Opinión y análisis

Trump: ni republicano, ni demócrata, ni liberal

Extraído de: Los Angeles Times

Trino Márquez

@trinomarquezc

Hace un par de semanas escribí un artículo que titulé Trump nunca debió haber sido Presidente. En estas líneas agrego algunos señalamientos a los ya señalados en ese trabajo. Estoy convencido de que el actual mandatario norteamericano representa una seria amenaza para la estabilidad mundial, y para la paz y la democracia norteamericana. Su confrontación con China ha colocado al mundo frente a una nueva versión de la Guerra Fría. Resulta paradójico que  presida una de las naciones donde primero se establecieron los principios republicanos, nació la democracia moderna y se generalizaron la economía de mercado y los valores burgueses.

La solidaridad que ha mantenido con la oposición venezolana, la aprecio y agradezco, pero de ningún modo la asumo como aval suficiente para considerar que debe continuar en la Casa Blanca, el centro de poder más influyente del planeta.

          Trump no cree en los valores republicanos. El Poder Judicial es una institución a la cual ha tratado de colonizar. La imposición de Amy Coney Barrett como magistrada de la Corte Suprema de Justicia, a solo dos semanas de la cita electoral, representa una señal inocultable del lugar que le asigna a esa rama del poder público. En varias ocasiones ha dicho que si pierde frente a Joe Biden, es capaz de desconocer los resultados de la elección e impugnarlos ante la Corte. Declaración insólita para un aspirante que ha competido con la ventaja relativa que otorga su condición de Presidente. La imposición de Amy Barrett por el Senado -dominado por el Partido Republicano- persigue la finalidad de contar con una clara mayoría en la cúpula del Poder Judicial para que, en el caso de que surja cualquier controversia jurídica, los magistrados de tendencia conservadora se pronuncien a su favor.

Desde el comienzo de su gestión ha mantenido tensas relaciones con los medios de comunicación independientes que no simpatizan con él. La prensa libre es uno de los baluartes de la democracia moderna. Ya lo destacó en el siglo XIX Alexis de Tocqueville en La Democracia en América. Trump ha librado una guerra sórdida con CNN y The New York Times, para solo citar dos gigantes de la comunicación con los cuales ha batallado. Todo mandatario de un país democrático sabe y admite, que los medios informativos representan los cancerberos implacables del régimen de libertades. Una de las virtudes de un buen gobernante reside en lidiar con medios difíciles e incómodos. Trump pretende relacionarse con ellos como si fuesen sus subalternos.

La inclusión y el respeto a los derechos de las minorías, constituye uno de los rasgos esenciales de la democracia luego de finalizada la Segunda Guerra Mundial y –en el caso de Estado Unidos- a partir de la lucha por los derechos civiles de los negros durante la década de los años sesenta. Martin Luther King fue el ícono más emblemático de esas batallas sin tregua para doblegar las posiciones recalcitrantes de los supremacistas blancos, una de cuyas expresiones sigue siendo el Ku Klux Klan, responsable de crímenes siniestros contra la población de color. Con Donald Trump han reaparecido brotes de racismo que se creían superados después de la elección de Barack Obama. El mandatario estadounidense ha respaldado la actuación de policías blancos que han abusado de la fuerza para someter a mujeres y hombres negros. Su lema America First, en realidad ha significado America White First. El supremacismo trumpista –convertido en una reedición del macartismo- ha desatado sorpresivas reacciones en ciudades que se han visto sacudidas por la violencia. Este clima de hostilidad ha  llevado a pensar a numerosos analistas en la posibilidad de que emerjan grupos políticos parecidos a las Panteras Negras o el Poder Negro, inspirados por ideologías revanchistas muy agresivas. El fantasma de Malcolm X y Stokely Carmichael ha resurgido, cuando se suponía que había dejado de recorrer el mundo. Trump es un autócrata, que ve la política como un espectáculo en el cual él ocupa todo el escenario.

Como empresario no se ajusta a los principios liberales, al menos a los principios éticos proclamados por Adam Smith, Max Weber, Israel Kirzner y Deidre McCloskey, cuatro de los grandes pensadores  que han reflexionado acerca de los atributos que debe poseer un emprendedor, dedicado a generar riquezas para beneficio propio y de su entorno. La probidad, la honestidad, la rectitud moral de la cual habla extensamente McCloskey en Las virtudes burguesas, no son precisamente atributos que adornan a este personaje, siempre envuelto en negocios turbios y relaciones embarazosas con el fisco norteamericano. Es un ser que se mueve en zonas opacas. Declara quiebras fraudulentas  para luego reaparecer, y no como el Ave Fénix.

Míster Trump no cree en la República, ni en la Democracia, ni en el Liberalismo. En realidad, nadie sabe en qué cree; o si cree en algo más allá de sí mismo. Esperemos que el próximo martes 3 de noviembre la sensatez prive entre los electores norteamericanos. Su compromiso con el mundo es mayúsculo. Pronto veremos los resultados.

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