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La gasolina más barata del mundo

Foto: Reuters

Andrés Cañizález

El anunciado colapso del país ha llegado vestido de paralización. Salvo en Caracas, en donde se siguió surtiendo gasolina a particulares, en buena parte del país en realidad se suspendió la venta de combustible casi que en paralelo con el decreto de “cuarentena social” por el Coronavirus, que entró en vigencia el 16 de marzo último.

El mito político que ha prevalecido entre los venezolanos, gobernantes y gobernados, de que era necesario mantener la gasolina a precios ridículos dentro del país, nos ha llevado a este punto. De la gasolina más barata hemos pasado rápidamente a tener la gasolina más cara del mundo. Un floreciente mercado negro del combustible ubica ya al producto entre 1 y 4 dólares el litro, según sea la zona del país en la que uno se encuentre.

El colapso nacional se explica por una multicausalidad, como todos los fenómenos sociales y políticos que no pueden ser explicados por una sola cosa, pero la ausencia de gasolina en el país que tiene una de las mayores reservas de crudo del mundo es, sin duda, sintomático.

La gasolina como símbolo de unas élites políticas populistas, antes y después de que Hugo Chávez llegara al poder, que prefirieron generarle gastos extraordinarios al fisco nacional antes de plantarse ante la sociedad y hablarle con claridad sobre este asunto.

Hemos estado por décadas ante unos liderazgos gubernamentales que evitaron llevar adelante un plan racional. Un programa de aumentos paulatinos, con subsidios efectivos para los transportistas y una genuina campaña de concientización ciudadana sobre el valor del combustible como palanca para que la sociedad –como un todo- produzca y funcione.

La lógica populista se impuso, y repito no sólo en estos años del chavismo. Ha sido un mito político, en Venezuela, mantener a la gasolina con el precio más bajo del mundo y en éste quedaron atrapadas las élites y la sociedad.

Durante los últimos años, y en particular en los últimos dos, asistimos al desmoronamiento de la infraestructura nacional. Fue algo que se incubó por largos años, en los que pese a la abundancia no hubo políticas públicas realistas para la inversión en los sectores estratégicos, en aras de conservar el funcionamiento de lo que ya teníamos; y menos aún se generaron nuevas infraestructuras en diversos ámbitos de la vida nacional.

Ha sido una suerte de colapso por entregas lo que se ha vivido en Venezuela. Y otro aspecto paradójico es que estamos ante tal devastación nacional, luego de tener los ingresos más descomunales de nuestra ya rica historia petrolera.

La ola de apagones, que ya había tenido en el estado Zulia una suerte de laboratorio de incubación años atrás, estalló exactamente en marzo de 2019. El colapso del sistema eléctrico fue denunciado con bastante antelación por diversos expertos, algunos de los cuales incluso debieron exiliarse tras la persecución del régimen venezolano.

La falta de electricidad generalizada en el país, primero con apagones nacionales y luego con un sistema que sistemática le quita luz a millones de venezolanos varias horas al día de forma alternada en las regiones, dejó en evidencia la fragilidad generalizada de nuestra vida cotidiana. Desde lo más dramático que presenciamos, los hospitales públicos sin plantas eléctricas de emergencia, hasta el desabastecimiento de agua ya que los sistemas en las principales ciudades carecen de fuentes de energía paliativas ante los apagones.

Y junto a la falta de electricidad y agua, un sistema de telecomunicaciones que luce al borde del abismo, tras años de controles estatales en las tarifas en medio de una galopante inflación. Allí estamos atrapados en otro marasmo populista, incluso los sectores medios le compran la idea al régimen de que se mantengan artificialmente bajas las tarifas de la telefonía o del Internet. Tener las telecomunicaciones más baratas del mundo también tiene su costo.

En marzo nuevamente, un año después de los apagones nacionales, el país se paraliza por falta de gasolina. La nula llegada de combustible al país, por tres semanas antes del 16 de marzo, tal como lo reportara la agencia Bloomberg en su momento, terminó encontrando en el Coronavirus una excelente coartada: Debemos estar en Cuarentena como medida preventiva.

Algunos analistas energéticos y economistas recomiendan que se privatice la importación y venta de gasolina en el país. Esa sería la solución para beneficio de la sociedad, tal vez, pero con harta frecuencia el Chavismo toma una decisión basado en otras variables. Veamos si esta circunstancia le obliga a romper con el mito de la gasolina barata.

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