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Venezuela: política alienada

El cambio implica no repetir los errores del pasado

Juan Manuel Trak Vásquez 23 de agosto de 2019

La política en Venezuela está alienada. Y para que quede claro, entiendo la alienación de la política desde la perspectiva Erich Fromm quien dice que “si el concepto resulta alienado –es decir separado de la realidad a la que se refiere– pierde su realidad y se transforma en un artefacto de la mente del hombre” (Erich Fromm en Y Seréis como Dioses). Esta visión es algo diferente a la expresada por Marx (en los Manuscritos Filosóficos Económicos), quien indicaba que la alienación es el extrañamiento del hombre frente aquello que lo hace humano, es decir, el trabajo. No obstante, ambas definiciones entrañan la idea de la separación entre la experiencia (el Ser) y la idea (o acción en el caso de Marx) que se lleva a cabo, convirtiéndose esta última en un ente con vida propia que se impone de manera coactiva desde afuera al Ser y que trae como consecuencia de deshumanización tanto de la idea (o actividad) como del Ser mismo.  

Así pues, cuando hablo de alienación me refiero, entonces, a que la manera como se hace política hoy en Venezuela conduce a la alienación de la sociedad a la que se supone que la política debe servir. Recordemos que para Aristóteles el ser humano es Zoon Politikon, es decir, un animal político; siendo esta la característica que nos distingue de otras especies animales. Los seres humanos compartimos con otros mamíferos una sociabilidad innata, es parte de las funciones básicas de nuestro cerebro límbico en el que se procesan los sentimientos de amor, compasión y el aprendizaje. Son estos sentimientos de protección a la prole y al grupo los que derivan en comportamientos colectivos visibles en las diferentes especies de mamíferos.

Sin embargo, a diferencia del resto de los mamíferos, los seres humanos también hemos desarrollado el neocórtex, parte del cerebro en la que residen la capacidad de crear cultura (creencias, valores, normas, símbolos, lenguaje, y objetos materiales), y trasmitirla de una generación a otra. Esta capacidad nos permite trascender a la memoria genética y tener consciencia de nosotros mismos como especie, de las formas de organización social que nos damos, de nuestra propia historia y de la idea del bien y el mal.  

Así la política es la actividad propiamente humana que tiene como propósito crear voluntariamente asociaciones para organizar la vida en comunidad. El objetivo último de esta asociación sería el bien supremo, que no es otra cosa que la felicidad a todos los miembros de la comunidad. En comunidades poco complejas la organización política es básica y sus estructuras están esencialmente subsumidas en las prácticas cotidianas de los miembros de esa comunidad. Por el contrario, en comunidades más complejas, las estructuras políticas se diferencian de las estructuras sociales cotidianas, lo que supone diferenciación social entre dirigentes y dirigidos, al tiempo que se van generando diferencias entre diversos grupos que compiten por el poder. Con independencia del tipo de sistema político que se haya adoptado, cada sociedad crea un conjunto de ideas que legitima el tipo de régimen político que tiene y la manera como se accede al poder. Estas ideas son las que indican porque ese, y no otro, es el sistema adecuado para lograr ese bien supremo que es la felicidad.

Por ejemplo, la declaración de independencia de los Estados Unidos señala que “que los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. Por lo que el régimen político que esa constitución delinea tiene como propósito la persecución de esos derechos, incluyendo la felicidad. Si bien es cierto que las ideas de igualdad, libertad y felicidad están enmarcadas en sus contextos históricos, no es menos cierto que desde la antigüedad hasta hoy esos anhelos siguen siendo motor fundamental del progreso humano.

La democracia hoy tiene ese ideal político de fondo, la Revolución Americana, y posteriormente la Revolución Francesa, dieron el primer paso en la emancipación de Occidente frente a los poderes de los la Iglesia Católica, los Monarcas Absolutos y sus cortes, o militares; quienes impusieron un orden político alienando la idea de Dios mediante el uso brutal de la fuerza. La democracia en Occidente logró cambiar la lógica de la competencia por el poder, institucionalizó un conjunto de procedimientos mediante los cuales las personas, vistas como iguales ante la Ley, tenían el derecho de participar en el gobierno; bien sea como representante o como elector.

Hoy por hoy, la alienación de la política tiene que ver precisamente con el vaciamiento a los que han sido sometidos estos conceptos. Hemos creado un sistema en el que la igualdad –es decir, la idea que todos seamos tratados de la misma manera por las instituciones que nosotros mismos nos hemos dado con independientemente de cualquier característica, idea o preferencia personal–  es demonizada porque se reduce a igualdad material. La libertad –es decir, la idea de que cada uno de nosotros puede elegir el curso de su vida sin más restricciones que la de no causar daño al otro– ha sido sustituida por nuevas formas de opresión desde el Estado, instituciones religiosas o identidades sociales que condicionan nuestra forma de pensar, sentir y relacionarnos con los otros. Y la felicidad es frecuentemente confundida con la idolatría al dinero, líderes carismáticos o ideologías totalizantes.

Y me detengo en este último aspecto. La felicidad es un concepto profundamente subjetivo. Dice la psicología que es un estado de la mente en la experimentamos bienestar, pero cada uno de nosotros tendrá parámetros diferentes para definir ese bienestar. No obstante, ese bienestar requiere, como bien lo señalaba Maslow en su pirámide, la satisfacción de necesidades básicas (fisiológicas y de seguridad), psicológicas (pertenencia, amor y estima) y de autorrealización (alcanzar nuestro potencial). Así, el propósito de cualquier asociación política sería lograr la existencia de condiciones que permitieran a cada uno de nosotros lograr ese último estadio de autorrealización.  Así entiendo yo que era la promesa de la democracia.

El sistema democrático fue un sistema disruptivo en el que la lucha era por la eliminación de las desigualdades políticas, económicas y sociales. Este sistema permitiría dar a todos por igual la oportunidad de ejercer su libertad y buscar la felicidad. No se puede ser feliz si no se es libre, y no hay libertad si no hay igualdad civil, política y social. Y en este último aspecto deseo aclarar que cuando digo igualdad social me refiero a la posibilidad de todos los ciudadanos de una comunidad política de desarrollar su potencial; motivo por el cual es necesario que tengan la posibilidad de acceder a una alimentación y salud suficiente para desarrollar sus capacidades cognitivas, acceso a educación de calidad que permita el desarrollo de sus potencialidades y la ausencia de toda forma de discriminación por motivo de género, raza, creencias religiosas o políticas, origen étnico o preferencia sexual.

No obstante, hoy la democracia ha sido secuestrada por élites políticas, económicas y burocráticas que defienden el privilegio de tener a su disposición los recursos del Estado para fines particulares; también por oportunistas políticos quienes se aprovechan del descontento hacia esas élites para imponer proyectos basados en lógicas tribales o totalizantes  que conducen a la pérdida de la libertad, la igualdad y que impiden la búsqueda de la felicidad a partes importantes de la población.

Si como decía Aristóteles el fin de la política es la búsqueda de ese bien supremo que es la felicidad, y la promesa de la democracia era precisamente la de ser un sistema en el que la igualdad de derechos y la libertad permitía a cada quien buscar esa felicidad, entonces, lo que observamos como práctica es la alienación de la política y la democracia.

En Venezuela esta alienación es evidente, una idea de democracia participativa que terminó siendo una de las dictaduras más crueles de América Latina en los últimos 30 años. El llamado Socialismo del Siglo XXI no fuera cosa que un sistema que fomentó la dependencia de las personas hacia el Estado, convirtiendo a los ciudadanos en súbditos. Las políticas sociales nunca estuvieron orientadas a la creación de capacidades, sino que fue la construcción de un sistema clientelar y de subordinación de los más necesitados hacia el Estado. Al final, la alienación se consuma cuando al no poder seguir alimentando la relación clientelar el Estado se convierte en un carcelero cruel e inhumano.

Así en nombre de la democracia participativa no se permite participar en condiciones libres, justas y competitivas. En nombre de la igualdad se sometió a los venezolanos a la miseria más grande del último siglo. En nombre de la “libertad de los pueblos” se somete a régimen carcelario a toda una nación.

Más aún, una parte de la oposición al gobierno ha sucumbido a esta lógica. Una parte del liderazgo oposito, y sus seguidores, han adoptado el discurso cruel y de odio frente a quienes piensan diferentes a ellos. Dicen que quieren rescatar la democracia, pero no toleran el pluralismo, dicen que son adalides de la libertad, pero quieren perseguir y encarcelar a todos sus adversarios. Dicen que quieren justicia, pero andan ondeando las banderas de la venganza y haciendo listas cual inquisidores. De lo que se sigue que, en nombre de la democracia se quiere acallar a quien piensa diferente. En nombre de la libertad se promueve la restricción a otros para que puedan participar. En nombre de la justicia se señala injustamente a todos los adversarios.

La idea de la política y la práctica política han quedado completamente divorciadas en la realidad. Ya el bien supremo no es la guía de ningún proyecto político, por el contrario, el odio y la venganza guía la acción de dirigentes y dirigidos. Al final, en nombre de la política se llama a la aniquilación del otro, entonces, ¿para qué hacemos política? 

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