deba combatir, ya que es un principio básico de las democracias modernas: todos los ciudadanos tienen derecho a tener opiniones políticas y a expresarlas, así sean ingenuas, equivocadas o hasta absurdas. Y no sólo pueden opinar, sino actuar de acuerdo con esas opiniones, entre otras formas votando o participando en partidos o movimientos políticos. Pero entonces, ¿cómo evitar que esas ideas destructivas se impongan y causen los males que el académico logra diagnosticar pero no impedir?

El verdadero pedagogo de los ciudadanos (para bien o para mal) es el liderazgo político, ya que los líderes son capaces de traducir ideas abstractas (de la más diversa calidad) en explicaciones relativamente sencillas y ligadas a las emociones de sus seguidores, que los lleven a la movilización para lograr fines políticos. Son muy escasos los científicos sociales que han tenido éxito como políticos (la posible excepción es Fernando Henrique Cardoso), y en cambio son innumerables los políticos sin formación académica que fueron capaces de movilizar grandes masas a favor de sus proyectos, en la medida en que su discurso proporcionó sentido a la realidad que aquellas vivían y moldeó sus aspiraciones.

En el caso de Venezuela, durante mucho tiempo pudieron observarse los efectos de los discursos fundacionales de los grandes partidos, emitidos por sus líderes históricos, Betancourt, Villalba y Caldera. Independientemente de su grado de educación formal y de los logros de su autoformación, produjeron ideas-fuerza, diagnósticos simplificados pero movilizadores de la realidad y consignas de alto impacto que se fueron instalando como el lenguaje identificador de los militantes y simpatizantes de sus partidos. En este sentido, esos fundadores y algunos de sus seguidores contribuyeron a la formación de la cultura política del venezolano, con sus virtudes y limitaciones.

¿Y cómo aprende el líder político ese saber que está más acá pero a la vez más allá de lo académico? En buena parte lo hace en forma artesanal, como en los gremios medievales, formándose como aprendiz bajo la dirección de políticos más expertos, que le van enseñando los “trucos del oficio” y, con suerte (con mucha suerte), también algunos rudimentos de doctrina, de filosofía y de ética políticas. Esta experiencia es difícilmente sustituible para quienes inician su carrera política viniendo de otros campos como la academia, la milicia o la administración.

Es cierto que las grandes formaciones políticas han desarrollado estrategias de formación de sus líderes, mecanismos que tratan de identificar entre los liderazgos de base, y especialmente entre los jóvenes, aquellos que se destacan por su capacidad o carisma, para complementar su formación informal con alguna sistematicidad. Sin embargo, este tipo de capacitación no pretende, ni podría hacerlo, convertir a esos jóvenes líderes en investigadores académicos, sino darles un marco de ideas generales y de técnicas de gestión política que les permitan enfrentar su verdadera práctica, que es la de convencer y movilizar ciudadanos para contribuir a la formulación y ejecución de políticas públicas.

En Venezuela, el método artesanal funcionó, con altibajos, durante la lucha por la democracia y una vez instaurada esta, pero se fue deteriorando a raíz de las divisiones que fueron produciendo un hiato entre los líderes tradicionales y su generación de relevo. Una primera fuerza disgregadora fue la turbulencia política de los años sesenta, que produjo rupturas irreconciliables en varios de los partidos más importantes del país, y especialmente AD, en el que dos generaciones y una parte del liderazgo tradicional se separaron en forma conflictiva del tronco común, rompiendo muchos de los lazos de continuidad entre hornadas de liderazgo. La ruptura del monopolio relativo de los partidos sobre la administración pública, que se inició durante el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez con la entrada de algunos representantes empresariales en nudos clave de la administración pública, abrió un recorrido paralelo al poder, por senderos ajenos al paciente recorrido a través de los niveles burocráticos del partido, que hasta ese momento era el mecanismo predominante de ascenso y de formación del liderazgo.

Y la grieta se profundizó hasta convertirse en abismo cuando la generación posterior a la de los fundadores fue incapaz de renovar los programas originales y fue perdiendo legitimidad, tanto ante la opinión pública como frente a los cuadros que esperaban relevarlos; el bloqueo al normal desplazamiento de las élites partidistas por sus herederos naturales agravó más aún su creciente desprestigio, dando lugar a la búsqueda de actores alternativos, como los partidos formados por disidentes generacionales, las élites económicas y comunicacionales, y finalmente los militares. Los políticos que habían sido formados por los grandes partidos en las décadas anteriores parecían no tener ya nada que enseñar y nada que transmitir, ni a sus sucesores ni a la sociedad en su conjunto.

Los liderazgos alternativos terminaron formándose al margen o en contra de sus propios progenitores políticos, y quizás ello contribuya en parte a explicar por qué no fueron capaces de enfrentar el tsunami del chavismo que aniquiló a las generaciones anteriores y también, casi por completo, a la de relevo. Después de veinte años de aquella debacle, entre los partidos de Puntofijo sólo resta en pie Acción Democrática.

Entonces, ¿quién educa hoy a los ciudadanos, y quién a los políticos?

Ante todo, cabría preguntarse si ese modelo pedagógico de arriba hacia abajo, en el cual las bases son moldeadas por el liderazgo, sigue teniendo vigencia en la Venezuela del siglo XXI. Si en el siglo anterior ese modelo se podía justificar por la insuficiente experiencia y formación del “pueblo” en las prácticas de la democracia moderna, hoy en día se puede alegar que el nivel educativo y cultural de la población le permite situarse como igual frente al líder político, del cual no espera lecciones sino explicaciones de su conducta; que desconfía más de lo que confía en él, y que se comporta más como un consumidor que compara ofertas que como un seguidor incondicional.

Si bien hay algo de cierto en esta imagen, el caso de Venezuela a principios del siglo XXI nos muestra, a primera vista, lo contrario: una mayoría significativa de la población que por más de una década suspendió voluntariamente el juicio crítico frente a su principal líder, al que dotó de rasgos mesiánicos y extendió repetidamente cheques en blanco para que actuara sin límites ni críticas en busca de lo que esa mayoría creía ser los intereses del pueblo. Pedagogía política hubo, pero en el sentido que los antiguos griegos habrían llamado demagogia: un estilo de comunicación entre el líder y las masas en el cual se funden las identidades de ambos, por lo que la voluntad del líder (que no es otra que la del pueblo) está y debe estar por encima de cualquier consideración legal o marco institucional.

Naturalmente, son muchos los factores que explican semejante abdicación de la autonomía ciudadana, pero entre ellos debe tomarse en cuenta el vacío de discurso interpretativo, de doctrina política y de visión compartida que dejaron los últimos años de decadencia de la democracia representativa. El discurso de los herederos de Puntofijo se fue convirtiendo cada vez más en palabras rituales sin relación con la vida real de los ciudadanos de base, por lo que ellos quedaron “disponibles” (diría Gino Germani) o más bien dispuestos, a oír discursos alternativos que no obstante mantuvieran alguna línea de continuidad con el populismo rentista originado en la “Revolución de Octubre” y renovaran la esperanza en un regreso al bienestar perdido.

Y así como hubo un vacío de discursos, los primeros años del chavismo produjeron un vacío de liderazgos y de partidos, a medida que iba aumentando la desorientación y los errores de las formaciones “puntofijistas”. Mientras el partido oficialista crecía apoyándose en los recursos del Estado y la popularidad de Chávez, la “vieja” izquierda que pretendía dar una orientación marxista al movimiento fue siendo desplazada por nuevos liderazgos, surgidos sobre todo del sector militar y del entorno personal del mandatario. Más que un partido, el PSUV se convirtió en una correa de transmisión de la voluntad presidencial.

En cuanto a la oposición, los partidos que surgieron como reacción al chavismo se originaron como disidencias de los partidos históricos (UNT o Avanzada Progresista), o como metamorfosis o vástagos de organizaciones de la sociedad civil orientadas hacia lo político (Primero Justicia, que dio origen a Voluntad Popular, y Vente Venezuela). Son, por así decirlo, huérfanos cuando no parricidas. Nacieron del vacío creado entre la decadencia de sus antecesores y la fuerza destructiva del chavismo, por lo que no tienen padres conocidos, o al menos reconocidos, en los partidos del pasado. Y esto puede ser una fuente de fortalezas y al mismo tiempo de debilidades: pueden decir con orgullo que nada deben al sistema anterior, que comparten las críticas de los ciudadanos desilusionados, y que sus prácticas serán opuestas a las que produjeron esa desilusión; pero al mismo tiempo, quienes empezaron sus carreras políticas precisamente como “independientes”, “no-políticos”, y críticos hacia los partidos se ven obligados a justificar su cambio de ramo: ¿Será que se convirtieron en políticos para engañar, enriquecerse y en suma, para parecerse a los partidos de antes? ¿Es posible volver a confiar alguna vez en alguien cuya carrera es la política? ¿No serán estos una repetición de aquellos?

Y es en este punto donde la expresión “pedagogía política” se ve obligada a redefinirse para dirigirse a ese nuevo tipo de ciudadanía. Porque, más que un vacío, la decadencia de los antiguos partidos y el huracán chavista produjeron una fuerza centrífuga que aleja a los ciudadanos de los partidos por una profunda desconfianza, hasta el punto en que hoy en día, frente a un gobierno extremadamente impopular, son más quienes se autodefinen como independientes que como simpatizantes de partidos de oposición. Y si el fenómeno que ha sido llamado “antipolítica” puede prestarse a muchas confusiones (entre otras cosas porque ella misma es  una forma de hacer política) parece describir bastante adecuadamente una actitud difundida entre la población venezolana, aunque quizás sería más preciso llamarla “actitud anti-políticos”. Fenómeno que no es exclusivo de nuestro país, y que ha dado lugar a nuevas configuraciones de ese antiguo personaje del demagogo, el político que dice no serlo para desplazar a los demás políticos y ejercer su poder sin cortapisas.

El último gran performance del político anti-políticos entre nosotros tuvo un enorme éxito y no desprestigió ese modelo de relación, puesto que salió del escenario sin tener que responsabilizarse de las peores consecuencias de sus años de poder absoluto, Por eso, el mito de un Chávez superior a sus herederos, precisamente por su capacidad de actuar “por encima” de las meras consideraciones políticas, se prolonga en las ansias de un nuevo líder político pero no político, es decir, con vocación de poder pero sin los vicios que se atribuyen al político promedio. Los líderes políticos opositores en la Venezuela de hoy enfrentan el enorme dilema de desmontar esta fantasía sin alejar a sus bases naturales, o de ceder a ella e instrumentarla para convertirse en el nuevo “político-anti políticos”. En este caso, la pedagogía política puede ser tanto positiva como negativa, y no se expresa solamente en discursos, sino en el estilo de comunicación, la capacidad de forjar alianzas, la de distinguir entre enemigos, adversarios y aliados, la de equilibrar la sinceridad con la capacidad de generar esperanzas y, sobre todo, la credibilidad de su palabra.

Pero la tentación de dejarse llevar por esta tendencia centrífuga y de aprovechar la fantasía del político anti-políticos para reeditarla, esta vez con un signo ideológico contrario, está presente y constituye una especie de pedagogía perversa, que bien podríamos llamar “demagogia”.

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