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Desenmascarando el autoritarismo

Foto: The San Diego Union-Tribune


Félix Arellano

Internacionalista, Profesor titular de la Universidad Central de Venezuela, ex director de la Escuela de Estudios Internacionales de la UCV, coordinador del Área de Relaciones Internacionales y Globales de FACES-UCV. Columnista y Analista Político


La mayoría de los gobiernos autoritarios han manejado la pandemia de forma personalista,  desconociendo o menospreciando el papel de los expertos y la ciencia, utilizando la crisis con fines fundamentalmente políticos. Con sus ambiguas posiciones, tratan de cohesionar sus bases de apoyo radical y fanatizado y además están complicando el crecimiento exponencial del virus y sus letales consecuencias.

Para los gobiernos autoritarios la pandemia ha llegado como una gran aliada, permite un control más estricto y, aparentemente legítimo, de la población. Estamos conscientes que el aislamiento social y el confinamiento son herramientas necesarias para evitar el contagio del virus; pero, a los fines del autoritarismo, se presenta como la panacea para el control de la oposición, la crítica y la protesta.

Entre las perversidades que afloran con la pandemia se aprecia el fortalecimiento del militarismo, sector que, en la mayoría de los casos, representa un aliado fundamental y uno de los mayores beneficiados del autoritarismo. Con la pandemia se retoman las agendas de seguridad, en particular sanitaria y alimentaria, y en la dinámica autoritaria se asume que la seguridad es competencia militar.

Ahora bien, asumir la seguridad como un tema exclusivo de las fuerzas armadas representa una visión anacrónica; empero, a los fines del objetivo central, perpetuarse en el poder, resulta muy conveniente sacar las fuerzas represivas a la calle, supuestamente para enfrentar la pandemia; en muchos casos están saliendo para  amedrentar, reprimir y violar los derechos humanos; pero la pandemia es una interesante justificación o excusa.

Con la excusa de enfrentar más efectivamente la pandemia, los gobiernos autoritarios están desplegando fuerzas militares, policiales, diversas organizaciones de seguridad; incluso, en los casos más graves, a grupos paramilitares para ejercer el control y amedrentar la población. Las organizaciones de seguridad han tomado los puertos, aeropuertos, zonas de frontera incluyendo los diversos accesos internos en las propias ciudades.

La creación de múltiples alcabalas a lo largo y ancho de los territorios nacionales y al interior de las ciudades, ha potenciado otros de los dramas que caracterizan al autoritarismo, como es la corrupción, un mal profundo y generalizado. Las instrucciones que cambian con mucha frecuencia, establece múltiples prohibiciones, las alcabalas del personal de seguridad cumple la labor de ejecutar la norma, de ser necesario, mediante la represión o el abuso; empero, cualquier contribución, particularmente en divisas extranjeras, puede flexibilizar las normas.

Algunos consideran que con estas nuevas prácticas se está logrando una mayor “democratización de la corrupción”. Lo regular en esos regímenes es que los altos niveles de la cadena de mando reciban los mayores beneficios, ocupando altos cargos públicos o gerenciales, en la inmensa red de empresas bajo control militar. Con la cantidad de nuevas alcabalas el personal raso entra a disfrutar los beneficios de las prácticas clientelares del autoritarismo, lo que refuerza su apoyo al poder.

Por otra parte, que la manipulación y la mentira resulten prácticas consuetudinarias de los gobiernos autoritarios, conlleva que los reportes sobre la evolución de la curva de contagios, sean parte inexorable del libreto. Un caso emblemático de la opacidad autoritaria lo representa el partido comunista chino, el mundo no tiene claro ni los orígenes, ni la evolución, ni el manejo de la pandemia en China, un país donde toda la información está plenamente controlada.

El talante, las prácticas y narrativas autoritarias potencian la angustia que genera la pandemia y estimula la estigmatización y el consiguiente rechazo de la población infectada, ha ocurrido en diversas oportunidades, podríamos mencionar casos como el ébola, el VIH o, en los anales de la historia, la lepra.

Resulta lamentable observar cómo crece la información sobre el maltrato, abandono e incluso criminalización que está enfrentando la población afectada por el coronavirus. Algunos gobiernos autoritarios están creando una atmosfera de guetos en los que se aíslan los pacientes, en condiciones deplorables y sujetos a un creciente menosprecio social.

Diversos factores estimulan este humano comportamiento, entre otros, la masiva desinformación promovida en las redes sociales, cargadas de mensajes fatalistas, que incrementan los niveles de ansiedad. Otro factor que está influyendo de forma decisiva en las conductas aprensivas, son las erráticas y manipuladoras posiciones de los gobiernos irresponsables y autoritarios.

 Ahora bien, no todo es desolador. En efecto, la pandemia, también puede potenciar las fuerzas sociales para fortalecer las instituciones democráticas, y lograr un papel más activo de la sociedad civil. Adicionalmente, puede estimular la disposición racional para el diálogo, la negociación y la cooperación. Resulta evidente la necesidad de la cooperación internacional para superar a la COVID-19.

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