Opinión y análisis

Venezolanos que no se deben olvidar

Extraído de: Venezuela e Historia

Eglé Iturbe de Blanco

Manuel  Pérez Guerrero fue uno de los venezolanos universales que trabajó toda su vida entre el sistema de Naciones Unidas y su país, Venezuela. Hijo del español margariteño Manolo, como lo llamaba la familia, y P.G como lo llamaban amigos y compañeros de trabajo. Se graduó de economista en L’Ecole des Sciences  Economiques,  a la par que cursaba la licenciatura en Derecho y por sus inquietudes sociales cursaba, en paralelo, la licenciatura en Letras en La Sorbona.

            Inició su carrera profesional en la Sociedad de Naciones a los 25 años y luego pasó a las Naciones Unidas, organización que contribuyó a crear y donde trabajó hasta su muerte, a los 74 años, el 24 de octubre de 1985, la misma fecha que cuarenta años antes se había firmado la carta de nacimiento de la organización.

            Pérez Guerrero combinó su vida profesional entre Venezuela en la era democrática y las Naciones Unidas. Se consideraba un hombre universal y recorrió el mundo logrando acuerdos difíciles, pero nunca dejó de acudir al llamado de la patria cuando lo necesitó. Consideraba que los funcionarios internacionales deberían regresar a su país cada dos años para entrar en contacto con la realidad y no convertirse en burócratas internacionales, aislados de las verdaderas realidades.

            Llega a Venezuela cuando se cierra por la guerra la Liga de las Naciones y trabaja en el gobierno de López Contreras en las oficinas del Ministerio de Hacienda, en la Comisión de Control de las Importaciones; colabora en la preparación de las leyes sobre el impuesto a la renta y dicta clases en la Universidad Central de Venezuela. En 1942 lo llaman para presidir la secretaría de la ILO (OIT en español) y se muda a Ginebra y luego a Montreal. En 1945 durante el gobierno de Isaías Medina Angarita regresa a Venezuela a trabajar en el Ministerio de Relaciones Exteriores con el canciller Parra Pérez para atender los asuntos de postguerra; en ese momento habla inglés, francés y algo de alemán.

            Pérez Guerrero se mantuvo toda su vida entre dos aguas, las labores   gubernamentales y las que cumplió en los organismos internacionales, donde colaboró con la creación de los órganos que integrarían el sistema de Naciones Unidas, la creación del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, y la creación de la UNTAD, de la cual fue secretario general desde 1969 hasta 1974. Se encargó de muchas misiones de negociación difíciles en los países petroleros de la zona árabe. Fue representante residente en Egipto (donde aprendió árabe), Argelia, Marruecos y Túnez. Fue presidente de la ECOSOC y presidente del Grupo de los 77, entre otras múltiples actividades internacionales. 

Pérez Guerrero fue considerado por todas las personas que lo conocieron en el ámbito internacional, por su seriedad en todas las acciones que emprendía. Estudioso y profundo en sus reflexiones, prudente, reservado y dedicado al trabajo.

En el ámbito nacional, los que lo conocimos y tuvimos la oportunidad de trabajar cerca de él, siempre lo consideramos orgulloso de su gentilicio y de la necesidad de aportar su experiencia y preparación a la formación en su país, y por eso aceptó todos los cargos que le ofrecieron y dejó una cantidad importante de jóvenes de la época formados para las labores internacionales. Entre ellos, Reinaldo Figueredo que fue su asistente en el Ministerio de Minas e Hidrocarburos y trabajó con él en las Naciones Unidas; Imelda Cisneros y Frank Bracho, quienes lo acompañaron cuando fue asesor de Asuntos Internacionales de Luis Herrera Campins, Fernando Gerbasi, y muchos otros. Todos ellos han destacado en el ámbito internacional. Este grupo al cual me uno, y con quienes trabajé en algunas etapas de mi vida profesional, le organizaron un homenaje el día que se conmemoraba la creación de las Naciones Unidas y su fallecimiento. Homenaje muy emotivo y que me llevó a escribir para los jóvenes de ahora el ejemplo de un venezolano insigne que no debe ser olvidado.

Tuve el privilegio de trabajar con él cuando el presidente Rómulo Betancourt  le encargó en 1959 la jefatura de la Oficina Central de Coordinación y Planificación de la Presidencia de la República, CORDIPLAN, en la cual acababa de incorporarme como estudiante de Economía. Éramos muy pocos en esos momentos y debo confesar que mis hábitos de trabajo, mi vocación de servicio público, el aprecio del trabajo en equipo, la necesidad de aportar ideas y realizar las cosas bien y a tiempo, fueron parte de sus enseñanzas.  Siempre nos decía cuando nos quejábamos de que algún ministerio no enviaba la información que esperábamos: las cosas hay que hacerlas no importa quien las haga, y si  nos quejábamos de mucho trabajo: para hacer lo que se tiene que hacer, siempre hay tiempo.

Era el tiempo en que CORDIPLAN coordinaba la gestión de gobierno, se responsabilizaba del presupuesto y de la elaboración del Primer Plan de la Nación. Y por las relaciones de Pérez Guerrero con Naciones Unidas, con frecuencia, venían a CORDIPAN personas de gran valor y conocimiento.  Siempre, aun siendo estudiantes, participábamos en todas las reuniones para contribuir a nuestra formación. Solía corregir al personal sin levantar la voz, ni usar palabras inadecuadas; era muy preciso en el lenguaje.

El primer Plan de la Nación 1960-1964 planteaba la elevación del nivel de vida de la nación frente a una diversificación y aceleración de la capacidad productiva del país. Tenía además el objetivo de racionalizar el uso de los recursos petroleros para atender las necesidades de la población. La exposición de motivos del plan señalaba que “en un régimen democrático lo político debe llevar aparejado un concepto más equitativo de la distribución de la riqueza nacional”, porque Pérez Guerrero creía que no había justicia ni paz social sin equidad económica.

En 1963 pasa a ser ministro de Minas e Hidrocarburos, cuando fue motor fundamental en la creación de la OPEP por sus vínculos con los representantes de los países árabes, vínculos que fueron fundamentales para lograr la creación de la organización, siempre apoyando, sin figurar, al ministro Pérez Alfonso, a quien lo unía una gran amistad, y con sus relaciones con las empresas petroleras internacionales. En 1967 al finalizar el gobierno de Leoni va de representante de Venezuela a las Naciones Unidas por dos años, hasta cuando es nombrado secretario general de la UNCTAD.

En 1974 regresa a Venezuela llamado por el presidente Carlos Andrés Pérez para ser ministro de Estado de Asuntos Económicos Internacionales; y luego, permanece con el presidente Luis Herrera como asesor para Asuntos Económicos Internacionales. En el gobierno del presidente Jaime[1]Lusinchi retoma de nuevo el cargo de ministro de Estado para Asuntos Económicos Internacionales, función que desempeño hasta su muerte en 1985.

Pérez Guerrero fue un venezolano universal, que amó profundamente a su país y le dedicó todos los años que lo requirió, sin dejar su cargo en las Naciones Unidas. Es un ejemplo para los jóvenes de ahora, en especial, para los años que vienen cuando el país necesitará que todo el talento que está fuera por las condiciones actuales regrese para dar su granito de arena en la reconstrucción institucional, sin rencores, sin egocentrismos, sin pensar en lo que dejan sino en lo que puedan dar para su patria. Este venezolano universal no debe ser olvidado, sino imitado en su vocación de servicio, amor incondicional por Venezuela, su modestia, su capacidad para formar cuadros talentosos de jóvenes y sobre todo por su claridad de ideas y reflexión profunda para lograr contribuir con la solución de la crisis integral que hoy nos afecta. 

No es posible imitarlo, pero hay que tener siempre presente su vocación desinteresada por lograr lo mejor para su país sin militar en ningún partido político, pero con ideas muy claras sobre la justicia y la paz social. Gracias por sus enseñanzas.


[1] Para conocer más de este venezolano ejemplar leer su biografía en la Biblioteca Biográfica Venezolana. No 145 MANUEL PEREZ GUERRERO. Marzo 2012. Editora El Nacional y Fundación Bancaribe. Copilada por la profesora Giannina Oliveri Pacheco

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