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Diez respuestas para diez preguntas frecuentes

Carta del Director

Foto: AFP

Editorial

Benigno Alarcón Deza

El titular de esta semana lo he querido dedicar a tratar de responder algunas de las preguntas que con mayor frecuencia se repiten en nuestros foros y conferencias, e incluso cuando nos encontramos con gente que nos conoce y sabe a lo que nos dedicamos. No pretendo con ello dar respuestas definitivas, sino las que con la mayor honestidad puedo dar desde la información que tenemos y la interpretación que de ella hacemos en nuestro seguimiento diario, gracias a la ayuda de un extraordinario equipo multidisciplinario que forma parte del Centro de Estudios Políticos y de Gobierno y de su Mesa de Análisis Coyuntural (MAC).

Y aunque las respuestas de este editorial son responsabilidad exclusiva de quien escribe y no necesariamente las del equipo del que orgullosamente me acompaño en la extraordinaria responsabilidad que he asumido durante los últimos años, el criterio desde el que abordo mis respuestas tiene mucho que agradecer a las innumerables horas de debate y discusión que hemos invertido en tratar de comprender nuestra realidad y en hacer los aportes que nos han hecho merecedores de la consideración y el respeto de muchos comunicadores y líderes políticos y sociales, así como de instancias académicas y otras organizaciones tanto nacionales como foráneas, aunque, lamentablemente, no siempre han encontrado suelo fértil en el que germinar y crecer entre nuestro liderazgo político, lo que en muchas ocasiones nos ha convertido en analistas críticos e incómodos para muchos, al advertir sobre errores, casi siempre evidentes, por la experiencia propia o por la comparación del caso venezolano con otros países.  

Pese a ello, continuaremos trabajando con el propósito de contribuir en la construcción y consolidación de una transición democrática, condición sine que non para alcanzar la paz y el balance necesario entre la libertad y el desarrollo de un sistema social, económico y político, sin lo cual, sencillamente, el país continuará viviendo en conflicto, sin presente ni futuro.

Hoy, nuevamente, a modo de contribución, trato de dar respuesta a diez de esas preguntas que con mayor frecuencia escucho cada día.

¿En qué terminará la crisis originada por el coronavirus en Venezuela?

Comenzando por lo que no es mi área, por lo que me limitaré a lo que esencialmente puedo decir, el coronavirus hoy no representa la principal preocupación del venezolano por dos razones, a la mayoría aún no les ha amenazado de cerca y porque hay otros asuntos que sí le tocan de manera directa y amenazan su subsistencia inmediata, como es el hambre para un tercio de la población y, en relación directa con ella, la destrucción de la economía, que se agudiza por medidas como la cuarentena, lo que hace mucho más difícil su sostenibilidad.

Tal situación seguramente implicará una dificultad creciente para mantener las medidas, como es fácil constatar en los sectores populares aún cuando se mantengan en el discurso, y el aumento inevitable de los contagios a niveles que no serán muy distintos a los que sufren países vecinos como Brasil y Colombia, pero cuya realidad no conoceremos porque habrá, como de hecho hay, una gran opacidad en la información y una enorme brecha entre la realidad y el número de casos diagnosticados.

Los costos finales del coronavirus en el mundo, cuando aún no hay una vacuna finalmente aprobada, y cuando la haya pasarán muchos meses hasta que esté disponible para la mayoría de la población mundial, aún son difíciles de predecir, y en países con regímenes cerrados como el de Venezuela, sus consecuencias finales quizás nunca las tengamos del todo claras, pero como toda pandemia pasará y lo único que pareciera que podemos hacer por ahora es asumir la responsabilidad de tomar la medidas para cuidarnos y cuidar a los demás, asumiendo siempre que aún sintiéndonos bien podemos ser transmisores asintomáticos del virus.

Asimismo, para quienes irresponsablemente apuestan al caos como solución, es importante recordarles que la enfermedad y las tragedias humanas acaban con gobiernos electos, que son sustituidos por otros cuando hay elecciones democráticas, pero nunca con regímenes autoritarios que, por el contrario, se fortalecen en la medida que tienen excusas para ejercer un control más férreo sobre la población y cuando la gente no tiene más alternativa que centrar sus energías en la supervivencia diaria, tal como hemos aprendido de casos como el de Zimbabue, Cuba, Nicaragua y nuestra misma Venezuela, entre muchos otros. En sentido contrario, el coronavirus, lejos de acabar con Maduro, terminó bloqueando las iniciativas de movilización que la oposición trataba de implementar a principios de año, y la colocó en clara desventaja de cara a un escenario electoral como el que se plantea para finales de este año.

A todo evento, el coronavirus pasará y la lucha por la democracia continuará, como ha sucedido durante los últimos 20 años, porque no hay derrota definitiva mientras no nos rindamos.

¿Trump logrará sacar a Maduro del poder?

Me temo que no. En este momento Venezuela no es una prioridad para Trump, quien divide su atención entre dos temas que sí son vitales para su propia supervivencia política y que están íntimamente relacionados, el coronavirus y la reelección presidencial. El coronavirus y sus consecuencias sociales y económicas si pueden sacar a Trump del poder en las próximas elecciones norteamericanas, como indican la casi totalidad de los estudios y proyecciones en la actualidad.

A todo evento, no hay que subestimar a Trump en lo electoral, quien es un candidato formidable como ya lo ha demostrado, pero, aunque le quedan aún cinco meses de campaña por delante, su reelección hoy luce cuesta arriba.

Una intervención en Venezuela sería para Trump una jugada de alto riesgo, con muchas probabilidades de complicarse por tratarse necesariamente de una intervención de largo plazo que no implica simplemente sacar a Maduro del poder, que con toda seguridad sería inmediatamente reemplazado por alguien más, como sucedió tras la desaparición física de Chávez.

No se trata entonces de retirar a un gobernante, sino de lograr la implementación de un cambio de modelo y su tutelaje hasta consolidarlo y hacerlo autosustentable, lo cual en la mayoría de los países no se ha logrado tras invertir cantidades exorbitantes de recursos durante años después de su intervención.

Estados Unidos, La Unión Europea, el Grupo de Lima, entre otros, ya han dicho que no reconocerán una elección parlamentaria que no sea democrática ¿Será entonces la comunidad internacional la que saque a Maduro del poder?

No reconocer una elección y sacar a un gobierno del poder son dos cosas muy distintas. Tan distintas que, aunque la mayoría de la comunidad internacional democrática no reconoció la reelección de Maduro en el 2018, no ha intentado por ello removerlo del poder.

Lo que sí es muy probable es que todos, o al menos una parte muy importante de los países que no reconocieron la reelección de Maduro en 2018, tampoco reconozcan la elección parlamentaria de este año si ella se celebra bajo las actuales condiciones.

Las transiciones democráticas impulsadas por una intervención militar internacional son muy poco frecuentes y aún menos frecuentes las que resultan exitosas. Apostar a que la geopolítica hace el trabajo que corresponde a los nacionales es por lo general una muy mala apuesta que deja casi siempre como resultado mayor desesperanza y decepción. Lograr los consensos a lo interno de cada país, y entre países, para emprender una iniciativa multilateral que arriesga la vida de los nacionales que participan como soldados en estos procesos tiene no solo costos económicos exorbitantes sino también políticos para quienes se suman a tales misiones.

Adicionalmente, hay un efecto paradójico en estos procesos y es el de desmovilizar y desempoderar a la población civil nacional, que se siente inútil ante el potencial escenario de una confrontación militar y asume un rol pasivo para garantizar su sobrevivencia y a la espera de que sean otros quienes decidan su futuro por la fuerza, tal como sucedió en el caso de Cuba en donde la gente vive bajo la convicción de que no hay nada que se pueda hacer más que irse o adaptarse para sobrevivir.

Entonces, ¿si la comunidad internacional no reconoce la elección de la nueva Asamblea Nacional, continuaría la actual Asamblea electa en 2015 en funciones?

Nuevamente, no reconocer a la nueva Asamblea como consecuencia de los vicios de la elección es algo distinto a continuar reconociendo la vigencia de la actual Asamblea Nacional. La continuidad de la Asamblea elegida en el 2015 pasaría, primero, por mantener la integridad de los diputados electos en sus funciones, lo que implicaría la presencia de la totalidad, o al menos la gran mayoría, de los 167 diputados electos en el 2015, lo cual al día de hoy luce poco probable considerando que los actuales 55 diputados del Polo Patriótico no continuarían, al igual que la mayor parte de los diputados electos por partidos minoritarios y una proporción aún desconocida, pero seguramente considerable, de quienes fueron electos como candidatos de la MUD y no estarían dispuestos a continuar en sus cargos después del 5 de enero de 2021.

¿Continuará la comunidad internacional reconociendo a Guaidó como Presidente Interino después del 5 de enero de 2021?

Si la comunidad internacional no reconoce la continuidad de la actual Asamblea Nacional, lo más probable es que tampoco reconozca la continuidad de Guaidó como Presidente Interino, cualidad que se deriva de su ejercicio como Presidente de la Asamblea Nacional. Hasta ahora no hemos visto ninguna tesis política o jurídica que permita a la comunidad internacional justificar tal posición, por lo cual pareciera que, mientras el desconocimiento de la nueva elección parlamentaria tanto por la comunidad democrática nacional como internacional sería un hecho de no modificarse de manera sustancial las condiciones, el reconocimiento de la continuidad de la Asamblea electa en 2015 y del gobierno interino lucen muy poco probables.

¿Participará la oposición en la elección parlamentaria de este año?

Hasta ahora todo parece indicar que no. En este sentido es importante aclarar que a los fines de esta respuesta estamos considerando como oposición a los partidos mayoritarios liderados por las autoridades reconocidas previamente a su remoción por el Tribunal Supremo de Justicia, así como a aquellos partidos que han venido acompañando las decisiones del G4, además del partido de María Corina Machado, Vente Venezuela, que a pesar de no seguir los lineamientos de la Unidad o del G4, no hay duda en considerarlo como de oposición. No consideramos oposición, al menos hasta que se demuestre lo contario,  a los partidos cooptados por el gobierno en la Mesa Nacional de Diálogo, o a través de la expropiación de las tarjetas y símbolos de Acción Democrática, Primero Justicia y Voluntad Popular.

Aun cuando hay varios movimientos que tratan de incidir en la oposición para que se participe en la elección utilizando alguna de las tarjetas aún habilitadas, como la de los partidos de Ecarri (Lápiz), Henrique Capriles (la Fuerza del Cambio), o Hiram Gaviria (Puente), la predisposición a abstenerse de una proporción muy importante de los electores de oposición, la necesidad de contradecir la propia narrativa opositora, el tiempo disponible para organizar la participación de la oposición en la elección bajo las condiciones impuestas por el manejo de la pandemia y por los nuevos rectores del Consejo Nacional Electoral, harán prácticamente imposible un cambio de dirección si la elección se mantiene para este año, como todo parece indicar.

¿Habrá elecciones parlamentarias este año?

Pese al coronavirus, la destrucción de los equipos electorales, los reclamos de la oposición y de la comunidad internacional, entre otras dificultades, todo parece indicar que habrá elecciones parlamentarias en diciembre de este año.

Solo una situación imprevista, como un golpe de Estado, o una de conflictividad social que se complica a niveles inmanejables para el gobierno, que por ahora no la vemos venir, podría imponer la cancelación de las elecciones parlamentarias de diciembre próximo.

Tal como sucedió en la oportunidad de la aprobación de la Constitución en 1999, cuando Chávez llamó a votar en medio de la tragedia de los deslaves afirmando que si la naturaleza se oponía lucharíamos contra ella, esta elección tiene para el régimen liderado por Maduro, e incluso para la cúpula militar, una importancia que va más allá de la elección per se y que radica en la necesidad de acabar con esta oposición que les ha venido desafiando desde el 2016 y que les ha generado innumerables inconvenientes, sobre todo durante los dos últimos años, para sustituirla por una nueva “oposición” cooptada y mucho más dócil, como se deduce de lo sentenciado por Timoteo Zambrano, quien en una entrevista con el periodista Vladimir Villegas afirmó que “la mayoría de la oposición fue la que provocó que el gobierno inhabilitara a la Asamblea Nacional porque cuando le dices al gobierno que lo vas a eliminar dejas la puerta abierta para que se desaten los demonios.”

¿Se debe votar en las próximas elecciones parlamentarias?

Depende de sus convicciones. Si ustedes como yo, es demócrata, la respuesta preliminar sería afirmativa, el problema se presenta cuando no tenemos candidatos que nos representen legítimamente y pretenden obligarnos a elegir entre partidos y personas, que han sido previamente seleccionadas por el mismo gobierno para “representar” el papel de la oposición, pero no tienen la legitimidad para hacernos  sentir representados.

Si este es su caso, usted tiene dos opciones, votar por los candidatos de oposición preseleccionados por el gobierno o no votar, lo cual es, otra forma de expresión que, aunque no nos da diputados sí deja evidencia de quien no nos representa.

En mi caso particular, no votaré mientras no haya en el tarjetón electoral candidatos y partidos por los cuales me sienta representado, aún estando consciente de que los boicots electorales no son suficientes para sacar a un gobierno autoritario del poder. No contribuiré a la sustitución de la oposición por aquella “oposición” que el gobierno quiere imponerme como su alternativa más conveniente.

¿Si no votamos la llamada “Mesita” se convertirá en la nueva oposición?

Muy difícil. Desde un punto de vista formal, los partidos que han participado con el gobierno en la Mesa Nacional de Diálogo, llamada comúnmente como “Mesita”, junto a quienes sean elegidos desde las tarjetas de Acción Democrática, Primero Justicia y Voluntad Popular, entre varias decenas de otros partidos, conformarán la nueva oposición en el teatro en el que se convertirá a la Asamblea Nacional, pero difícilmente la gente en las calles del país, después de veinte años, confunda la ficción con la realidad, y es mucho más probable que el efecto termine siendo paradójico, o sea el de la  descalificación y deslegitimación de quienes resulten beneficiados en esta elección para usurpar el rol de la oposición.

Aunque es posible que la situación planteada genere un vacío temporal de liderazgo, sobre todo en el caso de que una parte importante del actual liderazgo de oposición decidiera salir del país para instalar un gobierno y/o una asamblea en el exilio o para preservar su propia integridad.

¿Es posible una salida electoral en Venezuela?

No solo es posible, en realidad es la que tiene mayores posibilidades, pero para ello es esencial que la oposición democrática se prepare concienzudamente.

Prepararse para una salida electoral bajo un régimen autoritario, no es lo mismo que ir a elecciones en democracia. Bajo estas circunstancias los demócratas suelen ser exitosos bajos dos escenarios alternativos. El primero, implica que el sector democrático logre generar las condiciones que obligarían al gobierno a una negociación previa, lo que hasta ahora nunca ha ocurrido en nuestro caso, en la que la sustancia estaría en lo que sucedería el día después de una transición electoral, a cambio de las condiciones para que una elección con garantías sea posible, como ha sucedido en casos como el de Chile, Brasil, España o Sudáfrica, lo que al menos por ahora luce como una alternativa con muy baja probabilidad de ocurrencia.

La otra alternativa, es la de preparase seriamente para entablar un desafío electoral aún en condiciones desfavorables, que es el escenario bajo el cual se han producido una parte importante de las transiciones electorales, lo que implica que ante la falta de condiciones equitativas para competir, se impone una maquinaria organizativa democrática que deja poco o nada al azar; que ante la carencia de árbitros electorales imparciales, se impone la necesidad de una victoria amplia que no deja dudas; que ante un posible fraude electoral, se impone un conteo paralelo confiable que sea capaz de detectar y probar la realidad de los resultados; y que ante el desconocimiento de resultados, se impone la movilización de los ciudadanos para hacer respetar su decisión soberana.

El futuro de la democracia en Venezuela no depende de la próxima elección parlamentaria. La mayor amenaza al futuro del país hoy es que los venezolanos nos rindamos bajo la falsa percepción de que no hay nada que hacer,  de que ya lo intentamos todo y nada funcionó y de que el régimen es invencible. La realidad es que ningún régimen ha resultado invencible. Todos los regímenes, por más poderosos y monolíticos que parezcan, suelen tener pies de barro por la destrucción de su propia legitimidad, a partir de lo cual, la velocidad de los cambios es proporcional a la capacidad del liderazgo democrático para construir su propia legitimidad, no solo entre una mayoría que se opone al régimen, sino también entre quienes lo han sustentado y aprovechar con inteligencia el apoyo de esa mayoría para construir y ejecutar, de manera decidida, una estrategia inteligente.

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